Política

Las raíces culturales de los problemas argentinos

José Eduardo Jorge se pregunta por qué los argentinos fracasan en su intento por construir un país en serio. Su tesis es que tesis es que los problemas de la Argentina, aunque no poseen un único tipo de causas, tienen importantes raíces culturales.

Educación
¿Cuál es el problema de la Argentina? ¿Por qué un país como el nuestro, con
tantos recursos naturales y una población educada, sufre un colapso tras otro y
no ha podido alcanzar los niveles de desarrollo de naciones como Australia,
Canadá o España, o el ritmo de crecimiento de otras que hace un par de décadas
estaban mucho más rezagadas, como Corea o Chile?

Aunque la Argentina ha
hecho progresos durante los años 80 y 90, después de la trágica experiencia del
último de sus regímenes militares, hoy resulta claro que los avances no han sido
suficientes. Su dirigencia política, empresaria e intelectual no ha logrado
conducir al país hacia la prosperidad y la igualdad. La crisis económica se
perpetúa y la corrupción infecta la vida institucional.

En los años
noventa amplios sectores de la sociedad abrazaron las reformas de mercado que
prometían insertar a la Argentina como un país exitoso en el mundo global. El
proteccionismo, el dirigismo y el Estado interventor habían creado una economía
mediocre e ineficiente. Ahora sería la lógica del mercado la que decidiría el
rumbo y la forma de la sociedad. Pero esa experiencia también ha tenido un final
doloroso.

¿Por qué fracasamos una y otra vez? Nuestra tesis es que los
problemas de la Argentina, aunque no poseen un único tipo de causas, tienen
importantes raíces culturales. Es decir, están relacionados con ciertos valores,
creencias, normas y hábitos arraigados en nuestra sociedad, que influyen sobre
nuestro modo de ver y hacer las cosas como individuos o grupos, en la actividad
económica, las instituciones gubernamentales o la sociedad civil. Los factores
culturales del desarrollo Los factores culturales del desarrollo están
recibiendo una vez más atención y cuentan con renovados fundamentos científicos.
Si observamos a la Argentina desde esta perspectiva, vemos que, junto con los
rasgos positivos de nuestra cultura, existen otros que funcionan como obstáculos
para el progreso de la sociedad y la felicidad de sus habitantes.

Estos
valores, creencias y hábitos, que se han formado y transmitido a lo largo de
nuestra historia, poseen una gran inercia, en parte porque fenómenos más
directamente visibles (por ejemplo, los económicos) tienden a ocultar su
existencia o conducen a subestimarlos o ignorarlos. Sin embargo, la experiencia
de otros países, entre los cuales España es un buen ejemplo, sugiere que estos
rasgos pueden cambiar, ya sea de manera consciente o espontánea.


“Desarrollo”, “progreso”, “felicidad”, “rasgos culturales positivos”…
Por supuesto que, desde una mirada académica, estos términos están cargados de
relativismo. ¿Acaso existe un modelo único de desarrollo o progreso? ¿Hay un
concepto más relativo que el de la felicidad? ¿Qué criterios utilizar para
definir un rasgo cultural como positivo o negativo?

El problema con el
enfoque relativista es que lleva a la inacción. En la práctica, muchos
argentinos nos sentimos frustrados e insatisfechos con la sociedad en la que
vivimos. Para la mayoría de nosotros no se trata de un problema académico, sino
existencial. Aunque no sepamos cómo y en qué dirección, sentimos que debemos
cambiar.

¿Cuáles son esos fenómenos culturales que, creemos, están en la
base de muchos de nuestros problemas? Sin pretender ser exhaustivos aquí, ni
distinguir todavía su importancia relativa o causal, podemos mencionar ahora
algunos de los más evidentes.

En primer lugar, la corrupción, que se
extiende como una pandemia en todas nuestras instituciones, adoptando la forma
de prebendas, apropiación directa de fondos públicos, clientelismo, y también de
criterios de familismo o amiguismo para la selección y promoción de
funcionarios. Es sabido que la Argentina ocupa un lugar indecoroso en el Indice
de Percepción de la Corrupción de la organización Transparencia Internacional.
Descartemos la idea de que la corrupción es un fenómeno de los años noventa.
Basta recordar lo que escribió Discépolo en 1935: “El que no afana es un
gil”.

Relacionada con lo anterior encontramos una forma extrema de
individualismo, a la que hacemos referencia a veces como “la mentalidad de
sálvese quien pueda”, y que tiene además sus correlatos destructivos en una
profunda desconfianza en los demás y la escasa capacidad para asociarnos y
cooperar en pos de objetivos comunitarios. La Encuesta Mundial de Valores que
dirige Ronald Inglehart muestra que, a principios de los noventa, la Argentina
era uno de los países con más baja proporción de personas que confiaban en los
demás. La confianza interpersonal es un componente clave del capital social, que
es decisivo para el desarrollo económico y el buen funcionamiento de las
instituciones democráticas.

El individualismo extremo y la desconfianza
se vinculan también con la anomia, que tiene un efecto desintegrador no sólo
sobre nuestra vida cotidiana, cuando no cumplimos las reglas del tránsito o los
horarios para sacar la basura a la calle, sino también sobre nuestro
funcionamiento institucional, cuando se traduce en la omisión, alteración o
reemplazo de las normas de acuerdo a la conveniencia de alguien con poder, sea
éste presidente, rector de universidad o funcionario subalterno de un organismo
público, o alguno de sus familiares, amigos o protegidos.

