Inmigración
Los franceses utilizan el término “quartiers sensibles” — vecindarios sensibles – para los suburbios obreros problemáticos predominantemente árabes y africanos de París y de otras ciudades que cada vez se parecen más a una bomba de tiempo en el corazón de su sociedad.
Uno de tales vecindarios sensibles es Clichy-sous-Bois, a nueve millas al noreste de París, donde comenzó la cadena de alborotos callejeros nocturnos la semana pasada. Dos jóvenes musulmanes — uno negro y uno árabe — se electrocutaron en un conmutador eléctrico el 27 de octubre. Las circunstancias son imprecisas: ¿Estaban los jóvenes siendo perseguidos por la policía por ser sospechosos de un desvalijamiento? ¿Eran perseguidos sin motivo? ¿O nunca fueron perseguidos – como afirma el Ministro del Interior Nicolas Sarkozy, y ha confirmado hoy el informe preliminar del fiscal – en absoluto?
De momento, lo que es seguro es que el rumor de que jóvenes inocentes habían muerto como resultado del hostigamiento policial se extendió como un incendio. Los residentes locales llamaron a sus amigos de otros vecindarios y les animaron a unirse a la lucha próxima contra el estado. De hecho, las primeras personas atacadas por la multitud fueron los bomberos que acudieron al conmutador eléctrico para rescatar a los jóvenes. Los bomberos, recibidos con una oleada de piedras, no pudieron tratar a las víctimas en la escena, sino que retiraron sus camiones y llevaron a los jóvenes a una clínica próxima.
Más tarde, 400 jóvenes comenzaban a arrasar la ciudad, quemando coches, destrozando una escuela, un centro comercial, la oficina de correos, el parque de bomberos y las cocheras. Hasta intentaron entrar en el ayuntamiento, pero les fue impedido por la policía. Los disturbios estallaron cuando 300 efectivos antidisturbios entraron en Clichy y fueron recibidos con cócteles Molotov y piedras, y hasta con fuego real.
Siete policías resultaron heridos, y los testigos describieron la escena como “guerra de guerrillas”. El filósofo Jean-François Mattei hablaba de “barbarie urbana”. En las ocho noches de disturbios que, a fecha de este escrito, han sobrevenido en Clichy-sous-Bois y en otros suburbios de París, cerca de 1224 coches han sido quemados y numerosos jóvenes arrestados. Tres periodistas de la televisión francesa tuvieron que abandonar sus vehículos después de ser amenazados por la multitud, que procedió a prender el coche junto con un concesionario de automóviles, una guardería y un gimnasio. Otros cuatro intercambios de fuego tuvieron lugar contra la policía y los bomberos, y dos estaciones de tren fueron atacadas.
Un líder del sindicato de policía, escribiendo al Ministro del Interior Sarkozy, declaraba, “se está levantando una guerra civil en Clichy-sous-Bois. Ya no podemos hacer frente al desafío más. Sólo el ejército, entrenado y equipado para este tipo de misión, puede intervenir para estabilizar la situación”.
Pero a pesar de todos los titulares nacionales e internacionales ocasionados, los disturbios de la semana pasada no fueron una ocurrencia anormal. Los suburbios de la primera generación de inmigrantes por las ciudades de tamaño medio y grande de Francia llevan fuera de control al menos 15 años. Los índices de criminalidad se han salido de escala: según la Renseignements Généraux, una división de la policía, hay constancia de 70.000 crímenes violentos en zonas urbanas desde el comienzo del año. Incluyen la quema de más de 28.000 coches y 17.500 contenedores de basura. Según el Ministerio del Interior, cerca de 9000 coches de policía han sido apedreados este año por jóvenes.
Y las propiedades no son el único objetivo. El 27 de octubre, el día de los dos muertos en Clichy-sous-Bois, tres jóvenes criminales de otro suburbio de París asesinaban salvajemente a un francés de 56 años que fotografiaba una farola. Hubo montones de testigos alrededor, pero ninguno llegó a testificar. Los atacantes o bien intentaban robar la cámara digital del hombre, o “proteger su territorio” de un intruso. Diez días antes, en Vaulx-en-Velin, un suburbio de la segunda mayor ciudad de Francia, Lyon, la policía perseguía a dos adolescentes en una moto robada, y uno se cayó y se torció el tobillo. Se extendió el rumor de que se encontraba en coma a causa de los policías. Siguieron unas cuantas noches de disturbios, con careos violentos entre los adolescentes y la policía en la misma ubicación en la que disturbios parecidos y serios tuvieron lugar hace 15 años.
