Europa, Política

La xenofobia avanza en Europa

“Una Europa que ya no cree en los valores que la han hecho grande”.

La versión oficiosa del gobierno en funciones es que si se cierra la ruta de los Balcanes, si los refugiados son reenviados a Turquía, se corre el peligro de que varias decenas de miles de fugitivos de la guerra y el hambre se acerquen a Italia y a España.

Es lamentable el rigor aplicado a los que huyen del hambre y pasan las noches invernales en campos de refugiados, al lado de alambradas con púas, en espera de que se levanten fronteras y se despejen caminos.

Los políticos buscan una solución inmediata entregando a la Turquía de Erdogan millones de euros y prometiendo una cierta apertura a Europa a un régimen que no cumple los imprescindibles requisitos para entrar en la Unión.

Merkel ha intentado estar a la altura del momento. Aceptó un millón de refugiados el año pasado y está en contra de cerrar las fronteras a los que huyen de las persecuciones. Su decisión la ha aislado de muchos alemanes que la votaban y de la mayoría de gobiernos europeos que no han cumplido con los compromisos de acoger a un número concreto de refugiados.

Una Europa que ya no cree en los valores que la han hecho grande. El miedo recorre el electorado europeo que va aumentando las cuotas de xenofobia y posiciones extremas en todas las elecciones que se convocan.

Existe una distancia cada vez más alarmante entre las egoístas decisiones de los gobiernos y la buena voluntad de acogida de muchos europeos que están dispuestos a aceptar por su cuenta a quienes buscan horizontes de tranquilidad y dignidad.

Europa puede acogerlos y tiene medios para hacerlo. Pero ha renunciado a ser el gran espacio de convivencia y de integración. Ya sé que es imposible. Pero una de las mejores inversiones humanas y económicas sería poner en marcha un sistema para distribuir los refugiados con sus respectivos planes de integración. Europa es un espacio de tolerancia y de protección de minorías. El éxito de Europa, el reclamo que significa para millones de personas, es su capacidad para ofrecer su cambiante identidad que implica la coexistencia de todas las identidades a la vez.

Los gobiernos europeos, por miedo a la reacción de sus electorados, se expulsan los refugiados. Ni siquiera acogen a los que se comprometieron a aceptar. Occidente afronta amenazas graves de todo tipo. Como siempre. Pero los valores de la libertad y la dignidad humanas que conforman nuestra civilización siguen siendo el sueño de la inmensa mayoría de la humanidad.

Los miles de niños alegres, con sus padres, jóvenes todos ellos, sonriendo a pesar de las dificultades vitales que atraviesan es un golpe a la conciencia que las democracias no pueden tolerar. Y si lo hacen empiezan a caer por el precipicio de los conflictos internos. El problema mayor no son los refugiados sino el crecimiento de la xenofobia y desprecio al otro que está ganando tantos adeptos políticos en toda Europa.

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