El uso del islam por los grupos terroristas forma parte central del deterioro en curso de las relaciones y no puede pasarse por alto. En este respecto, el informe comete una enorme negligencia al no exhortar a los líderes musulmanes políticos y religiosos a que denuncien la violencia e intolerancia fundamentada en la religión como los disturbios por las caricaturas o, específicamente, la condena del terrorismo que practican los extremistas islámicos.
Brett D. Schaefer
En años recientes, una serie de acontecimientos han afectado y tensado las percepciones públicas entre países islámicos de un lado y Estados Unidos y Europa del otro. Los incidentes más notables incluyen los ataques terroristas de la embajadas americanas en el África occidental y las Torres Gemelas, el atentado de Madrid en 2004, el gran ataque terrorista en Londres, las actuales guerras en Irak y Afganistán, disturbios por las caricaturas de Mahoma, el conflicto entre Hizbolá y las fuerzas israelíes en el Líbano y el conflicto en curso entre palestinos e israelíes. La percepción del público en general en Occidente es que los musulmanes son fanáticos, violentos e intolerantes mientras que los musulmanes en Oriente Próximo ven a los occidentales como egoístas, inmorales, avariciosos, violentos y fanáticos.
Para combatir esas tensiones, el entonces secretario general de la ONU Kofi Annan anunció una Alianza de Civilizaciones en julio de 2005 para “responder a la necesidad de un comprometido esfuerzo por la comunidad internacional – tanto a nivel institucional y de la sociedad civil – para tender puentes y superar prejuicios, conceptos equivocados, percepciones erróneas y polarización que, en potencia, amenazan la paz mundial”. “Un grupo de alto nivel constituido por eminencias” guiaría los pasos de la Alianza con el encargo de entregar un informe a finales de 2006 para hacer recomendaciones y un plan de acción práctico para superar esta división.
El informe del grupo de alto nivel de la Alianza de Civilizaciones es la prueba viviente del limitado valor de tales prácticas por la ONU. El informe se centra obsesivamente en los fracasos de los países occidentales mientras que, en gran medida, pasa por alto los fallos de los países musulmanes. Ofrece una justificación implícita de la represión de la libertad de expresión, de palabra y de los medios de comunicación en nombre de detener “la propagación del odio que da como resultado islamofobia, xenofobia y antisemitismo” y propone una dudosa agenda para “mejorar” el trato que reciben los musulmanes en los medios de comunicación no musulmanes. El informe resta importancia a las razones que subyacen detrás de los problemas económicos de muchos países islámicos y prefiere presentar una lista detallada de objetivos.
A pesar de las cuestionables contribuciones del informe, el 18 de diciembre, Kofi Annan recomendó que la ONU adoptara e implementara las recomendaciones del informe [4]. Semejante acción sería poco en cuanto a ideas sustantivas para mejorar las relaciones entre los países occidentales y musulmanes. Sin embargo consagraría la Alianza de Civilizaciones y una serie de cuerpos suplementarios al sistema de la ONU. Además el llamamiento de Annan para que la ONU aceptara estas recomendaciones debería levantar serias dudas sobre sus motivos ya que se rumorea que él es uno de los individuos que se tomaría en consideración para el puesto de Alto Representante de la Alianza de Civilizaciones.
El informe de la Alianza de Civilizaciones ofrece poco para tender esos puentes entre los países occidentales e islámicos y hay muy poco fundamento para creer que la Alianza ofrezca ideas innovadoras para abordar la división entre la gente de Occidente y la de los países musulmanes en el futuro. Estados Unidos debería oponerse a las proposiciones hechas por el interés propio de la Alianza ya que la convertiría en un mandato permanente de la Asamblea General, establecería un flujo permanente de dinero y crearía nuevos mecanismos de apoyo para la Alianza.
El origen de la Alianza de Civilizaciones
Los sondeos respaldan la percepción general sobre la poca estima mutua entre la gente de los países occidentales y la de los musulmanes y es un problema importante. Por ejemplo, la última encuesta de las Actitudes Globales del Centro de Investigación Pew encuentra que:
Después de un año marcado por los disturbios de las caricaturas de Mahoma, un importante ataque terrorista en Londres y las guerras en Irak y Afganistán, la mayoría de musulmanes y occidentales están convencidos de que las relaciones entre ellos son malas por lo general en estos días. Muchos en Occidente ven a los musulmanes como fanáticos, violentos y faltos de tolerancia. Mientras tanto, los musulmanes en Oriente Próximo y Asia por lo general ven a los occidentales como egoístas, inmorales y avariciosos así como violentos y fanáticos.
