Economía y Sociedad, Europa

Estación central de Budapest

El escenario de la tragedia humana se desarrolla estos días en la estación central de Budapest. Cuántos encuentros dramáticos han tenido su epicentro en las estaciones de Europa central, el signo de la modernidad e impulso de la revolución industrial. El ferrocarril redescubrió el paisaje, el progreso, dio rienda suelta a la imaginación literaria, fue el centro de intrigas políticas y espionajes varios.

Las imágenes de la estación de Budapest sacuden la conciencia europea con la misma intensidad que las pateras piratas envían al fondo del mar a miles de fugitivos del hambre, la persecución y la guerra. Este año, unas 350.000 personas habrán cruzado el Mediterráneo o habrán atravesado fronteras continentales para alcanzar tierras europeas. La UE no puede soportar más tiempo la desbandada de personas desesperadas que gritan para alcanzar una cierta tranquilidad tras meses y años de sufrimiento.

Un asilado por cada dos mil habitantes europeos. Parece mucho pero es muy poco. La acogida de perseguidos por la miseria o las convicciones es muy superior en Líbano, en Turquía y en Tanzania. Se cuentan por millones los fugitivos de zonas conflictivas en las que Europa ha tenido un papel determinante, para bien y para mal, desde los tiempos coloniales.

El drama humano continúa en mares y fronteras sin que Europa adopte una actitud política y humanista de gran calado. Se pueden levantar vallas, exigir requisitos burocráticos inasequibles, devolver por millares a los desplazados a sus puntos de origen y poner multas. Estas medidas no resuelven el problema, sino que lo agravan. Los lamentos de columnistas o editorialistas no son más que buenas intenciones que rozan la hipocresía.

La solución no es fácil ni sencilla. Pero hay que pasar de los discursos a la acción. Es ridícula la oferta española de acogida en comparación con la que han aceptado Alemania, Suecia y otros países del norte de Europa.

La inmigración puede traer inconvenientes. Pero son más sus ventajas. También desde el punto de vista económico. ¿Cómo sería nuestro país sin la masiva llegada de extranjeros en este siglo? Muy distinto y peor. Desde el punto de vista económico y también para que la curva demográfica no cayera en el abismo.

No se trata de ganar las próximas elecciones, sino de pensar en el futuro del país a medio y a largo plazo. Dar trabajo y vivienda a cuantos están perseguidos por el hambre, las creencias y las guerras. Europa no tiene grandes ejércitos, pero es un gran espacio de paz, de solidaridad y de convivencia. No puede negarse al esfuerzo de acoger a cuantos sufren las consecuencias de la persecución. Primero, porque hemos sufrido las trágicas consecuencias de trasiegos humanos masivos a lo largo de la historia. Segundo, por una razón de justicia hacia sociedades a las que no hemos tratado siempre bien.

Publicado en La Vanguardia el 3 de septimbre de 2015.

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