Democracia
Es domingo en Venezuela, es la hora en que el presidente Hugo Chávez va a la radio y la televisión “a dialogar” con su gente. El diálogo no es realmente la palabra correcta; a excepción de los huéspedes especiales de esta semana (el dictador cubano Fidel Castro, hablando por teléfono desde La Habana, y más adelante, el Ministro de la Salud de Cuba), Chávez habla sin fin, aburrido, a menudo salta de un asunto a otro sin orden evidente. Esta vez son ocho horas completas. Los temas incluyen los males del capitalismo y el ´neo-liberalismo´, la contribución que Venezuela pudo hacer para solucionar los problemas de energía de Cuba, el infame George W. Bush, los peligros de un acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos (´una piedra que muele para machacar gente´), la onda de agradecimiento hacia Venezuela y su presidente que existe a través del hemisferio e incluso del mundo…
Bienvenido a la última revolución de Suramérica, si eso es de hecho lo que se está encendiendo aquí. Al visitante ocasional que conocía Venezuela antes de la primera elección de Chávez, en 1998, quizás le sea difícil al principio considerar qué tan nuevo y diferente es. A pesar de la retórica cada vez más incendiaria que se publica en fuentes del gobierno, casi todo parece permanecer sin cambios. La capital venezolana sigue siendo igual, lenta, sobre desarrollada, en la que conviven, de una parte, como en Los Ángeles y de otra, tugurios del tercer mundo, llenos también por muchos automóviles que tratan de circular en las calles excesivamente estrechas de estas barriadas. Los salones del hotel están llenos de hombres de negocios extranjeros en conclave profundo con sus contrapartes venezolanas. En los restaurantes las reservaciones están completas. Los centros comerciales se llenan de mercancías importadas. Los periódicos están repletos de ofertas para vacaciones en Miami y Europa, así como para automóviles de lujo. Las únicas noticias importantes -hoy, como siempre- son el precio del petróleo. Buenas noticias, también, puesto que están avanzando por encima de $60 el barril, con la esperanza razonable de que en el futuro se eleven aún más. Es solamente cuando uno mira debajo de la superficie que uno puede percibir que algo muy siniestro está sucediendo. Decir que en Venezuela gira todo sobre el petróleo es una subestimación. Por un siglo el oro negro ha sostenido casi a cada régimen aquí, militar y a civil, bueno y malo. Los venezolanos saben esto: Las encuestas revelan, de hecho, que un número abrumador piensa que su país es el más rico del mundo.
Esta percepción hace contrastar, de una parte, la pobreza extrema, la desnutrición, y la gran cantidad de viviendas marginales (ranchos)que existen, y de la otra, todo el lujo que se observa en villas elegantes, pero ése es exactamente el punto. La recepcionista del hotel en que ceno, me explica que en la víspera de la primera elección de Chávez, ´lo teníamos todo´. La única razón por la que éramos pobres era que los políticos nos habían robado´. Ella tenía la razón a medias. Algunos políticos rellenaron sus bolsillos durante los años del auge; pero el problema verdadero eran los precios del petróleo. Después del alza en 1972 y 1979, se derrumbaron en 1982. Durante los buenos años había prosperidad; luego, por casi dos décadas, la depresión de los precios privó a los gobiernos sucesivos de muchos de los recursos que servían para subsidiar -precios de autobús subvencionados, precios baratos de la gasolina, y otras cosas– y que ayudaron a comprar paz social sin dolor. La depresión económica, puesta al lado de una población en crecimiento y un desempleo cada vez mayor, logró cobrar su peaje. El gran beneficiario resultó ser un teniente coronel (desconocido) que convenció a las masas desvalidas de que el acto simple de elegirlo traería de vuelta altos precios del petróleo y con ellos regresarían los buenos tiempos.
