Editorial
El número total de personas que vive en el mundo con el virus del SIDA ha llegado a su nivel más alto, con 40,3 millones de infectados, de los que cerca de cinco millones contrajeron el VIH en el 2005, ha informado la ONU. El reporte destaca que “pese a las recientes mejoras en el acceso al tratamiento con antirretrovirales y la atención en muchas regiones del mundo, en 2005 el SIDA acabó con la vida de 3,1 millones de personas, entre ellos 570.000 niños”.
Son cifras escalofriantes. Estremece saber que el año pasado todas las guerras de África acabaron en conjunto con la vida de 200.000 personas y que solamente el SIDA mató diez veces ese número. Más aún, el SIDA en sólo 17 años ha dejado 11 millones de muertos en África, en donde el presupuesto total de asistencia sanitaria per cápita no llega a los diez dólares.
A diferencia del ébola o de la gripe, el SIDA es una infección de desarrollo lento, que se incuba en las personas durante un plazo de entre cinco a diez años antes de matarlas. A todo lo largo y ancho del África oriental y meridional, más de un 13 por ciento de los adultos se encuentran infectados por el VIH, según UNAIDS. Y en tres países, Zimbabwe entre ellos, más de una cuarta parte de los adultos es portadora del virus.
Los países africanos subsaharianos presentan el 70% de todos los infectados con el VIH del mundo, y allí se han producido el 83% de todas las muertes ocurridas desde 1980, unas 6 millones de personas. En Uganda, por ejemplo, viven un millón 700 mil niños huérfanos y la esperanza de vida en más de una docena de países africanos “será pronto 17 años más corta por culpa del SIDA, de 47 años en lugar de 64”, según afirma Callisto Madavo, vicepresidente a cargo de África en el Banco Mundial.
Las tasas de infección aumentan también rápidamente en Asia, donde varios países se encuentran al borde de una pandemia en gran escala y necesitan tomar medidas de inmediato para prevenir el desastre sufrido en África. Partes de América Latina y el Caribe muestran también tasas de infección altas y en aumento, igual que Rusia y Europa Oriental, quienes también son vulnerables. El año pasado Rusia experimentó el mayor aumento en las tasas de infección en el mundo.
¿Por qué se demora tanto el hallazgo de una vacuna eficaz contra el SIDA? ¿Existen incentivos para investigar o acaso la amenaza de la producción de genéricos –como pudimos ver recientemente con el Tamiflú- socava las posibilidades de rentabilidad de una vacuna? ¿Influye que los potenciales “clientes” de dichas vacunas sean tan pobres para no poder pagar su precio de compra? ¿La industria farmacéutica teme que si descubre una vacuna contra el SIDA luego de años de inversión en tiempo y dinero luego las ONGs les obligue a regalarla?
Sólo podemos responder a estos interrogantes recordando que este año se cumple el XXV aniversario de la erradicación de la viruela, uno de los mayores logros de la sanidad pública en la historia. Fue en mayo de 1980 cuando la Organización Mundial de la Salud certificó la eliminación de la viruela natural salvando la vida de 300 millones de víctimas potenciales. Si la comunidad internacional se propone erradicar el SIDA con el mismo compromiso con que acabó con la viruela, todavía hay tiempo para acabar con esta pandemia.
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