El Ecuador vive actualmente una de sus peores crisis en lo político y jurídico de los últimos años. El desconcierto, el cinismo, la mediocridad son características comunes de los gobernantes y legisladores.
El país está enfrascado en una maraña de intereses particulares y de grupos que están acabando con la paciencia de los ecuatorianos y sumiéndolo en la desesperanza y la desolación.
Democracia
El Ecuador vive actualmente una de sus peores crisis en lo político y jurídico
de los últimos años. El desconcierto, el cinismo, la mediocridad son
características comunes de los gobernantes y legisladores. El país está
enfrascado en una maraña de intereses particulares y de grupos que están
acabando con la paciencia de los ecuatorianos y sumiéndolo en la desesperanza y
la desolación. Este es el resultado de una clase política sin mayor preparación
y prepotente que nos lleva directo al despeñadero.
La vergüenza nacional
trasciende allende nuestras fronteras. La imagen que da el Ecuador al exterior
es lamentable. El Canciller de la República, con sus últimas declaraciones
“académicas”, lo único que ha hecho es evidenciar el manejo folclórico de los
temas importantes de política exterior.
La inseguridad, el caos y el
desgobierno están afectando a todos los ecuatorianos, pero de manera especial al
sector productivo nacional. Los problemas de fondo, de largo plazo, los que van
más allá de lo coyuntural, no se los ha debatido y peor resuelto.
Según
las últimas cifras divulgadas por la Secretaría General de la Comunidad Andina
de Naciones, el Ecuador es el único país, entre sus cinco miembros, que ha
decrecido en sus exportaciones intracomunitarias en el último año. El
decrecimiento es de alrededor del 16%, cuando los demás socios de la Comunidad
han tenido un crecimiento promedio en conjunto de alrededor del 59%,
constituyendo un récord histórico de los últimos treinta y seis años. Mientras
nuestros países vecinos suben, nosotros bajamos.
El descalabro
institucional que nos agobia tiene severos efectos en todos los campos de la
actividad pública y privada. Un país desorganizado e ineficiente, donde todo el
mundo hace lo que quiere, donde existe un Gobierno que no gobierna y un Congreso
que no legisla, donde no hay liderazgo ni metas que cumplir, tarde o temprano
nos llevará a pagar una factura de elevadísimo costo que afectará a los más
pobres a quienes, irónicamente, los actores del circo dicen defender.
El
Ecuador necesita trabajo y estabilidad. No podemos desperdiciar más tiempo.
Nuestros competidores externos no nos esperan. Vivimos en un mundo globalizado
en donde los ganadores son aquellos estados que viven al amparo del derecho y
que han consolidado la democracia, a través de prácticas públicas permanentes
que alientan la seguridad, la estabilidad y el orden. La única forma de crear
fuentes de trabajo y de riqueza, sin que le cueste un solo centavo al sector
público, es fomentando la actividad productiva y el respeto a ultranza de la
Constitución y la Ley.
Es hora de que se acabe el circo. El país debe
retomar la calma y las autoridades públicas garantizar la inversión y el trabajo
creador de la riqueza. La paz social será una quimera muy pronto si no retornan
responsable y patrióticamente los gobernantes, legisladores y todos quienes
manejan la cosa pública, al orden y a la honestidad.
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