Pero asombrosamente, esto no sucedió; por lo menos, no inmediatamente. De hecho, durante los primeros tres años de ejercicio de Chávez, los precios del petróleo se elevaron a un promedio levemente superior a $20 por barril. La falta de suministro de bienes hizo caer precipitadamente la popularidad del líder; las encuestas revelaron que a principios de 2001, un 60 por ciento de la población no apoyaba al presidente. Una oposición militante tomó las calles y el desencanto público enarbolado en abril de 2002, produjo un golpe militar al que sobrevivió Chávez y en el que estuvieron involucrados elementos de la comunidad de negocios y fuerzas laborales. En diciembre, una huelga general produjo un caos económico extenso pero no pudo forzar la dimisión de Chávez. Desde el 11 de septiembre, sin embargo, los precios del petróleo han dado vuelta agudamente hacia arriba, despejando el camino a Chávez. Las últimas encuestas demuestran que goza de una aprobación del 70 por ciento. Este año Venezuela recibirá $36 mil millones por sus exportaciones de petróleo. Se sabe que la contabilidad del gobierno, desde que Chávez tomó el poder, se ha convertido en algo que forma parte de una ciencia tenebrosa, pero también se sabe que de esta cantidad, el presidente ha dispuesto de $5 mil millones para su ´presupuesto discrecional´. Entre sus planes ilegales más próximos, se encuentra tomar de la tesorería del Banco Central otros $5 mil millones, al parecer para sus proyectos sociales. Otros $3 mil millones para una cadena nueva de supermercados del gobierno que vende comestibles al público a precios enormememente reducidos. Además, Chávez anunció 50 a 60 por ciento de aumento en la paga del personal militar, que pudieran llevar el sueldo de un oficial sin cargo, más arriba que el de un profesional universitario entrenado. Otros $2 mil millones los está destinando para comprar equipamiento militar de Rusia, para asegurar ostensiblemente la frontera de Venezuela con Colombia, y también para equipar una enorme ´fuerza de reserva´.
Una organización familiar
De alguna manera el régimen de Chávez no representa nada nuevo para los venezolanos, o para la región en su totalidad; es simplemente una versión exagerada del régimen populista latinoamericano clásico, que recompensa a seguidores leales y compra a los opositores potenciales con el uso promiscuo de los fondos del gobierno. Pero a diferencia de sus precursores, este régimen sobrevive no pidiendo prestado al extranjero, o expropiando los activos de los inversionistas extranjeros, o imprimiendo el dinero (o los tres), sino ganando dólares duros de la exportación del petróleo de la compañía petrolera del estado, PDVSA. No es Chávez un fenómeno único en América Latina, él representa simplemente la última encarnación iniciada por el último hombre fuerte, Juan Perón de Argentina en los años 40: autoritario por voluntad popular.
Chávez, debemos recordar, no sólo ha sido elegido dos veces, fue ratificado en un referéndum el año pasado, y es una apuesta segura para la reelección el año próximo.
Mientras que en teoría, Venezuela es una democracia constitucional, Chávez, en la práctica se apoderó de las cortes, convirtió las fuerzas armadas en una policía local privada, y desobedeció su propia constitución que, en el papel por lo menos, estableció un sistema limitado de pesos y contrapesos. Cuando las reglas no pueden ser violadas, el gobierno acude a menudo a los matones y a la intimidación.
Chávez se asemeja a Perón en otro aspecto importante: Él mira a su país como un área demasiado pequeña para el papel al que está destinado. Su plan es convertirse en el líder de América Latina, quizás incluso del tercer mundo entero. Así, los venezolanos no deben ser los únicos beneficiarios de su magnanimidad. Una nueva alianza regional, Petrocaribe, ha sido establecida para comprar influencia entre los vecinos centroamericanos y del Caribe, vendiéndoles petróleo con grandes descuentos (entrega gratuita). Todavía hay planes para algo más grande: una compañía suramericana de energía, Petrosur, integrada por Argentina, Brasil, Ecuador, Perú y Venezuela. Él ha prometido construir una refinería de petróleo, por valor de $1 mil millones en Uruguay y adquirir una flota de 40 buques de petróleo en Brasil (por valor de $2 mil millones). Chávez también ha creado su propia red de noticias (Telesur) para llevar su mensaje ´bolivariano´ a los sitios más lejanos de la tierra.
