Los políticos estadounidenses, explica Gómez, saben que la reforma migratoria es un asunto pendiente. Pero “les falta sentir la urgencia de una nueva ley”, y lo cierto es que “no podemos esperar otro mandato electoral más”.
La Iglesia católica de Estados Unidos ha celebrado del 5 al 11 de enero una semana de oración para concienciar a los políticos sobre la necesidad de avanzar en la reforma migratoria, prometida por Obama hace más de dos años y que ya impulsaron sin éxito gobiernos anteriores. Hablamos con el arzobispo de Los Ángeles, Mons. José Gómez, en el foro Town Hall que se celebró en el Hotel Biltmore.
Natural de Monterrey (México) y ciudadano estadounidense desde hace varias décadas, Mons. Gómez ha sido obispo en Denver y Texas antes de serlo de la diócesis más grande de Estados Unidos, con 5 millones de católicos.
Los políticos estadounidenses, explica Gómez, saben que la reforma migratoria es un asunto pendiente. Pero “les falta sentir la urgencia de una nueva ley”, y lo cierto es que “no podemos esperar otro mandato electoral más”. Lo dice quien está en el selecto grupo al que consulta la Casa Blanca en esta materia. No en vano el arzobispo de Los Ángeles conoce de muy primera mano historias de familias rotas por algunos de los efectos de las leyes migratorias, que son profundamente contradictorias.
“Hemos llegado a aceptar una subclase permanente de hombres y mujeres que viven en los márgenes de nuestra sociedad”, afirmó durante la Semana Nacional de la Migración. “Tengo la impresión de que algunas personas están cansadas de oír hablar del tema”. Pero él no se calla. “La cuestión de las deportaciones es urgente: está dejando a niños ‘potencialmente’ huérfanos. ¿Qué sociedad queremos con millones de familias destruidas? La reforma migratoria es tanto un asunto moral como una cuestión de derechos humanos y de valores humanos”.
Para Gómez, resulta chocante que se den facilidades al libre comercio y no a la circulación de personas
Un sistema migratorio injusto
Junto a la oración, Mons. Gómez no ha cesado de explicar en los medios y otros foros públicos la postura de la Iglesia en este debate, y pide al gobierno y a los representantes políticos que actúen. “En estos momentos es urgente que abordemos las injusticias y ofensas diarias a la dignidad humana causadas por nuestro deficiente sistema de inmigración”. También impulsa la campaña Justice for Immigrants, que entre otras cosas pretende espolear a los representantes y los senadores.
Un asistente al foro Town Hall cuestionó las cifras oficiales sobre el número de inmigrantes indocumentados que viven en EE.UU., unos 11 millones. Es vox populi, al menos en California, que pueden ser el doble; las cifras oficiales son estimaciones a la baja. En realidad, los 11 millones de sin papeles están “documentados” de alguna manera, ya que pagan impuestos, tienen carnet de conducir, han comprado viviendas o tienen negocios: la mayoría disponen de número de Seguridad Social, que en EE.UU. es como la tarjeta de residencia o el documento de identidad.
Se dan contrastes sangrantes: los ilegales pueden concluir sus carreras pero no pueden ejercer su profesión; obtienen premios o ganan oposiciones pero no se les puede hacer un contrato. Conducen y tienen licencia y seguro, incluso durante décadas, pero su residencia sigue cuestionada. El 2 de enero la Corte Suprema de California concedió al abogado Sergio García, sin residencia legal pero que obtuvo el BAR (examen de acceso al Colegio de Abogados norteamericano), el derecho a ejercer la abogacía.
Un dato que sí se acepta es el de los 3 millones de estudiantes universitarios sin papeles oficiales de residencia a quienes beneficiaría la Dream Act, un proyecto de ley que pretende otorgarles la residencia de forma provisional (para 6 años) y que podría aprobarse pronto. Beneficiaría a los que vinieron a EE.UU. con menos de 15 años y llevan aquí al menos cinco. Eso les permitiría optar a becas en los distintos estados y, por tanto, acogerse a beneficios educativos y sociales.
“Una persona sin los papeles adecuados sigue siendo un hijo de Dios”
Facilidades para el comercio
Pregunto a Mons. Gómez si ve la regularización de los indocumentados como parte de la solución. “No sé cuál debe ser el sistema técnico; no me corresponde a mí decirlo, pero sin duda ese es el modo como se han solucionado las cosas en este país en otras ocasiones”, responde.
En su libro Immigration and the Next America, publicado hace unos meses, Gómez repasa la historia de América, recordando que los orígenes de EE.UU. están en Florida en 1541, con la Nueva España. Los padres fundadores de EE.UU. siempre pensaron en todos los pueblos unidos, independientemente de la lengua, raza o religión.
Para Gómez, resulta chocante que hoy siga muriendo gente en la frontera con México mientras se encuentran fácilmente “soluciones económicas, fronterizas y fiscales para el intercambio de bienes. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, en inglés) eliminó todas las restricciones sobre tarifas y negocios, creando un mercado común eficaz entre México, EE.UU. y Canadá, pero en cambio no incluye ninguna medida sobre la movilidad de personas”.
Aprovechar el “efecto Francisco”
Mons. Gómez, que dedicó su libro al Papa Francisco “por ser el primer Papa latino y porque es hijo de emigrantes”, recuerda que el primer viaje del pontífice fue a la isla de Lampedusa, para honrar a quienes murieron intentando llegar a Europa.
Al igual que en los años 80 el “Huracán Wojtyla” contribuyó a derribar el duro bloque del Este, Gómez cree que el tirón del Papa Francisco puede ayudar a que más norteamericanos vean a los extranjeros como hermanos y no como una amenaza.
“El Estado de Derecho es importante para el bien de la sociedad, pero la ley del amor de Dios nos llama siempre a tener un estándar más elevado. Una persona sin los papeles adecuados sigue siendo hija de Dios”, escribió Gómez la semana pasada. .
Aclara que su postura es promover la inmigración legal y el cumplimiento de las leyes, pero urge a resolver pronto este debate. “Jesús nos dijo que si la Iglesia dejara de hablar, las piedras clamarían a Dios”.
Otras voces piden solución
“En EE.UU. ocurre como con las pateras del estrecho de Gibraltar, pero mueren en el desierto no en el mar”, afirma Mirta Ojito, periodista galardonada con un premio Pulitzer por una serie de artículos sobre las razas en EE.UU. Nacida y emigrada desde La Habana en 1980, ha publicado Hunting Season, una impresionante narración de los hechos que condujeron al asesinato de un emigrante ecuatoriano en Long Island.
Para Ojito, la violencia contra los inmigrantes en EE.UU. tiene su caldo de cultivo en las contradicciones del marco legal. Buena parte de la sociedad estadounidense quiere a los inmigrantes en el país, pero no como ciudadanos.
El debate sobre la reforma migratoria ha unido a políticos muy distintos, como el representante demócrata Luis Gutiérrez y el republicano Paul Ryan, partidarios de frenar las deportaciones de ilegales. También la Dream Act ha sido impulsada por representantes y senadores de ambos partidos.