Política

La opción jordana

Caroline Glick
Helicópteros del ejército atacaban campamentos de entrenamiento terrorista palestinos en Gaza el sábado y domingo en un intento por frustrar la ofensiva palestina de misiles Kassam contra el sur de Israel, que se intensifica con rapidez. Los campamentos objetivo son las nuevas manchas sobre el malogrado paisaje de Gaza. Fueron creados poco después de que Israel expulsase a 8000 de sus ciudadanos de sus hogares en Gush Katif y borrase sus comunidades con vistas a la retirada del ejército de Gaza el pasado verano. Los campamentos fueron establecidos sobre las ruinas de las comunidades de Slav y Neve Dekalim.

La ofensiva de misiles palestinos contra el sur de Israel y el establecimiento de campamentos de entrenamiento terroristas sobre las ruinas de asentamientos israelíes son la prueba incontestable de que la estrategia israelí de “desconexión” ha fracasado estrepitosa y completamente. Durante los 38 años de presencia de Israel en Gaza, incluso cuando las cosas estaban en su peor momento, la zona nunca constituyó mucho más de un irritante para la seguridad nacional de Israel.

Ahora, con Hamas a cargo y al-Qaida, Irán, Hezboláh, las milicias de la AP, la Jihad Islámica y los grupos criminales-terroristas de Fatah campando a sus anchas, Gaza se ha convertido en más que un irritante. Hoy, Gaza se ha convertido en una base para la jihad global y una fuente constante y creciente de desestabilización para toda la región. La presente ofensiva de misiles desde Gaza – a la que Israel tiene que dar aún alguna respuesta eficaz a falta de invasión – ha puesto bajo constante ataque algunas de las infraestructuras nacionales más sensibles. El bombardeo diario de las comunidades que rodean Gaza pone en peligro la viabilidad económica del sur de Israel.

Mientras que una de las motivaciones básicas dadas para la “desconexión” fue que la presencia israelí en Gaza era la principal fuente de fricción entre palestinos e israelíes, lo que ahora queda claro es que la presencia de Israel en Gaza era una fuente de estabilidad.

Dirigiéndose a Newsweek a lo largo del fin de semana, el primer ministro en funciones Ehud Olmert exponía sus planes para el futuro. Olmert aclaraba su intención de seguir adelante con su plan “de convergencia” en Judea y Samaria. Expulsará a la fuerza a decenas de miles de israelíes de sus comunidades y recortará sustancialmente el control militar de Israel en las áreas. Y espera que América le apoye financiando el reasentamiento de alrededor de 12.000 refugiados israelíes y reconociendo las fronteras autodeclaradas de Israel. Es decir, desea el apoyo americano para una implementación israelí de las expulsiones de Gaza y la retirada a escala masiva de zonas estratégicamente vitales de Judea y Samaria.

Hoy hay dos paradigmas para tratar el conflicto palestino con Israel. El primero es negociar un tratado de paz con los palestinos en el que reciben tierra y soberanía a cambio de prometer vivir en paz con Israel. En una palabra, este paradigma es el paradigma del apaciguamiento.

El segundo paradigma implica una retirada israelí de Judea y Samaria y de zonas de Jerusalén a cambio de nada en absoluto de los palestinos. Es decir, el segundo paradigma es el paradigma de la rendición.

El paradigma del apaciguamiento fracasó en la cumbre de Camp David en julio del 2000 cuando los palestinos rechazan aceptar la oferta israelí de casi todo lo que decían exigir – Gaza, Judea y Samaria y Jerusalén este, incluyendo el enclave más sagrado del Judaísmo, el Monte del Templo. En lugar de aceptar el acuerdo que les obligaba a reconocer el derecho de Israel a existir en fronteras precarias, los palestinos fueron a la guerra.

En lugar de aceptar el fracaso del paradigma del apaciguamiento, la izquierda israelí junto con la Liga Árabe, la UE y el gobierno norteamericano intentaron resucitarlo artificialmente. A través de una serie de informes – Mitchell, Tenet, Zinni, y eventualmente la hoja de ruta – la comunidad internacional y la izquierda israelí han sostenido la ficción de que el apaciguamiento aún es una opción. Este es el motivo por el que, aún hoy, cuando Olmert ha pasado al paradigma de la rendición, rinde tributo oral afirmando estar dispuesto a negociar con el presidente de la Autoridad Palestina Mahmoud Abbás incluso si Hamas está cortando el bacalao.

Pero tributo oral aparte, Olmert y sus acólitos están completamente comprometidos con el paradigma de la rendición y persiguen incesantemente a la administración Bush para que abandone el apaciguamiento y se suba a su tren. En palabras de Olmert a Newsweek, “Comprendo que si [el plan de retirada y expulsión de Judea y Samaria] es aceptado como contribución a un Oriente Medio con menos violencia y terror, podemos llegar a un acuerdo con el gobierno americano acerca de las medidas de apoyo que pueden ser esenciales para el éxito de esta maniobra”.

Desafortunadamente para la administración Bush, como muestra el modelo de Gaza, respaldar el plan de Olmert significará que Estados Unidos presta su apoyo a una estrategia que no tiene ninguna oportunidad en absoluto de hacer “una contribución a un Oriente Medio con menos violencia y terror”. Por el contrario, el paradigma de rendición de Olmert hace una contribución a la violencia y el terror.

De modo que, ¿Qué es lo que hará la administración Bush? Su presente paradigma de apaciguamiento no tiene ninguna posibilidad de tener éxito, y el paradigma de rendición de Olmert también es una receta para el fracaso.