Sin duda alguna, los planes de Chávez son ilusorios, pero el régimen ha introducido un nuevo elemento en la ecuación, a saber, la presencia de la Cuba de Castro en todas partes. Como intercambio por 80.000 a 90.000 barriles de petróleo al día -muchos de los cuales el dictador cubano revende en el mercado mundial para obtener moneda fuerte, que necesita desesperadamente-, La Habana ha enviado a millares de doctores, dentistas, profesores y entrenadores, así como policías, personal de seguridad, y expertos de inteligencia.
El personal médico cubano ha sido asignado a las “misiones” de Chávez, que se establecen en todo el país para proporcionar servicios –los más de ellos mediocres y seguramente de menor categoría, pero que han sido llevados a personas que los gobiernos anteriores no tomaron en cuenta-. Estas ventajas ofrecen poca esperanza de una mejoría verdadera a largo plazo. Como recientemente dijo a la prensa británica un sacerdote católico español, que ha trabajado en los tugurios de Caracas, las misiones no son ningún sustituto para lograr una reforma del sistema de salud ´Al final es una pérdida de tiempo y de recursos. Creo que se derrumbará en menos de seis años´. Los resultados estadísticos lo demuestran: el nivel de pobreza en Venezuela desde que Chávez tomó el poder ha aumentado del 44 al 54 por ciento.
Chávez imagina a Venezuela como la vislumbra en la televisión del estado. Allí los espectadores observan un desfile de imágenes similares a las que se ven en cualquier película estadounidense de brujas: desdentados y pensionistas decrépitos que pronuncian gracias efusivas al Señor Presidente, entrevistas con los maestros de escuela, extractos de conciertos de corales infantiles bien entrenadas. Cuando el presidente habla, da una conferencia sin fin a su gente, alabando las virtudes del régimen de Castro y también el supuesto valor de la contribución de éste al desarrollo del país, desdeñando vehemente, las considerables quejas sobre su donación mil millonaria de petróleo a Cuba.
La Oposición
Históricamente, Venezuela ha sido controlada por dos partidos centro-populistas grandes, uno de la orientación social-demócrata (Acción Democrática, o AD), y otro que se denomina ´social cristiano´ (COPEI). Ambos han caído hoy en descrédito profundo, en parte merecidamente, porque durante un cierto tiempo construyeron un sistema económico y social derrochador e ineficaz guiado a través de la corrupción y la intermediación. Sin embargo, si los precios del petróleo hubieran continuado donde estaban en 1979, es seguro decir que nadie habría oído hablar de Hugo Chávez. Mientras que él puede decir que la única alternativa a su régimen son los malos viejos días, una época que hasta la fecha sigue estando absolutamente viva en la memoria de la mayoría de los venezolanos. ´Los viejos partidos están muriendo´, me aseguraba un amigo venezolano. Otros discreparon: ´no están muriendo; ya están muertos´. Mientras Chávez está prometiendo prosperidad sin esfuerzo de los venezolanos y ganando importancia internacional, la oposición no tiene ninguna visión de sus propias ofertas; simplemente una vuelta al día antes de la primera elección del hombre fuerte. Peor, todas las fuerzas de la oposición –no sólo AD y COPEI, sino los grupos más pequeños que se han desarrollado para sustituirlos- se dividen y se confunden desesperados.
La única oposición realmente seria en el país actualmente son los medios de comunicación privados. No resultó sorprendente que Chávez tratara de contrarrestar la influencia de éstos con una nueva ley de los medios. En vez de imponer la censura absoluta -que pudo atraer la cólera de los grandes medios a escala internacional-, la nueva legislación tiene el poder de hacer estas empresas económicamente ingratas. Actualmente, dado el renombre de Chávez, tales medidas extremas parecen innecesarias. En ningún caso, los medios podrían derrocar a Chávez -siempre y cuando los precios del petróleo continúen altos-, ni siquiera dañar su reputación.
