Terceras elecciones en 2015. Las quintas en los últimos seis años. Grecia se ha acostumbrado a las urnas. Demasiadas elecciones. Pero en los comicios de hoy, la participación ha descendido nueve puntos respecto a las generales del mes de enero.
El mucho votar no resuelve los problemas de una sociedad en crisis. Alexis Tsipras ha ganado las elecciones y la conservadora Nueva Democracia ha quedado en segundo lugar. Para este viaje no hacían falta alforjas.
El líder de Syriza y su icono a comienzos de este año, el popular Yanus Varufakis, ganaron desde posiciones de izquierda radical. Convocaron un referéndum que ganaron por el 60 por ciento de los votos para decir NO a la política de austeridad impuesta por Ángela Merkel. Varufakis dimitió y Tsipras volvió a convocar elecciones.
Las ha ganado pero necesitará de refuerzos para gobernar. Tendrá que echar mano del partido nacionalista, antieuropeo, para frenar a Amanecer Dorado que ha conseguido el 7.1 por ciento de los votos, el doble que en el mes de enero.
Tsipras tendrá que aprobar los presupuestos de 2015, ha de reformar las pensiones, tiene que crear una administración tributaria independiente y tendrá que recapitalizar la banca.
Todo lo que se resistía a ejecutar si ganaba las elecciones de enero, ahora lo tendrá que llevar a cabo después de romper su partido, convocar un referéndum que ganó pero que no sirvió de nada y ha sobrevivido aunque tendrá que aplicar las políticas que rechazaba.
¿Hacía falta hacer este viaje para acabar haciendo lo que se resistía con todas sus fuerzas? Grecia tiene que reformarse. Y los griegos han vuelto a dar la confianza a Tsipras con la idea de que es el político más indicado para hacerlo. Los problemas de los griegos seguirán siendo los mismos. Unas elecciones más significan poco.
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