La idea de que la ONU pudiera de alguna manera atenuar estas lamentables opiniones públicas a través de conferencias internacionales data de un programa de la ONU que se llamaba “Diálogo entre civilizaciones”, que en primer lugar fue propuesto por Irán en 1998 y lanzado por Annan en 1999. Debido a los ataques terroristas del 11-S y las guerras de Irak y Afganistán, la ONU decidió reemplazar el “Diálogo” con la “Alianza de Civilizaciones” en 2005. Aunque el ex presidente de Irán, Mohamed Jatamí, que fue quien inició el Diálogo, sigue siendo parte destacada, la propuesta para crear la Alianza fue hecha por el presidente español José Luís Rodríguez Zapatero y el primer ministro de Turquía Recep Tayyip Erdoğan en la Asamblea General número 59 de la ONU y posteriormente respaldada por Kofi Annan. La Alianza de Civilizaciones es un esfuerzo diseñado para fraguar voluntad política colectiva y para movilizar acción concertada a nivel institucional y de la sociedad civil para superar el prejuicio, las percepciones erróneas y la polarización que van en contra de ese consenso. Y espera contribuir a un movimiento global mancomunado que, como reflejo de la voluntad de la amplia mayoría de gente, rechace el extremismo en cualquier sociedad.
Para encauzar esta iniciativa, Annan congregó un grupo de alto nivel de “eminencias” para que se reuniesen e hiciesen un informe con recomendaciones prácticas para finales de 2006 para que los estados miembros de la ONU las adoptaran. Al recibir el informe a finales de 2006, el secretario general Kofi Annan recomendó que la ONU adoptara e implementara las recomendaciones del informe de la Alianza de Civilizaciones.
Annan apuntaba: “Las propuestas del informe – en áreas de política, medios de comunicación, educación, juventud y migración – comprenden un plan de acción para mejorar las relaciones interculturales. Muchas de sus sugerencias – como las campañas en los medios para luchar contra la discriminación o la revisión crucial de los materiales educativos – buscan impulsar la tolerancia y eliminar estereotipos a nivel local e individual…”.
“Por tanto, trabajemos juntos para convertir este informe en acción y trabajemos para reforzar y mejorar no sólo una sociedad o nación en particular sino toda la civilización humana”.
El respaldo de Annan debería despertar serias preguntas sobre sus motivos. El informe exhorta al establecimiento de un Alto Representante de la Alianza de Civilizaciones con oficina de apoyo, un Foro para la Alianza de Civilizaciones financiado por la ONU, un fondo para la Alianza de Civilizaciones así como la creación de Consejos de la Alianza regionales, nacionales y locales. Todas estas recomendaciones harían de la Alianza – actualmente sólo una iniciativa temporal patrocinada por Annan y algunos estados miembros – una iniciativa permanente de la ONU con su correspondientes burocracias, financiación y estatus. El respaldo de Annan despierta otras interrogantes que van más allá de la simple inserción de un proyecto preferido dentro del sistema de la ONU. Por ejemplo, Annan nombró a su ex asesor Iqbal Riza – que estaba profundamente implicado en el escándalo de Petróleo por alimentos por presuntamente haber destruido documentos relacionados con la investigación – como coordinador del proyecto de la Alianza de Civilizaciones. Además, se rumorea que el mismo Annan podría ser considerado para el puesto de Alto Representativo de la Alianza de Civilizaciones. Por tanto, ese respaldo podría beneficiarle directamente a él y por lo menos a uno de sus colaboradores cercanos.
El decepcionante informe
El informe no llega siquiera a su propio objetivo de ofrecer “un practicable programa de medidas para estados, organizaciones internacionales y sociedad civil dirigido al fomento de la armonía entre sociedades”. En efecto, el informe a menudo simplemente respalda iniciativas ya en curso. Cuando sí ofrece análisis y recomendaciones, cae en la opinión sesgada, en llamamientos inaceptables de restricciones a la libertad de expresión y muestra una lista de objetivos en lugar de una estrategia para reavivar el rendimiento económico de las naciones de Oriente Próximo y Noráfrica.
Perspectiva sesgada.