La verdadera fuente de poder de Chávez no es evidentemente la debilidad de la oposición; es su acceso virtualmente ilimitado a los ingresos de la compañía petrolera del Estado. Pero éstos pueden no ser siempre la ganancia exorbitante que actualmente es. Aparte de la posibilidad de que los precios del petróleo declinen en un cierto momento, la gerencia del gobierno de su recurso básico, deja mucho que desear. La huelga general trajo una purga masiva de la gerencia superior de la compañía, así como el despido de unos 18.000 ingenieros, personal de exploración, y especialistas financieros. Los efectos se están sintiendo ya. En 2004, PDVSA produjo apenas 2.65 millones de barriles por el día, lo que está bien por debajo de los 3.3 millones que previó el gobierno. Mantener la operación requiere una inversión mínima, cada año, de $3 mil millones; durante los tres años pasados se dedicaron apenas $2 mil millones. Como ha dicho un ejecutivo extranjero de una compañía petrolera a Le Fígaro (12 de julio), ´Chávez cree que con poner a un soldado detrás de cada pozo de petróleo asegurará la producción, pero con el petróleo no así´.Esto es particularmente cierto para el petróleo venezolano, que es excepcionalmente pesado e impone rutinas intensivas de mantenimiento de la maquinaria. Mientras tanto, la producción de PDVSA está declinando en relación a la de las multinacionales que se habían instalado en los años 90. La solución de Chávez, consiste en ´cambiar los arreglos de los derechos convenidos hace una década´, un movimiento ante el cual las compañías no tienen ninguna opción al momento. A mediano y a más a largo plazo el gobierno puede tener éxito en desalentar la nueva inversión y reducir así drásticamente el tamaño del huevo de oro.
¿Qué hacer?
¿Está Venezuela en vías de convertirse en otra Cuba? A pesar de semejanzas superficiales e incluso de las intenciones de Chávez, la respuesta es: probablemente no. El país es simplemente demasiado informal, demasiado desorganizado, demasiado corrupto y demasiado vulnerable al extranjero, particularmente a Estados Unidos y a sus influencias culturales, como para ser empujado fácilmente en una plantilla totalitaria. Chávez incluso no se ha dispuesto a construir un verdadero partido político con sus propios partidarios; en las filas de su régimen hay una mezcla de oficiales militares corruptos, con oportunistas e ideólogos izquierdistas. No hay un modelo claro de hacia dónde el presidente se propone dirigir al país. Las prioridades cambian sin aviso, por ejemplo, si un ministro de gabinete falta a un Aló Presidente, no podrá descubrir cuál será la agenda de la semana próxima.
Pero nada de esto es causa para la celebración. Chávez tiene un montón de dinero para lanzar alrededor, y sus efectos se han sentido ya en los países próximos como Bolivia, en donde las ONG´s financiadas por Venezuela y las organizaciones “indígenas” hicieron caer recientemente un gobierno constitucional. Libros y revistas “anti-imperialistas” de todo tipo, antes financiadas por las embajadas soviéticas, están reapareciendo repentinamente en países latinoamericanos. Y los expertos en seguridad alrededor del hemisferio manifiestan en voz alta su preocupación, porque algo del armamento que Chávez compra, seguramente terminará en manos de las guerrillas de las FARC de Colombia o de Chiapas en México. Tales preocupaciones provocaron un viaje a Suramérica de la Secretaria de Estado Condoleezza Rice, este pasado abril, con miras al aislamiento diplomático de Chávez, de sus vecinos. Nuestro Departamento de Estado está tramando someter a votación en la Organización de Estados Americanos, una reforma que permita definir si el presidente venezolano cumple efectivamente con las prácticas democráticas, independientemente de la forma en qué fue electo.
