Política

La oposición

Si observamos a la Argentina desde un hipotético sitio alejado de la siempre tormentosa coyuntura, la perspectiva de su dinámica política no puede dejar de sorprender por el raquitismo de la oposición frente a la formidable capacidad de iniciativa del proyecto “K”.

Ricardo Lafferriere

          
Dicho esto, la siguiente extrañeza es causada por la dimensión enorme de los desconformes, frente al escuálido escuadrón de genios que integra el oficialismo. Por supuesto (como todos los oficialismos) ello no significa que no pueda alquilar, comprar o someter a toda clase de súbditos, lo que no invalida la afirmación realizada: su lugar de generación de política se reduce a la pareja reinante y un par de allegados. Al estilo de los emperadores incas cuando los conquistó Pizarro, la ausencia de iniciativa, capacidad de generación de política y de configuración de escenarios estratégicos es un dato que atraviesa el kirchnerismo en todas sus dimensiones. Lejos está de constituir siquiera un remedo del peronismo de sus épocas duras, en las que cada unidad básica, sindicato o agrupación era una usina de ideas, pensamiento, doctrina, movilización, lucha, reclamos, proyectos. El único que define es “K”, y a su alrededor está el vacío, un vacío gigantesco de ideas de futuro, sólo comparable en su dimensión con su insaciable vocación de poder y riqueza.


           
Esa ingeniería le ha permitido gobernar ya cinco años, sin haber podido lograr hasta ahora el apoyo popular del peronismo que lo precedió, el de Carlos Menem, que en sus perfomances electorales osciló siempre en el 50 %. Y que además, discusiones aparte, tenía claramente un proyecto de país, con sus matices, claroscuros, fortalezas y debilidades. Aparentemente, K busca llegar a la perfomance de su antecesor, cosa que ha logrado con creces en su capacidad de desarticulación de todo lo que está enfrente y de captación de lo que pueda ser peligroso. Ahora, hasta usa los ejemplos de los éxitos menemistas –como sucedió con la presidenta días atrás cuando se apoyó la experiencia de Puerto Madero para fundamentar su decisión personal de licitar el tren “bala” a Mar del Plata-.



Sin embargo, lo que supera la capacidad de sorpresa para quien observa este escenario no es tanto la reiteración de los peores vicios del peronismo histórico que proyecta K, sino la ausencia de capacidad de articulación política de quienes representan a la mayoría de los argentinos. Desde el minué de la desaparición de un radicalismo cooptado por su intención de copiar los métodos escasamente democráticos de sus rivales históricos, hasta las excesivas concesiones al liderazgo personalista que muestran las dos corrientes que se disputan el 60 % “no K” del país, desde la Coalición Cívica y el “Pro“.



Los ciudadanos de vocación democrática-republicana, infinitamente más sabios que sus expresiones electorales, no tuvieron problemas en votar masivamente al “centro-derechista” Macri, y a los tres meses a la “centro-izquierdista” Carrió. Los fuegos artificiales verbales entre unos y otros le resultaron siempre de mal gusto. No pueden comprender sus gestos recíprocamente recelosos, su alejamiento de las angustias cotidianas de quienes ven en ellos una alternativa para sacarse de encima esta pesadilla, y la demora en comenzar la articulación de una red de relevo que les permita contar con la posibilidad de un cambio sereno hacia un rumbo abierto, global, democrático, vital, apoyado en la capacidad transformadora de las personas, alejado del paternalismo populista, la violencia de las redes mafiosas del conurbano y de la cleptomanía sistémica de las corporaciones gremiales, clientelistas, partidarias y empresariales protegidas. Un rumbo como el que menciona la propia presidenta en sus discursos, tan alejados de lo que hace y dice no ya sólo su marido, sino su propia administración.


           
La oposición. Ese es el problema argentino. El oficialismo es conocido. Sus límites, sus prácticas, sus vicios, sus engañifas de jardín de infantes, su esencial abismo entre lo dicho y lo hecho, su desconocimiento de los derechos de los ciudadanos, de la independencia de la justicia, de la libertad de expresión, y su aislamiento del mundo que avanza. Es la oposición, la que en la concepción de la mayoría de los argentinos debiera significar el camino alternativo, el de una democracia vital y participativa, el de un sistema moderno sostenido por partidos políticos abiertos y competitivos, el de un debate sostenido con argumentos respetuosos –del adversario y de quienes observan- entre los protagonistas del espacio público, el de un país sumado al concierto responsable de las sociedades que están construyendo el futuro global, esa oposición es la que deja un vacío tan rápida, y pícaramente, aprovechado por el universo K.


           
Y la que le permite, con su estrechez de miras, continuar el saqueo.

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