América, Política

Ética y Poder

La expresión “ética del poder”, ofrece una ambivalencia inevitable. Puede entendérsela, efectivamente, al menos en dos sentidos distintos, aunque no desvinculados entre sí. En primer lugar refiere al poder que tiene, o en todo caso pudiera alcanzar lo ético; y en segundo lugar, al carácter ético exigible al poder.

Siguiendo a Nietzsche, quien expresa incluso una tercera significación posible basada en el supuesto de que todo fenómeno ético-moral expresa “voluntad de poder”, lo cual puede resultar relevante al “poder moral”. Aunque ello se trata más de una interpretación enlazada necesariamente a una determinada concepción del hombre y del mundo, por lo que dejare lo moral a los aspectos confesionales y me referiré a lo ético en relación con el poder.

Para evitar posibles malentendidos, restringiré aquí el significado de “poder” a la facultad humana de realizar acciones voluntarias con consecuencias previsibles. Con ello, dejo fuera de consideración todo presunto “poder divino” y todo “poder de la naturaleza”. También excluyo la equiparación de “poder” con “fuerza”, aunque es inevitable admitir que el poder involucra alguna forma de fuerza, lo cual obliga a intentar alguna distinción entre ambas nociones. De hecho, la justicia sin la fuerza es impotente y la aplicación de la justicia lleva en sí misma la fuerza de su aplicación. En contraposición, la fuerza sin la justicia es tiránica. Pascal indicaba que había que unir la justicia con la fuerza y así, “hacer que quien es fuerte sea justo”.

Lo cierto es que “poder y ética” se vinculan sobre todo cuando el poder es pensado en términos de “justicia” y sin dominación por “la fuerza”. Un criterio para esa distinción es el que ofreció Hannah Arendt, cuando señalo “el modo en cómo se adquieren” ambos elementos. Si tanto el poder como la fuerza son aptitudes para influenciar socialmente, la “fuerza”, es pensada como una capacidad personal directa, mientras el poder como una capacidad adquirida en virtud de la convivencia con los demás. La primera “se tiene” como una propiedad individual independiente, el segundo no es algo que se posea, sino un tipo de relación e interacción de características sociales.

Los sofistas, quienes ya habían planteado el derecho del más fuerte, convertido luego en la moral del “darwinismo social” y hoy en las formas más duras y reduccionistas del neoliberalismo actual y confirman ambas la propuesta de Maquiavelo sobre la prescindencia de lo ético en la política, por lo que se afirma el termino y el sentido de la Realpolitik de todos los tiempos. Así, en todos los casos, puede observarse que la fuerza suele convertirse en violencia solapada.

Sin embargo, lo que pareciera estar sucediendo en Argentina es el afianzamiento de la teoría de Foucault como otra forma del ejercicio del poder que no apunta ya a individuos o grupos como tales, sino a la población toda, entendiéndola como sujetos globales que son pasibles de ser medidos estadísticamente y haciendo de ella una entidad a la que se manipula y se utiliza sin límite ni ética.

Esta es la verdadera encrucijada ética y moral (si se quiere) a la que los argentinos están sometidos desde un poder oficialista que pretende, a través de la fuerza, acallar las denuncias en su contra y por ende, hay que decirlo sin preámbulos. Puesto que de lo que se trata en la Argentina de hoy es de la supervivencia de la ética a un escenario político viciado de ella y donde la fuerza pretende ser impuesta de modo tiránico en la pretensión de suprimir los valores que rigen la vida social de cualquier país democrático.

El ejercicio del poder político desprovisto de ética democrática, o dicho de otro modo, de principios sociales solidarios, no es más que un simulacro de convivencia que, al cabo, culmina en tragedia colectiva para el pueblo y para la ciudadanía que lo integra.

Por ello, lo que vemos es que la ética agoniza en la negativa conjunción de “poder” y “fuerza” que desde el gobierno argentino baja a su sociedad civil.

No hay que olvidar que el tan famoso “yo mismo” de los iluminados caudillismos es y puede profundizar esos peligros y la negativa herencia de las fatales consecuencias que nos legó el romanticismo.

Aunque pareciera ser que no se repara en ello, pues se ha implentado la moda actual y dirigencial de ese viejo tiempo del “yo mismo” directamente desde la figura del Poder Ejecutivo en sus ya desgastadas cadenas nacionales de radio y televisión donde se grita mucho, se piensa poco y sustancialmente es muy pobre lo que se dice.

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