Seguridad
Para los historiadores clásicos, no se puede decir que haya ocurrido algo a menos que alguien lo perciba lo suficiente como para narrarlo. Para los semiólogos modernos, sin embargo, un suceso sólo puede clasificarse como sucedido en realidad cuando alguien lo interpreta.
El ataque terrorista de la semana pasada en Londres se clasifica como suceso real según ambas definiciones.
Se ha narrado en incontables informaciones de prensa, radio y televisión. Ciertamente, aquellos cuyas vidas han saltado en mil pedazos por el suceso también lo narrarán durante bastante tiempo.
Tampoco han faltado interpretaciones. Son estas las que nos interesan aquí. Porque un objetivo del terrorista es forzar a la gente, amigos y enemigos por igual, a definirse con respecto a sus acciones. Hablando en general, las interpretaciones ofrecidas hasta la fecha pueden dividirse en dos categorías: estoicas y confusas.
La interpretación estoica ha llegado en forma de determinación, la determinación con la que los londinenses, y con ellos la mayor parte de los británicos, decidieron tomarse con calma todo el tema y no permitir que el atentado alterara el curso de la vida normal. Se han hecho bastantes referencias al “espíritu del Blitz”, un recordatorio de cómo los londinenses rehusaron abandonar sus creencias ante el bombardeo de su ciudad por Hitler durante la Batalla de Gran Bretaña al inicio de la Segunda Guerra Mundial.
Hay, por supuesto, algunas semejanzas entre los dos casos.
Hitler soñaba con la conquista de Gran Bretaña y de gran parte del mundo para su “raza superior” aria. Los terroristas actuales, por su parte, quieren gobernar el mundo en nombre de “la única fe verdadera”, es decir, su versión distorsionada del islam.
Existen, sin embargo, grandes diferencias. En la época del Blitz, Gran Bretaña afrontaba a un enemigo identificable en el contexto de una guerra convencional y simétrica. Eso permitió a Gran Bretaña, y a otras democracias que más tarde se convirtieron en sus aliadas, llevar la guerra a territorio del enemigo y destruir las estructuras físicas que sostenían su maquinaria bélica.
El enemigo actual, por otra parte, carece de una base territorial fácilmente identificable y libra una guerra asimétrica. Es posible que los terroristas hayan nacido y crecido en Gran Bretaña. Y es probable que el ataque fuera planificado y sus medios logísticos reunidos dentro del propio Reino Unido. Y, siendo ése el caso, uno tiene que asumir que los terroristas gozan de mayor apoyo dentro de Gran Bretaña del que disfrutaba Hitler en 1940, con el pequeño partido fascista de Oswald Moseley.
Existe otra gran diferencia. Mientras los nubarrones de la guerra se cernían sobre Europa en 1939, Gran Bretaña se preparaba moral e intelectualmente para luchar.
Hoy, sin embargo, no hay signos de tal preparación moral o intelectual. Sin duda, Gran Bretaña desempeña un papel relevante tanto en Afganistán como en Irak. Pero el apoyo popular a ese papel nunca fue tan alto como el de la lucha contra Hitler, y lleva flaqueando desde el año pasado. Esto no significa que los británicos vayan a hacer lo que hicieron los españoles hace más de un año, es decir, abandonar a sus aliados para granjearse los afectos de los terroristas. Pero está igualmente claro que ninguna guerra puede librarse con eficacia a menos de que disfrute de apoyo popular sólido y masivo.
Y esto nos lleva a la segunda reacción, es decir, a la confusa.
Esta viene de gente que, aunque a menudo son ateos, están enganchados al concepto de pecado original.
Siempre que se ataque a Gran Bretaña, o a cualquier otra democracia occidental, recuerdan todos los errores reales o imaginarios cometidos por Occidente hacia otros como justificación para cualesquier mal que otros nos pueden hacer a cambio. Este es el mismo tipo de persona que siempre está cerca para justificar a un ladrón de bancos que también ha asesinado a las cajeras del banco, con la disertación de que había tenido una infancia infeliz marcada por la pobreza.
