Política

Ginebra, los derechos humanos y la izquierda caviar

“El dictador en picada, por su parte, cuando supo el resultado de la votación -aunque ya lo anticipaba: recuerden que dijo “me importa un bledo” -, recordaría con amargura aquella conversación telefónica privada que hizo pública, como corresponde a un bandido de su calaña, con el presidente de México, Vicente Fox. Hay cosas que la gente no olvida, sobre todo si se es presidente de un país y, de paso, se llegó a la primera magistratura a través de las urnas en unas elecciones democráticas.”

Democracia
Estoy seguro que la primera reacción de Felipe Pérez Roque cuando constató que
había perdido en la Comisión de Derechos Humanos, fue tomar conciencia de que él
no tiene suficiente inteligencia como para coordinar los movimientos necesarios
para remar hasta Miami, de modo que tenía que quedarse en la isla y afrontar lo
sucedido.

Así que, aterrado, la segunda idea que se le ocurrió fue
proponerle al super comandante invadir la pacífica Suiza, y le apuntó que si en
Suiza era como en el Vaticano, que “la guardia suiza” anda con lanzas y sables y
con vestimentas propias de bailarines travestís, la guerra la ganaban usando
sólo dos o tres brigadas de respuesta rápida y con una avanzada de fornidos
combatientes internacionalistas. Me lo imagino argumentando que, una vez ocupada
Suiza, podrían tener todos los relojes Rolex que quisieran -se sabe que al
dictador le gusta regalar relojes Rolex- y que, además, controlarían el mercado
mundial de la ginebra y de todos los tragos que se preparan a partir de ella,
incluyendo el famoso martini. Pobre Pérez Bloque.

El dictador en picada,
por su parte, cuando supo el resultado de la votación -aunque ya lo anticipaba:
recuerden que dijo “me importa un bledo” -, recordaría con amargura aquella
conversación telefónica privada que hizo pública, como corresponde a un bandido
de su calaña, con el presidente de México, Vicente Fox. Hay cosas que la gente
no olvida, sobre todo si se es presidente de un país y, de paso, se llegó a la
primera magistratura a través de las urnas en unas elecciones democráticas.

Y ahí tenemos a Zapatero, ese “socialistero”, que como España es parte de
ese club llamado la Unión Europea, pues se alineó como hizo el club al que
pertenece, a favor de la resolución de Estados Unidos, algo que irá a los anales
de la historia del izquierdismo internacional como un pecado mortal,
inconcebible. Es muy probable que en lo sucesivo, el acto de cerrar filas con
Estados Unidos se conozca como un pecado zapateril.

Recuerden que los de
la izquierda caviar siempre tienen que estar en la acera de enfrente a la de los
yanquis, aunque en esa acera llueva o haga un sol infernal. Pero eso no le bastó
al presidente del gobierno español, presidente por obra y gracia, sobre todo por
obra, del terrorismo internacional.

Resulta que Zapatero, a pesar de que
muchos de sus compatriotas aficionados a las mulatas tienen negocios en Cuba, le
aconsejó al dictador que escuchara lo que le decía la comunidad internacional y
que no siguiera por el camino de la confrontación. Me imagino que si Castro toma
represalias, muchos compatriotas de Zapatero llorarán la ausencia de sus mulatas
y maldecirán el momento en que al presidente del gobierno español se le ocurrió
abandonar las suelas, las puntillas y los tacones para dedicarse a la política.


Ante lo acontecido, el dictador Castro dejó a un lado momentáneamente
sus tribulaciones culinarias y calificó de comedia lo sucedido en Ginebra. Todos
se quedaron esperando la sorpresa que le tenía preparada a Estados Unidos, según
él mismo había anunciado, pero tal cosa no llegó, al menos hasta el momento en
que escribo estas líneas. No creo que el dictador se refiera al intento de
acusaciones contra Estados Unidos por los prisioneros de Guantánamo, porque eso
sí que sería una comedia.

Por otra parte, ya se sabe que la única arma
que posee el dictador Castro es la ola de balseros, la apertura de la válvula de
escape para que no estalle la olla de presión. Así lo ha hecho desde el comienzo
y siempre que ha podido, o mejor dicho, siempre que percibe a las
administraciones de Estados Unidos lo suficientemente débiles como para desatar
la ola de emigrantes y que no le suceda nada. Pero en esta ocasión no lo hará.


Con George W. Bush en la Casa Blanca no es aconsejable. El lo sabe. Sólo
resta esperar la próxima receta culinaria, la próxima caída o el nuevo
nombramiento para la Cancillería, si es que ese solar de analfabetos funcionales
es una Cancillería.

Para terminar, mi más calurosa felicitación a los
miembros de esa enorme y hermosa familia que constituyen los activistas de
derechos humanos.

Fuente: Diario de las
Américas

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