Al menos igual de preocupante que tales estallidos intermitentes es lo que ocurre cada día en estos barrios étnicos. La mayoría se han convertido en tierra de nadie donde la policía apenas se aventura y prevalece la ley de la jungla. Los ciudadanos honestos y respetuosos con la ley se sienten abandonados. En palabras de Bally Bagayoko, alcalde en funciones de Saint-Denis, un suburbio de clase obrera de París: “La gente ha perdido completamente la confianza en la policía. En la mayoría de los casos ni siquiera presentan una denuncia”. En ocasiones los jueces son amenazados o atacados físicamente.
Es más, nada de esto es un secreto. Hace años desde que se publicaron los primeros relatos sorprendentes de primera mano de lo que ocurre en los peores tugurios étnicos. Nada menos que en 1984, el Presidente François Mitterrand convertía la “política de vecindarios sensible” en la cuarta prioridad de su gobierno. En 1990, después de los primeros disturbios Vaulx-en-Velin, la revista Le Point anunciaba el titular a los cuatro vientos: “Estos vecindarios están asustando a Francia”. Los políticos advertían que los acontecimientos apenas eran un anticipo de las explosiones que estaban por venir. Ocho años después, en un informe solicitado por el Ministerio del Interior, dos sociólogos escribían: “Los policías que trabajan en los vecindarios difíciles se sienten, y son vistos, como fuerzas de ocupación en territorio enemigo”.
Un relato de primera mano particularmente temible de la vida en un barrio musulmán de mala muerte fue un bestseller en el 2002. Titulado Dans l´enfer des tournantes[1], cuenta la vida de una valiente adolescente musulmana francesa, Samira Bellil, que fue violada en grupo repetidamente, y se convirtió en un “racaille”[2] para sobrevivir, dando palizas a otras niñas para obtener protección y respeto. Las adolescentes son las víctimas más frecuentes de la violencia, especialmente la violación, que en ocasiones tiene lugar dentro de la escuela pública. Como daba fe una madre tunecina recientemente, la escuela pública no resulta ser un refugio, sino una pesadilla más para las familias. Se lamentaba, “La República ya no protege a sus hijos”. De hecho, las madres en ocasiones alistan a los gamberros más duros para proteger a sus hijas. La cultura de violencia es reforzada desde cada bando, por la anti-policía, el rap reaccionario antioccidental que escuchan los niños y los blogs donde los gamberros exponen sus hazañas de incendios o asalto a mano armada, convirtiéndose así en “estrellas” del vecindario, y elevando el listón para las demás bandas.
Una economía sumergida florece en los peores vecindarios africanos y musulmanes, con tráfico de drogas y objetos robados teniendo lugar a plena luz, y grupos rivales luchando por el botín. Las tensiones entre comunidades son igualmente profundas, colocando a los franceses blancos (o “Gaulois”) contra árabes y negros, negros contra árabes, y musulmanes contra judíos. A la luz de esto, no es coincidencia que Francia viera una cifra récord de incidentes antisemitas en el 2004 (970, más de dos al día), cometidos en su mayor parte por musulmanes jóvenes procedentes de los suburbios.
En casos extremos, estos vecindarios también acaban convirtiéndose en países extranjeros, con sus propias leyes y sistemas de valores. Así, los buenos estudiantes son considerados parias, mientras que los ilegales obtienen respeto. Las cosas han alcanzado tal punto que algunos jóvenes “Gauloises” dan fe de que, en una especie de proceso de asimilación inversa, se convierten al islam para escapar de hostigamiento de los gamberros musulmanes.
Algunos intelectuales hablan de la libanización de la sociedad francesa. Otros especulan con una guerra civil en cuestión de 10 años si no se hace nada. Michel Gurfinkiel, redactor de la revista de noticias Valeurs Actuelles, compara la Francia de hoy con la república de Weimar justo antes del ascenso del Nazismo.
El Ministro del Interior Sarkozy quiere pasar página. Expresa determinación a poner fin a la postura de permisividad hacia las patologías de los “banlieues sensibles” que ha prevalecido durante décadas, bajo gobiernos tanto de derecha como de izquierda, con la probable excepción de su propia permanencia previa como ministro del interior, en el 2002-04. Plantando cara a lanzadores de piedras en Argenteuil, otro punto caliente, la semana pasada, hacía voto de librar a los suburbios del “racaille”.
Sarkozy ha sido extensamente criticado por utilizar ese término, incluso por miembros de su propio partido, que le acusan de echar más leña al fuego. Mucho depende del éxito de su enfoque de “tolerancia cero” al estilo Giuliani. Hasta la fecha, parece ser el único político dispuesto a abordar los espinosos asuntos de la inmigración y la seguridad. Dentro de poco, los votantes franceses tendrán la oportunidad de dar su veredicto a sus políticas. El actual candidato de las elecciones presidenciales del 2007 no es otro que Sarkozy.
Olivier Guitta es consultor de temas europeos y de Oriente Medio y escritor freelance especializado en radicalismo islámico.











