La anexión de Crimea por Rusia y el conflicto armado en el este de Ucrania han sido interpretados como un ejemplo de que Moscú se distancia de Europa y sitúa el eje de sus intereses en Asia. La política exterior rusa, con un cariz eminentemente geopolítico, vendría definida por la idea de Eurasia.
La doctrina del eurasianismo, que floreció en los círculos intelectuales de los exiliados rusos de París y Praga en el período de entreguerras, estaría otra vez de vuelta. En aquel momento histórico exiliados como Nikolai Danilievski y Konstantin Leontiev defendían que la civilización rusa no se insertaba en la civilización europea y que la revolución de 1917 solo podía explicarse como una reacción ante una modernidad impuesta desde fuera, si bien no compartían el ateísmo y el socialismo de los bolcheviques.
Alma rusa, europea y asiática
El eurasianismo es una manifestación de la tradicional tensión entre el alma europea y el alma asiática, pero opta decididamente por esta última y da la espalda a Europa, y en general, a Occidente. Sin embargo, Rusia no es un pueblo asiático más. Su excepcionalidad viene marcada por su estatus peculiar de pueblo euroasiático.
La desaparición de la URSS en 1991 sentó las bases para el retorno de la doctrina eurasianista que es, ante todo, una ideología de imperio, si bien durante los primeros años de la presidencia de Boris Yeltsin no influyó demasiado sobre el Kremlin. Por el contrario, el eurasianismo despertaba más simpatías en el partido comunista de Guennadi Ziuganov o en los ultranacionalistas del partido democrático liberal de Vladimir Zhirinovski. Las cosas cambiaron con el final de las guerras en la antigua Yugoslavia, y en particular la de Kosovo. La derrota de Serbia, aliada tradicional de Rusia, y la expansión paralela de la OTAN y la UE en el centro y este de Europa, marcaron un punto de inflexión en la política exterior rusa, aunque los acontecimientos del 11-S crearon todavía el espejismo de una alianza coyuntural entre Rusia y EE.UU. para combatir el terrorismo islamista.
Finalmente, el eurasianismo, en una versión más política que doctrinal, parece haberse consagrado gracias a un Putin que llegó a considerar la desaparición de la URSS como la mayor tragedia geopolítica del siglo XX. Con todo, habría que matizar que si bien Putin suele cultivar la retórica eurasianista de Rusia como la gran potencia de dos continentes, su pragmatismo, como se ha visto en Ucrania después de la anexión de Crimea, es capaz de corregir en la práctica sus posibles excesos verbales.
Ideólogos del eurasianismo
En cualquier caso, el eurasianismo es una visión de la política exterior con un enfoque predominantemente culturalista que sigue influyendo en la Rusia actual. De ahí que pueda ser útil un repaso a los ideólogos del eurasianismo en el último siglo.
El eurasianismo fue, en primer lugar, una filosofía del exilio, representada en las décadas de 1920 y 1930 por los cultivadores de la nostalgia del imperio zarista, que en el siglo XIX había centrado su expansión en Asia Central y Siberia, tras la derrota rusa en la guerra de Crimea (1854-1856). Este enfoque geopolítico iba mucho más allá de teorías tradicionales como el paneslavismo, sustentador de las ambiciones rusas en el este de Europa, o de la mitificación de la Rusia ortodoxa como tercera Roma, heredera de Roma y Bizancio.
Sin descartar del todo estos precedentes, el eurasianismo buscaba los orígenes primarios de Rusia en épocas más remotas, las de los escitas o las de pueblos túrquicos de Asia Central. Curiosamente estos planteamientos acercarían a los eurasianistas más radicales a la Unión Soviética, a la que pronto verían como la continuadora del imperio ruso. De hecho, el discurso cultural de aquellos años, puesto al servicio del régimen de Stalin, presenta ciertas analogías con el eurasianismo del exilio.
Basta con citar dos ejemplos del cine soviético: Tempestad sobre Asia (1927) de Vsevelov Pudovkin, cuyo protagonista es un descendiente de Gengis Khan enfrentado al imperialismo británico, y Alexander Nevski (1937), de Serguei Eisenstein, donde encontramos un detalle no menor: en su lucha por la independencia frente a los caballeros teutónicos, símbolo no disimulado de la Alemania nazi y del mundo occidental, el príncipe Nevski preferiría entenderse con los mongoles antes que con los opresores germanos.
El eurasianismo del exilio terminará adoptando mayoritariamente posiciones pro-soviéticas, al ver en la URSS el Estado fuerte que preconizaba, y considerará ejemplos de esa fortaleza la autarquía y los planes quinquenales, expresiones de la doctrina estalinista del “socialismo en un solo país”, más aceptable para los eurasianistas que el internacionalismo de Trotski.
La Unión Eurasiática es el proyecto de integración económica y política que agrupa a Rusia, Bielorrusia y Kazajistán
La idea de imperio
Pese a todo, el eurasianismo se moverá siempre entre ambigüedades y contradicciones. Por un lado, no podía dejar de lado la vinculación de Rusia al cristianismo ortodoxo, aunque al mismo tiempo consideraba que Rusia es el resultado de la unión de dos elementos étnicos: los rusos y los pueblos túrquicos de las estepas. Llegaría hasta el extremo de presentar a Gengis Kahn como el símbolo de la identidad escondida de Rusia, y a los rusos como herederos de los mongoles.