En cuanto a
nuestra ética del trabajo, la llamada “viveza criolla”, como filosofía de
progresar siguiendo la línea del menor esfuerzo e ignorando las normas, el
sentido de responsabilidad y la consideración por los demás, tal vez proporcione
ventajas individuales de corto plazo, pero ha tenido y tiene un efecto
devastador en el orden colectivo, especialmente en la esfera económica.


El hábito de culpar de nuestros problemas a algún Otro es, tal vez, el
rasgo cultural que más daño nos causa, no sólo porque fomenta la paranoia y
extravía el pensamiento y la acción, sino porque concede un salvoconducto para
la autoindulgencia. Si Juan no gana mucho dinero, dejará de pagar los impuestos
sin problemas de conciencia, ya que los culpables son los grandes evasores.
Aunque María tenga opiniones “progresistas”, no sentirá remordimientos
cometiendo un “pequeño” acto de corrupción, pues sabemos que la “verdadera”
corrupción está en otra parte. En cuanto a Pedro, que es empresario, tiene a sus
empleados “en negro” con la excusa de que no hay rentabilidad posible mientras
el Estado elefantiásico mantenga tan elevada la tasa de interés.

El
axioma argentino de que “la culpa es de Otro” no tiene exclusividad ideológica.
Entre los muchos “grandes culpables” de nuestros males han sido identificados
tanto “el Estado” como “el Mercado”. El lector puede repasar la lista
innumerable de personajes históricos que han tenido la culpa de lo que nos pasa,
desde la época del Virreinato hasta el día de ayer. Todo esto ha dado origen a
una visión pedestre de la historia y de la actualidad, que invoca una lucha de
“los buenos” contra “los malos” o, en su peor versión, de ángeles contra
demonios, en cuyo caso agrega la necesidad de un dogma y una cruzada religiosa,
que ya se sabe cómo termina.

La crítica al hábito de culpar a Otro no
busca eximir a nadie de su responsabilidad, sino subrayar que el estado de la
sociedad en la que vivimos no es algo separado de nuestro modo de actuar como
individuos y grupos. Mi forma de pensar el mundo y actuar sobre él crea el mundo
que me rodea. Como escribió David Bohm, si nos acercamos a otro hombre con la
teoría de que es un enemigo del que hay que defenderse, él responderá de modo
parecido y la teoría se verá confirmada.

Las razones del
optimismo

¿No hay entonces lugar para el optimismo? Creemos que sí. La
sociedad argentina posee también activos culturales realmente valiosos,
potencialidades que hoy, con la autoestima herida por el fracaso, somos tal vez
proclives a subestimar. No sólo tenemos escritores y artistas de relieve
mundial. Somos el país iberoamericano con más premios Nobel en ciencias: Leloir,
Houssay y Milstein, mientras España, que ya integra la elite de las naciones más
desarrolladas, sólo ha tenido dos, y México uno. Que esto no es casual lo
demuestra que, a pesar de todas las dificultades, seguimos generando científicos
de primer nivel.

Sabemos que se trata casi siempre de logros
individuales y que en su mayor parte esos científicos están trabajando en el
exterior. La falta de una política pública y privada en ciencia y técnica
refleja también nuestras prioridades culturales. Las matrículas de las
universidades muestran que las profesiones liberales y las humanidades gozan de
mayor preferencia que las ciencias duras y la tecnología, con la sugestiva
excepción de la informática.

A pesar de todo, parece que nuestro país
produce espontáneamente algo más que pasto y jugadores de fútbol, y esto puede
atribuirse en buena medida al valor que nuestra clase media le otorga aún a la
educación y a su deseo de progresar en la vida (que lleva también a muchos a
tomar el camino de Ezeiza). La Argentina ha sabido crear asimismo algunas
empresas nacionales de clase mundial. Son pocas, pero existen. Tienen presencia
en distintas partes del globo, con productos y servicios de alto valor agregado.
Esto significa que el capital humano para sentar las bases de una economía
competitiva está presente o puede desarrollarse.

Por último, no son
pocos los argentinos que sienten malestar por los rasgos culturales disvaliosos
que enumerábamos más arriba. La espontánea reacción de la gente que manifestó
pacíficamente en Plaza de Mayo el 19 de diciembre y el aumento que ha
experimentado en los últimos años el voluntariado, indican claramente que
nuestro capital social está en crecimiento. La corrupción es un tema que, desde
hace años, ocupa el primer o segundo lugar en la agenda de preocupaciones de la
opinión pública, aunque por ahora siga enfocado sólo en sus manifestaciones más
visibles, es decir, en “las altas esferas”. El trasfondo de estos y otros
cambios culturales bien podría ser el ascendente peso demográfico de las nuevas
generaciones, especialmente de aquella que creció y se educó con la democracia
(recambio generacional que aún no se refleja en el plano de la dirigencia, lo
que explica en parte la crisis de esta última).

De esta manera, una
visión equilibrada de la cuestión cultural ha de inventariar tanto el pasivo
como el activo e imaginar acciones concretas, públicas y privadas, individuales
y colectivas, para superar los rasgos culturales que constituyen obstáculos y
promover o encauzar los más valiosos.

Este es un extracto del ensayo
“Las raíces culturales de los problemas argentinos” que se puede leer entero aquí.

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