Para esta gente, basta con afirmar algún agravio y presentarse como víctima para obtener la licencia para imponer a otros el peor tipo de tiranía — la tiranía del oprimido. Y cuando, como es el caso con los terroristas, los asesinos llegan en forma de familias y países prósperos, nuestros apólogos tocan otra melodía. Los asesinos tienen que ser admirados, porque abandonaron una vida de lujo para luchar por una causa que, en la práctica, significa destruir las vidas de gente inocente.
En palabras de T.S Eliot:
Sangre de los hijos se tiene que derramar
para la culpa de los padres enmendar.
El diario The Independent, que se opuso a las guerras para liberar Afganistán e Irak, recordaba a sus lectores el día después del atentado de Londres lo que había dicho Osama Bin Laden hace un año: “Si bombardeáis nuestras ciudades, bombardearemos vuestras ciudades”. El redactor añadía: ¡Ahí tenéis!
¿Aludía el confundido redactor a Afganistán e Irak? Si era el caso, ¿no sabía que bajo ninguna circunstancia Bin Laden puede reclamar la propiedad de Afganistán o de Irak? Nadie de Afganistán o Irak, incluyendo a esos afganos e iraquíes que pueden odiar a Occidente por cualquier motivo, vería al fugitivo como un compatriota, por no decir como portavoz.
Fingir que los terroristas representan al mundo musulmán es como afirmar que el Partido Británico Nacional, un pequeño grupo fascista, es la expresión legítima única de las democracias occidentales.
Veinticuatro horas más tarde, el ayatoláh Imami Kashani utilizaba el artículo del The Independent en su sermón de la oración del viernes en Teherán para apoyar la afirmación de que los británicos merecen morir en grandes cifras.
La afirmación de un miembro inconformista del Parlamento Británico de que los terroristas representan los sentimientos de la comunidad musulmana global fue aún más escandalosa. Puede que los musulmanes, en algunos casos, tengan ciertamente agravios reales o imaginarios contra Occidente y unos contra otros, pero pocos designarían a Bin Laden y sus seguidores como compañeros de fe, por no decir como líderes.
Afganistán e Irak tienen hoy líderes democráticamente elegidos que saben hablar, y hablan, en representación de sus pueblos con autoridad. En Kabul y Bagdad, el ataque de Londres ha sido condenado en términos nada ambiguos. ¿Pero citaría The Independent a los Presidentes Hamid Karzai o Jalal Talabani en lugar de Bin Laden? Ni por asomo.
Mientras que la respuesta estoica puede ser la correcta a corto plazo, podría hacer que Gran Bretaña se durmiera en los laureles creyendo que esto es una breve tormenta que pronto habrá amainado. Bien, no lo es. Esto es una amenaza existencial por parte de una fuerza que no puede ser detenida sino por fuerzas morales, políticas y físicas más fuertes.
La comparación con el Ejército Republicano Irlandés (IRA) es tan absurda como peligrosa. El IRA se parecía a un hombre que llega a tu vecindario de ciento a viento y entonces rompe unas cuantas ventanas, da un susto, y después establece contacto para exigir concesiones. Con el tiempo, el IRA fue satisfecho con empleos para sus políticos de primera línea y la libertad de la policía británica para que sus células clandestinas continuasen las actividades ilegales en las que se implicaban.
Los terroristas, sin embargo, quieren barrer la sociedad existente para crear en su lugar su utopía. No se contentan con romper unas cuantas ventanas, ni siquiera con asesinar a tu hijo o hija camino de su escuela o trabajo, y no se contentarían con empleos ministeriales o limusinas oficiales.
Reconocer que realmente ha tenido lugar un suceso es solamente el primer paso. Lo que importa al final es el modo en que lo entendemos.



