En definitiva, la geopolítica de Eurasia se impone sobre la ortodoxia, y la idea de imperio se alza por encima de todas las tradiciones culturales vinculadas a Kiev, Moscú y San Petersburgo. Se explica así que una destacada analista del eurasianismo, la profesora Marlene Laruelle, de la George Washington University, haya calificado a esta ideología de “utopía cerrada y totalitaria”.
Los continuadores del eurasianismo empezarán a propagar sus ideas en los años finales de la URSS y en los inicios de la Rusia independiente. Entre ellos destaca Lev Gumiliev (1912-1992), considerado el vínculo entre los eurasianistas de entreguerras y los nuevos. Encarcelado por el régimen estalinista, Gumiliev recobró su libertad tras la desestalinización y se especializó en estudios etnográficos sobre los turcos, los hunos y los mongoles, que le servirían para defender que tanto el imperio zarista como el soviético fueron los herederos de los imperios de las estepas.
Una de las peculiaridades de su pensamiento es que participa de todos los rasgos del cientifismo positivista decimonónico, que consideraba que la humanidad estaba sometida a las mismas leyes que el resto de la naturaleza. Ese cientifismo le llevaría al extremo de afirmar la existencia de leyes de la historia que pueden ser reducidas a fórmulas matemáticas, por lo que el futuro podría predecirse parcialmente. La extraña combinación de biología y etnología hace a este autor caer en el más absoluto de los determinismos, en razón de su profundo pesimismo sobre la naturaleza humana. No deja de ser curioso el detalle que el actual ministro de asuntos exteriores ruso, Serguei Lavrov, publicara hace unos años una monografía casi hagiográfica sobre Gumiliev.
Alexander Duguin, el más influyente
Aleksander Panarin (1943-2000) representa la alternativa a la globalización. De hecho, su libro La venganza de la Historiaes una respuesta a Francis Fukuyama y a su conocida teoría del fin de la historia. Mostró su disconformidad con las reformas liberales de la época de Yeltsin y rechazó la occidentalización, representada por el capitalismo salvaje de EE.UU. y la decadencia moral. Hizo una crítica de la sociedad occidental, a la que identificaba como faustiana por haber vendido su alma a la tecnología. No obstante, en su pensamiento infIuyeron autores occidentales como Max Weber, Spengler, Toynbee o Braudel. Sin embargo, sus frustraciones antiglobalizadoras le acercaron a las posiciones de comunistas y nacionalistas, con los que antes estaba en desacuerdo, Su sueño eurasianista pasaba por una Rusia convertida en una sociedad postindustrial.
Alexander Dugin (n. en 1962) es el ideólogo más conocido del eurasianismo, dentro y fuera de su país. Sus libros están presentes en academias militares y es hombre influyente en los poderes ejecutivo y legislativo rusos. Su eurasianismo adopta en ocasiones un tono de “nacionalbolchevismo”, y no desdeña la iconología del punk y del rock. También encontramos influencias del teósofo René Guénon, del ideólogo fascista Julius Evola o de Alain de Benoist, representante de la nueva derecha y defensor de un nuevo paganismo al que da incluso un toque esotérico, sin dejar de lado cierto tradicionalismo.
Pero sus aficiones esotéricas no hacen olvidar a Dugin su interés por una geopolítica enfrentada al imperialismo americano. Defiende la alianza de Rusia con Alemania, Irán y Japón mientras que considera adversarios a EE.UU., Gran Bretaña, China y Turquía. Ha apoyado decididamente a Putin en la crisis de Ucrania, y va incluso más allá, con su nostalgia del “escudo protector” que era el antiguo bloque socialista con los países de Europa central y oriental. Defiende el centralismo en Rusia, frente a las “repúblicas nacionales”. De hecho, la centralización de un sistema aparentemente federal como el ruso es una realidad desde la llegada de Putin al poder con el objetivo de evitar nuevas Chechenias. También preconiza la alianza de Rusia con el Islam, pero solo con los chiíes, pues en los suníes ve una fuente de terrorismo integrista. Dugin tampoco entiende los derechos humanos como algo universal. Antes bien, los ve como los derechos de los pueblos, no de los individuos.
La Unión Euroasiática
El eurasianismo no es la doctrina oficial del Kremlin y Dugin tampoco es la “eminencia gris” de Putin, pero esta teoría ocupa un lugar relevante en la manera de entender el patriotismo en Rusia. Su influencia se manifiesta también en iniciativas concretas como la Unión Eurasiática, el proyecto de integración económica y política que agrupa a Rusia, Bielorrusia y Kazajistán.
El acuerdo de unión económica se firmó el 29 de mayo de 2014 y el nuevo mercado común deberá materializarse en 2015. En realidad, el proyecto pasa por agrupar a la mayoría de los países que en su día formaron parte de la URSS. Sin embargo, la postura de Ucrania, cada vez más inclinada hacia una asociación con la UE tras la pérdida de Crimea y la rebelión prorrusa en sus provincias orientales, cuestiona la fortaleza del proyecto eurasiático.