Política

Globalización, Libertad Económica y Crecimiento (I)

Publicamos la primera parte de la conferencia que dictó Ian Vásquez, investigador del CATO Institute, en donde analiza cómo el fracaso del llamado neoliberalismo en Latinoamérica ha abierto terreno para que surja la retórica neo populista.

Opinión: Ian Vásquez
Buenas tardes. Agradezco a la UPC haberme invitado a participar en este evento.
La verdad es que siempre es un placer estar fuera de Washington; lo es también
porque comparto una vez más un panel con John Williamson sobre el Consenso de
Washington, pero por primera vez fuera de Washington que para mí es
significativo dado a que, como lo indicó Pedro Pablo Kuczynski esta tarde, el
Consenso de Washington tiene muy poco que ver con Washington.

Una
paradoja de los años 90 fue que las reformas que se introdujeron dentro de esa
década fueron acompañadas por un incremento en el sector informal de la región.
La Organización Internacional del Trabajo reporta que a principios de la década
un 52% del sector laboral estaba en el sector informal y que eso llegó a casi un
60% a finales de esa época. El Banco Mundial informa que el sector informal
representa un 41% del producto interno bruto de la región y eso es exactamente
opuesto a lo que hubiéramos esperado si la región hubiese implementado reformas
liberales que funcionen bien.

Menciono la economía informal porque creo
que es el mejor indicador de que algo mal existe en las políticas y en las
instituciones de un país. Te dice que las reglas formales de un país no son
relevantes para la mayoría de la gente y, lo que es peor, pueden dificultar la
vida de la mayoría de la gente.

¿Cómo fue que los años 90 han producido
tal resultado? Después de todo sí hubo progreso en los años 90. Recordemos que a
principios de los 90 hemos visto reformas liberales profundas e importantes,
cuyos resultados inmediatos se manifestaron en la forma de alto crecimiento y
alta popularidad de los líderes políticos que implementaron tales políticas ya
sea en el Perú, Argentina o en México. Pero hay que recordar también que los
lideres políticos que implementaron esas reformas de ninguna manera eran
liberales convencidos. No, las reformas que se hicieron en Latinoamérica se
hicieron como una respuesta a las crisis económicas que se vivían en los países.
Se hicieron porque finalmente los países se enfrentaron a la realidad económica.


Es la realidad latinoamericana que impulsó estas reformas de tal manera
que no se puede decir que el Consenso de Washington fue de alguna manera
impuesto en la región. O sea que no nos debemos sorprender, como se ha
mencionado hoy día, que a mediados de los 90 los líderes de los países en
Latinoamérica que reformaron perdieron el interés de seguir reformando. Quiero
decir que Latinoamérica se quedó ni a mitad de camino en términos de reformas
económicas. El resultado, claro, ha sido un crecimiento bajo de un promedio de
1.5% per capita para esa década. Es mejor que lo que ocurrió durante la década
perdida de los 80 pero todavía muy por debajo de lo que se esperaba a principios
de los 90 y fue acompañado por supuesto por una volatilidad económica y en
muchos casos crisis económicas.

Esto ha producido una impresión popular
por todo Latinoamérica de que de alguna manera el mercado libre ha fracasado, lo
cual ha abierto terreno para que surja la retórica neo populista y para que se
implementen políticas poco coherentes y bastante mediocres. Lo que sí se puede
decir hoy en día es que no existe ningún consenso en Latinoamérica y mucho menos
una visión para Latinoamérica de a donde debe ir.

Con eso quiero hacer
dos observaciones del mismo Consenso de Washington. El primero es que no se
puede decir que el Consenso de Washington ha fracasado. Las grandes crisis desde
los 90 en Latinoamérica—estamos pensando Argentina, México, inclusive Brasil—se
deben a la violación de puntos centrales del Consenso de Washington. Acerca del
manejo de la política fiscal, hemos visto un gasto descontrolado y mal manejo de
deudas. A esto se deben las grandes crisis que hemos visto y estos han sido
problemas que han existido en los países de Latinoamérica desde principios de la
independencia. Como dice el ministro de hacienda Mexicano, Francisco Gil Díaz,
no hay que echarle la culpa a las políticas liberales que no han sido
implementadas.

