Ni se presentan leyes ni hay debate alguno.
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Martes, 21 de julio 2026

Ni se presentan leyes ni hay debate alguno.
Estos ocho meses de interinidad, de ir tirando en funciones, como si no pasara nada, no van a salir gratis para nadie. La primera víctima de esta política a fuego lento, sin fecha de caducidad, son los ciudadanos que asistimos con perplejidad y asombro al hecho de que unas pocas personas no acierten a ponerse de acuerdo para que haya un gobierno sin necesidad de concurrir a unas terceras elecciones en un año.
El Congreso y el Senado se han convertido en dos cámaras fantasma por las que van pasando nuevos diputados y senadores. Pero ni se presentan leyes ni hay debate alguno. Los partidos están alejados del debate y se han instalado en mantener o conseguir el poder. Poco más.
Por esta incapacidad de cumplir sus funciones en el tiempo y en la forma que se desprende de la Constitución, los partidos están en el ojo del huracán sobre su funcionamiento interno. El artículo 6 de la Constitución dice que “los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su estructura y funcionamiento deberán ser democráticos”.
Sigo estos días más de cerca la política italiana, que se prepara para el referéndum del mes de noviembre sobre la reforma constitucional. El futuro político del primer ministro Matteo Renzi está en juego en esta consulta, que viene a sumarse a los vientos refrendatarios que soplan en muchas partes de Europa. Se someten a discusión 47 artículos de la Constitución. Pero hay uno, el 49, que no está previsto tocar y se mantiene en su literalidad desde la Constitución de 1948. Dice que “todos los ciudadanos tienen derecho a asociarse libremente en partidos para concurrir con método democrático a determinar la política nacional”.
En las democracias parlamentarias europeas raramente se entra en la organización interna de los partidos a los que, naturalmente, se les exige que sean democráticos. Pero bajo el manto de la democracia se puede esconder la oscuridad y la inexistencia de transparencia.
En Italia también se pide una reforma electoral para tutelar mejor la democracia representativa. Es fundamental que todos sepamos quién es nuestro diputado para poderle expresar las preocupaciones, quejas o, si se diera el caso, felicitaciones.
No se dan cuenta de que en estos momentos los partidos políticos se han convertido en un tapón. No son útiles. En este sentido pueden ser las segundas víctimas de la interinidad en la que se ha instalado el país. En el PP no consta que Mariano Rajoy consulte a una base amplia del partido para encontrar una salida a esta situación anómala. El Gobierno en funciones habla en clave y no se le entiende.
Pero en el Partido Socialista también Pedro Sánchez anda como escondido, aparece en contadas ocasiones y no da pie a que sepamos cuáles son sus auténticas prioridades después de las elecciones. Tampoco entre los socialistas hay diálogo interno. Los de la vieja guardia como Felipe González, los que se mueven bajo el paraguas andaluz de Susana Díaz y los de Pedro Sánchez es que no se hablan. Cada uno suelta una declaración que a veces es tan enigmática como inútil.
Albert Rivera quisiera cambiar el modo de hacer política y tan pronto firma un pacto con gran solemnidad con Pedro Sánchez, en la anterior legislatura, como juguetea ahora con Rajoy para que haya gobierno pero que sean los socialistas los que se abstengan. ¿Cuál es la posición de Ciudadanos en términos prácticos? La desconozco, aunque sospecho que al final acabarán haciendo posible la investidura de Rajoy pero sin que se sepa que ellos han contribuido. Muy extraño.
Pablo Iglesias y su formación ambicionan a tener tanta transparencia interna que es el propio liderazgo el que está en cuestión. Todavía no han descubierto las vías de fuga por las que se escaparon más de un millón de votantes.
Los partidos independentistas catalanes, también la vieja Convergència, ya no juegan la Liga porque están en proceso continuo de desconexión. El catalanismo político tal como se entendió desde Prat de la Riba hasta Pujol ha pasado pantalla y ya no cuenta como un factor determinante en la política española. Las divisiones entre los partidos independentistas salen cada día en los diarios y la pugna entre Oriol Junqueras y Artur Mas para liderar el proceso parece que se va inclinando a favor de ERC.
Los partidos son imprescindibles. Pero si se enrocan en sus pequeños intereses y no van más allá de las cuestiones personales, los militantes y los electores les pasarán factura. Cuidado con el populismo, que puede aparecer también aquí con mucha fuerza. Y los populismos suelen acabar con un partido único que dura tiempo.
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