Afortunadamente, apaciguamiento y rendición no son las únicas opciones disponibles para estabilizar Oriente Medio y disminuir los niveles de violencia y terror. En el presente número del Middle East Quarterly, Dan Diker y Pinchas Inbari destacan un paradigma que tiene mayores posibilidades de éxito que el apaciguamiento o la rendición.

Su artículo “Revitalizar una alianza West Bank-Jordania” destaca que Israel y Jordania comparten hoy un interés cardinal en garantizar que Judea y Samaria no siguen el modelo de Gaza. Como demuestran, hay motivos para creer que de esta convergencia de intereses puede emerger una estrategia que sea capaz de tener éxito donde el apaciguamiento y la rendición fracasan.

El régimen jordano es hoy objeto de estas fuentes de desestabilización que tienen potencial para destruirlo. En primer lugar está Irak. La inestabilidad política y militar de Irak hace peligrar a Jordania, que es económicamente dependiente de su vecino del este. El terrorista jordano y comandante de al-Qaida en Irak Abú Musab Zarkawi ha puesto sus miras en el régimen hachemí. Al-Qaida dispone de células por toda Jordania. Operativos de Al-Qaida atacaron Eilat con misiles Katyusha desde Ákaba el 19 de agosto y apuntaron a la propia Ammán en los atentados del hotel del pasado noviembre.

La expansión de Al-Qaida desde Irak a Jordania es hoy acompañada, como consecuencia de la retirada de Israel de Gaza, de su expansión hasta Gaza y Judea y Samaria. Como explicaban diplomáticos jordanos a Diker e Inbari el pasado septiembre, Jordania se opone vigorosamente a la retirada israelí propuesta de Olmert de Judea y Samaria. En su opinión, tal retirada provocaría la expansión del caos de estilo iraquí a lo Gaza hasta Judea y Samaria. Tal caos haría peligrar fácilmente el régimen hachemí.

Hasta 1988, los árabes de Judea y Samaria eran ciudadanos jordanos. Temiendo que el levantamiento palestino que comenzó en ese año desestabilizase su reinado, el difunto Rey Hussein renunció a las reclamaciones de Jordania de la soberanía sobre las zonas. Pero Jordania ha continuado estando activamente involucrada en las zonas. Alrededor del 70% de los jordanos se definen como palestinos, y la mayor parte de los jordanos tiene familia Judea y Samaria. El comercio entre las dos márgenes del Jordán es intenso. La esposa del rey Abdaláh, Rania, es palestina. Al nombrar a su hijo Hussein príncipe de la corona de Jordania, Abdaláh ha transformado en la práctica el Reino Hachemí de Jordania que el Reino Hachemita-Palestino de Jordania-Palestina.

Inbari y Diker creen que el régimen jordano podría estar dispuesto hoy a abordar una estrategia de federar o confederarse con Judea y Samaria. La ventaja de tal política para los palestinos es que como ciudadanos de la aplastantemente palestina Jordania, ya no carecerían de estado. La ventaja para Israel y Jordania sería que la amenaza que supone la inestabilidad crónica de la AP para la seguridad de ambos estados quedaría remediada por la presencia de dos estados soberanos – en paz entre sí, con décadas de cooperación militar tras ellos y un interés compartido en destruir todos los vestigios de células del terror islamista en la zona – a cargo.

Aunque no discuten el tema de las comunidades israelíes de Judea y Samaria en su artículo, hay pocos motivos para creer que un acuerdo confederativo que pusiera a Jordania a cargo de los palestinos de Judea y Samaria necesitase alguna limitación del derecho de Israel a continuar siendo responsable de los israelíes que residan en las zonas. Pueden alcanzarse acuerdos claros y directos con respecto a la ciudadanía y las responsabilidades de seguridad tanto para los palestinos como para los israelíes con poco más que un apretón de manos, teniendo en cuenta la profundidad de los intereses compartidos tanto de Israel como de Jordania.

Uno de los principales motivos por el que la noción de estado palestino — sobre la que se basan los paradigmas de apaciguamiento y rendición — es aceptable para los israelíes es que se cree que si se concede a los palestinos soberanía, comenzarán a comportarse como miembro responsable de la comunidad de estados. Tristemente, los sucesos de los últimos trece años han demostrado repetidamente que conceder el equipamiento de estado — incluyendo la soberanía de Gaza — exacerba el apoyo palestino a la jihad y a la inestabilidad.

Con Hamas a cargo de la AP y los grupos del terror jihadista respaldados por Irán en marcha en Judea y Samaria y Gaza, dotar de mayor poder a los palestinos hará peligrar la supervivencia de Jordania e Israel. Como muestran Inbari y Diker, existen otras opciones. Si los americanos quieren apoyar una política israelí que, como dice Olmert, haga “una contribución a un Oriente Medio con menos violencia y terror”, deberían sugerir que considerase su paradigma frente a uno que tiene posibilidades de lograr ese objetivo.

CAROLINE GLICK es periodista por la Universidad de Columbia y editor jefe en funciones de The Jerusalem Post. Tras finalizar sus estudios, ingresó en el ejército y alcanzó una consejería en las negociaciones de Oslo junto al ex primer ministro Rabin. Tras abandonar la esfera política, Glick pasó al periodismo con una columna semanal de portada en el diario. Durante el reciente conflicto de Irak, fue la periodista empotrada del medio, estando en el primer escuadrón americano que entró en Bagdad y siendo la primera mujer en poner el pie en la capital durante el conflicto.

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