La segunda observación que quisiera hacer es que no se
debe confundir el Consenso de Washington con una agenda liberal. En primer lugar
el Consenso de Washington siempre fue una agenda bastante incompleta. No se
habló para nada del estado de derecho; no se enfatizó ninguna institución; la
libertad del individuo no tuvo lugar en ese consenso por no hablar de las
ideologías ni de las creencias. Como ha dicho John Williamson muchas veces, en
algunos puntos el consenso si coincide con los puntos de vista liberales y en
algunos puntos simplemente no, como puede ser el caso del régimen del tipo de
cambio manejado por el gobierno que en ese entonces se promovía. Si hay un
consenso hoy en día es que los países deben mantener un tipo de cambio que es
consistente con el libre mercado.

Propongo yo, entonces, ser algo más
riguroso a la hora de hablar de reformas y concentrarnos en reformas liberales y
como los países pobres pueden beneficiarse del regreso a la economía liberal
mundial. Y digo el regreso a la economía liberal mundial porque la verdad es que
la era actual de la globalización no es la primera que el mundo ha vivido. Hace
100 años el mundo también era globalizado y era un proceso que empezó
aproximadamente a mediados del siglo 19 y terminó en 1914. La verdad es que la
economía internacional liberal fue interrumpida por los grandes cataclismos del
siglo 20—las guerras mundiales, la gran depresión, el comunismo y el fascismo—y
solamente en los últimos 20-25 años hemos regresado a los niveles de integración
que antes existían y ahora estamos sobrepasando.

Fue en el siglo 19 que
los países que ahora llamamos ricos lograron escapar de la pobreza y lo hicieron
a través del crecimiento acelerado. Acordemos que durante la mayor parte de la
historia humana el crecimiento económico ha sido caracterizado por un
estancamiento o por un crecimiento muy bajo, cosa que empezó a cambiar en el
siglo 19 en los países que nosotros llamamos ricos hoy en día. Lo que ha
eliminado la pobreza masiva ha sido, pues, el crecimiento económico,
especialmente el alto crecimiento económico, lo único que al fin del día reduce
la pobreza.

En 1820 el 75% de la población del mundo vivía bajo el nivel
de ingreso equivalente a un dólar por día. Hoy solo el 20% vive bajo ese nivel.
Eso todavía es demasiado, pero si observamos un periodo de tiempo más reciente
(un periodo de tiempo de 10 años entre los 80 y 90) podemos ver progreso también
durante esta era de globalización. Y es que el porcentaje de la gente pobre
(definida de la misma manera) en los países en desarrollo cayó del 29% al 24%. A
pesar de ese progreso la cantidad de gente pobre sigue siendo constante, o más o
menos 1.2 mil millones de personas, y lo cierto es que muchos de los países que
han introducido reformas no han visto reducciones en la pobreza. Este desempeño
ha hecho repensar el concepto de muchas personas sobre la importancia del
crecimiento económico para reducir la pobreza. Mucha gente quiere reenfocar el
debate y enfatizar otras políticas como la redistribución de
riqueza.

Para mí eso es un gran error. Mantener el enfoque sobre el
ingreso económico es importante por tres razones: porque existe una relación
fuerte entre el crecimiento y la reducción de la pobreza; porque la libertad
económica es lo que causa y sostiene el crecimiento; y porque la mayoría de los
países en desarrollo tienen todavía mucho por hacer para reformar sus políticas
e instituciones y así promover un crecimiento que beneficia especialmente al
pobre.

Ian Vásquez es director del Proyecto sobre la Libertad Económica
Global del Cato Institute. Este discurso fue dado en la Convención Anual de
Economía 2003 organizada por la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, Lima,
Perú, 16 de diciembre de 2003.

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