Europa ha sido un espacio de innovación, progreso y convivencia cívica durante medio siglo.
El Tratado de Roma de 1957 fue la semilla depositada por seis estados que optaron por edificar una realidad basada en la inteligencia, el derecho, la solidaridad y el respeto a los demás. Sin imponer sus criterios por la fuerza porque no la ha tenido ni ha pretendido tenerla.
Europa ha crecido más allá de lo previsto y por encima de sus posibilidades. Los logros alcanzados son muy espectaculares pero lo que importa ahora es dónde se encuentra Europa ante los problemas derivados de la crisis económica, de la expansión a 28, del Brexit que los reducirá a 27, del avance de los populismos xenófobos y de la llegada masiva de ciudadanos que llaman a sus puertas por la capacidad de acogida que ha tenido.
La revolución tecnológica ha cambiado las relaciones entre gobernantes y gobernados, ha socializado la información y la opinión y ha facilitado el viaje de las protestas en todas direcciones. La crisis de 2007 ha puesto de relieve las desigualdades de la globalización que han provocado fragmentaciones territoriales e ideológicas sobre el futuro de Europa.
El Brexit ha sido la primera salida voluntaria de un estado miembro. La homogeneización en temas inmigratorios, armonización fiscal, defensa y unión bancaria ralentizan la adopción de decisiones conjuntas. La idea fundacional se mantiene pero su puesta en práctica medio siglo después requiere una reformulación de su funcionamiento. La complejidad europea requerirá el establecimiento de velocidades distintas para no romper los principios de unidad basados en el convivencia política, la libre circulación de personas y bienes y la garantía de las libertades democráticas.
Publicado en la revista El Ciervo en la edición marzo-abril de 2017



