El fracaso más flagrante del informe es su tratamiento parcial de la relación entre países occidentales y musulmanes. Exceptuando la mención de que el terrorismo es un problema que debilita las relaciones con Occidente, el informe consistentemente trata a la gente de los países islámicos como víctimas del pillaje de países occidentales e Israel. En su mayor parte, los gobiernos de los países musulmanes se libran de toda crítica. El informe ignora en gran medida que la región está dotada de petróleo, que goza de una rica identidad cultural así como religiosa y que hace décadas consiguieron su independencia de los poderes coloniales. Con estas ventajas, sólo los gobiernos de la región tienen la culpa del tratamiento desigual tanto legal como económico de la mujer, de su fracaso a la hora de implementar políticas conductivas al crecimiento económico y la creación de empleo, y finalmente del predominio de gobernantes autocráticos.
En estilo típico de la ONU, el informe se centra obsesivamente en la “creciente urgencia del tema palestino” que se considera como “un factor crucial en el creciente abismo entre las sociedades musulmana y occidental”. El informe sigue para declarar que “sin una solución justa, digna y democrática basada en la voluntad de todos los pueblos involucrados en este conflicto, todos los esfuerzos – incluyendo las recomendaciones contenidas en el informe – para cerrar esa brecha y contrarrestar las hostilidades entre sociedades probablemente sólo encontrará un éxito limitado”. Y sin embargo, el informe simplemente ofrece el objetivo reciclado de un revitalizado proceso de paz multilateral buscando “el reconocimiento de las aspiraciones nacionales tanto de los palestinos como de los judíos y del establecimiento de dos estados soberanos e independientes viviendo lado a lado en paz y seguridad”.[15] El informe también pone sus esperanzas en un “Libro Blanco” que reconozca “las narrativas conflictivas de palestinos e israelíes” con el objetivo de suministrar un “análisis sensato y racional que conseguiría hacer comprender al pueblo palestino que el precio de décadas de ocupación, malentendidos y estigmatización está siendo completamente reconocido, mientras que al mismo tiempo se contribuye a exorcizar los miedos de los israelíes”.
Estas recomendaciones deberían sonar familiares porque han sido parte de la estrategia de paz de la pasada década – un proceso que ha sido muy poco exitoso. También ignora el interés de muchos gobiernos musulmanes de que se mantenga el conflicto en curso; como se reconoce en el Informe del Desarrollo Humano Árabe de 2004, la “ocupación israelí [de Palestina] también ha dado a los regímenes árabes un pretexto para posponer reforma interna”.[17] Además, a pesar de la importancia puesta sobre el conflicto en el informe, el grupo de alto nivel omite la inclusión de siquiera un representante de Israel. El grupo, no obstante, sí cuenta entre sus 20 miembros con 9 personas de naciones predominantemente musulmanas, incluyendo al ex presidente de Irán, cuyo actual presidente ha hecho un sonado llamamiento a la destrucción de Israel.
Mientras tanto, el informe resta importancia al hecho de que grupos terroristas, como al Qaeda, vinculan directamente sus actos terroristas a un islam interpretado bajo el prisma de una ideología extremista. En su lugar, el informe se centra en observaciones como que “ninguna de las religiones del mundo exime o aprueba la matanza de inocentes. Todas promueven la idea de la compasión, justicia y respeto por la dignidad de la vida. Sin embargo, en una amplia variedad de conflictos recientes en muchas partes del mundo, la religión ha sido explotada para justificar la intolerancia, la violencia y hasta para quitarle la vida a otros”. Puede que esto sea cierto pero no viene al caso. El uso del islam por los grupos terroristas forma parte central del deterioro en curso de las relaciones y no puede pasarse por alto. En este respecto, el informe comete una enorme negligencia al no exhortar a los líderes musulmanes políticos y religiosos a que denuncien la violencia e intolerancia fundamentada en la religión como los disturbios por las caricaturas o, específicamente, la condena del terrorismo que practican los extremistas islámicos. Igualmente, el énfasis del informe sobre “el respeto por los monumentos religiosos y los lugares sagrados” así como “enseñar sobre religiones” en lugar de poner énfasis en la necesidad de que los gobiernos acaben con los obstáculos existentes para la libertad de culto es extraño si consideramos las muchas restricciones a la libertad de culto en los países de Oriente Próximo y Noráfrica.
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Diario Exterior publica una síntesis del informe completo.
Brett D. Schaefer es miembro especializado en temas administrativos internacionales del Centro por la Libertad “Margaret Thatcher”, una división de la Fundación Heritage.
Fuente: GEES (España)
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