La mayor parte del mundo se regocijó cuando cayó el Muro de Berlín y, con él, el poderoso Imperio Soviético. Muchos cantaron Odas a la libertad y a las políticas pro-demócratas en boga por todo el planeta. Otros aseguraron que el comunismo había sido derrotado por la economía de libre mercado. El futuro lucía brillante.
Relaciones exteriores
Era difícil pensar que el camino que se abría estuviera desprovisto de
obstáculos o vislumbrar que no se volvieran a repetir las batallas entre los que
lo tienen todos y aquellos que tienen muy poco o casi nada. Era aún más difícil
pensar que, 15 años más tarde, la batalla entre los que proponen un comunismo
nouveau y los que creen en el libre mercado iba a repetirse.
La política
exterior del Presidente George W. Bush ahora gana elogios de políticos
franceses, y alemanes. Periodistas y analistas han otorgado el crédito debido al
Presidente Bush. Las manifestaciones en contra de Siria en el Líbano, la
victoria pro demócrata en Ucrania, las elecciones en Afganistán, Irak y
Palestina tienen el sello norteamericano. Habrá comicios en Egipto y Arabia
Saudita. Hasta el prestigioso The New York Times y unos pocos analistas
liberales ahora admiten que, quizás el Presidente Bush tuvo la razón. Las
comparaciones con la victoria de Ronald Reagan sobre el comunismo parecen
inevitables. Pocos creían que el Presidente Reagan sabía lo que estaba haciendo
y, sin embargo, los resultados fueron espectaculares.
Esa analogía, no
obstante, no es correcta. Cuando Reagan prevaleció sobre el Imperio Soviético no
había nada en el planeta que presentara mayores problemas geopolíticos. El mundo
de las dos superpotencias compitiendo por la supremacía, súbitamente, se
transformó en un mundo con una sola súper potencia de la cual emanaban verdades
políticas y económicas.
La realidad de hoy es diferente. Démosle crédito
al Presidente Bush por su gestión en el Medio Oriente. Démosle crédito por sus
esfuerzos diplomáticos multi-laterales para evitar que siga creciendo la tensión
con Corea del Norte e Irán.
Empero, mucho más cerca de nosotros, el
comunismo nouveau está en ascenso. Lo debíamos haber previsto. El Profesor de la
Universidad de Harvard, Jorge Domínguez lo dijo en un artículo publicado en
1997. Decía que al tiempo que los partidos tradicionales abrazaban como bandera
las políticas de libre mercado, nuevos partidos nacían en América Latina para
llenar el vacío dejado por la izquierda. “La motivación de muchos votantes que
apoyan a esos nuevos partidos, deriva del rechazo a las economías que apoyan las
políticas de libre mercado”, escribía Domínguez.
En Venezuela, el
Presidente Hugo Chávez llenó este vacío con su Movimiento Bolivariano. Ahora lo
oímos declararse socialista, anti-imperialista y lo vemos embarcado en una
virulenta guerra de palabras contra Estados Unidos. Una Corte Suprema conformada
a su capricho declaró nulas las sentencias absolutorias dictadas en juicios
instaurados contra opositores al régimen y amenaza con volverlos a juzgar.
En Venezuela, la propiedad privada es un derecho que se respeta hasta
que el Estado decide la expropiación con fines de utilidad pública. Ya
comenzaron las expropiaciones de tierras. El Presidente Chávez promueve y
financia sus ideas a través del continente. Visita Irán y se sienta con los
Ayatolás respaldando el derecho de esa nación islámica a desarrollar su propio
programa de energía atómica.
Los movimientos indígenas son parte de la
ecuación. Bolivia, nuevamente, parece una nación ingobernable. El líder de los
trabajadores cocaleros, Evo Morales y del izquierdista Movimiento hacia el
Socialismo está resuelto a derrocar al Presidente Carlos Mesa. Sería el segundo
mandatario en ser destituido por presión de aquellos grupos que quieren que
retorne el control estatal de las industrias más importantes del país. En la
ciudad de La Paz, en la cima de los Andes sudamericanos, los residentes claman
por expulsar una empresa francesa encargada de potabilizar el agua. Dicen que la
compañía cobra demasiado por el producto y que no ofrece servicios a los pobres.
Morales quiere que el gobierno Boliviano vuelva a nacionalizar la industria del
gas y el petróleo. Todo esto ocurre en el país más pobre del hemisferio, uno que
necesita desesperadamente inversiones extranjeras.
Uno podría citar otra
media docena de ejemplos de otros países latinoamericanos donde la corrupción,
la miopía de las políticas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial
y el olvido de Estados Unidos se combinan para hacer de ésas naciones suelo
fértil para el florecimiento del comunismo nouveau.
Esta es la
diferencia entre el éxito del Presidente Reagan y la cadena de triunfos del
actual Presidente Bush. Reagan no tenía enemigos de importancia. En su mundo el
cielo era azul y no había nubes bloqueando al sol.
El éxito del que
disfruta el Presidente Bush es en tierras lejanas, donde pueblos de distinta
religión han descubierto la democracia. Así y todo, el futuro no está claro. Más
cerca de casa, el Presidente Bush encara a viejos enemigos que vienen a
presentar batalla con renovada fuerza y devoción a políticas que muchos pensaron
que estaban muertas y sepultadas.
Fuente: Diario de las Américas (EEUU)
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