Pero es difícil prever que tales esfuerzos puedan tener éxito. Un país que provee el petróleo a la mitad del hemisferio, incluyendo a los Estados Unidos (que recibe de Chávez el 15 por ciento de sus importaciones), no puede estar, por definición, aislado. Proporcionando petróleo barato a sus vecinos apremiados del Caribe, Chávez se asegura el apoyo del bloque más grande de votos en la OEA. Incluso si esto no fuese así, nuestra larga experiencia con Castro debe habernos enseñado que el latinoamericano puede sacar debajo la mesa, en cualquier momento, una decisión política compleja que pueda voltear la agenda. Podemos consolarnos, sin embargo, del hecho de que Chávez, a diferencia de su mentor cubano en sus grandes días, no goza de virtualmente ninguna ayuda popular en la región, según criterio uniforme entre la izquierda, muchos de cuyos líderes señalan, en privado, al presidente venezolano como un payaso.
Si el payaso insiste de forma absurda, en presionar en este sentido, (entregar petróleo barato) cualquier latino diría que estaría loco si no la tomara. ¿Y quién puede culparlos? Pero juzgando por nuestros más de 50 años de experiencia, en esta materia no se puede comprar amigos. Una política que podría darnos más esperanza a largo plazo, sería continuar el esfuerzo de National Endowment for Democracy de ayudar a las organizaciones cívicas venezolanas que procuran reconstruir la cultura política democrática rota en Venezuela. Pero esto no se puede lograr de la noche a la mañana y ciertamente no solamente con la ayuda del exterior.
¿Son los Estados Unidos vulnerables a una suspensión de suministro de petróleo venezolano? Chávez ha amenazado últimamente con tal medida, particularmente si él es víctima de un complot para asesinarlo, de una invasión, o de otra tentativa de golpe de estado. En realidad, para él sería extremadamente difícil llevar a cabo tal amenaza. Por una parte, la industria venezolana está estrechamente vinculada a los Estados Unidos y tomaría por lo menos dos años redirigirla. Durante ese tiempo, Chávez podría mantenerse haciendo uso del dinero que le proporciona el petróleo y que le resulta tan indispensable para su poder y renombre. Incluso China, que ha comenzado últimamente a ser un cliente importante, no podría absorber inmediatamente una cantidad tan grande de petróleo, y sobre todo Beijing carece de la capacidad para refinar el petróleo pesado venezolano. Un boicot por parte de Chávez de suministrar petróleo a los Estados Unidos, simplemente induciría a otros suplidores a ingresar y a sustituirlo en nuestro enorme y provechoso mercado. Para los Estados Unidos, por lo tanto, sería aconsejable tomar un bajo perfil con Chávez y tratar a su régimen como una fiebre desagradable que eventualmente pasará, cuando seguramente los precios del petróleo comiencen a declinar o la industria del petróleo venezolana sienta completamente los efectos de su politización. Muy probablemente, ambas cosas sucederán. Seguramente, esto puede tomar algunos años, quizás incluso décadas. El país habrá perdido quizás el equivalente de cinco o diez planes Marshall y no tendrá nada que mostrar al final del día. Venezuela no logrará una sociedad más educada, más productiva, mejor integrada socialmente, sin importar los miles de millones inútilmente gastados por Chávez. Por otra parte -otra vez, pidiendo prestada una página de la Argentina de Perón- cuando ya el gran hombre finalice, dejará detrás de él una sociedad profundamente dividida y la perspectiva de la inestabilidad política siempre permanente.
De seguro, esto es una desgracia enorme para Venezuela pero simplemente un moderado inconveniente para los Estados Unidos. En ningún caso, podemos salvar el país de su insensatez y nos costaría mucho más intentarlo. De hecho, viendo a Chávez en su dimensión apropiada y tratándolo como un fenómeno puramente folklórico, nosotros tomaríamos un largo camino si nos dirigimos a negarle el prestigio y su búsqueda desesperada de influencia. Podemos permitirnos esperar hasta que la cortina caiga -inevitable y deshonrosamente- en la última ópera bufa de América Latina
* Mark Falcoff es Residente Emérito Honorario en AEI. El artículo fue publicado en ´National Review´, el 29 de agosto de 2005.