La “primavera árabe” despertó entre los árabes cristianos las mismas esperanzas de justicia y libertad que entre tantos de sus conciudadanos.
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Jueves, 05 de noviembre 2026

La “primavera árabe” despertó entre los árabes cristianos las mismas esperanzas de justicia y libertad que entre tantos de sus conciudadanos.
Sin embargo, meses después, el aumento de las tensiones religiosas y el temor a un triunfo electoral de las corrientes islamistas ha llevado a una actitud mucho más recelosa.
En Egipto, en los días de la revolución contra Mubarak, cristianos coptos y musulmanes se manifestaban juntos en la plaza Tahir. Después, ha habido estallidos de violencia anti-cristiana por parte de islamistas. A principios de este año un ataque con bomba en una iglesia de Alejandría causó 22 muertos; el pasado septiembre una iglesia en Aswan fue atacada por islamistas y parcialmente quemada.
Una marcha organizada por los coptos en El Cairo para protestar por la quema de la iglesia ha dado lugar el domingo 9 de octubre a violentos enfrentamientos con fuerzas del ejército, con un balance oficial de 24 muertos y más de doscientos heridos. Ha sido el episodio violento más mortífero desde la revuelta contra Mubarak.
Los coptos acusan al Ejército y a los matones “baltaguiya” de haberles atacado, mientras que los medios oficiales señalan que los manifestantes habían lanzado piedras contra las fuerzas del orden y que estaban armados.
El primer ministro, Esam Sharaf, dijo en un discurso a la nación que los graves disturbios forman parte de un complot para socavar la democracia en el país. Apeló a la unidad nacional, y señaló que la mayor amenaza es que nazca la discordia entre musulmanes y cristianos, así como entre el ejército y el pueblo.
Los coptos suponen en conjunto la décima parte de la población, unos 8 millones de fieles, y siempre han sufrido discriminaciones a la hora de desarrollar una carrera en la administración pública y en la construcción de iglesias.
Ahora los coptos temen que la corriente islamista se refuerce en las elecciones del próximo noviembre y que ponga a los cristianos en el punto de mira. Por eso, la Unión Egipcia de Organizaciones de Derechos Humanos ha enviado un documento al gobierno y al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas en el que pide que defienda a la minoría copta y llama la atención sobre la creciente emigración de este colectivo. El documento afirma que los coptos que están dejando el país lo hacen sobre todo “por temor de la línea adoptada por los salafistas” contra ellos.
Con la mayor libertad política creada por la caída de Mubarak, en el país compiten dos corrientes. De una parte, están los Hermanos Musulmanes y el movimiento salafista que quieren transformar el país en una república islámica basada en la sharia. De otra, partidos de corte democrático que postulan un gobierno que respete los derechos humanos y las minorías religiosas. Pero son los primeros los que cuentan con más apoyo popular.
Por eso los cristianos ven con recelo la deriva de la revolución, y temen que pueda dar lugar a un aumento de la intolerancia religiosa y a que se ponga en cuestión su derecho a formar parte de la vida política.
Siria: que no se repita lo de Irak
Un temor similar explica que los cristianos de Siria no se hayan sumado con entusiasmo y en bloque a la protesta contra el régimen de Bashar Al-Asad, que, tras ser al principio no violenta, corre ahora el riesgo de transformarse en una guerra civil. La ONU estima que más de 2.600 personas han muerto desde que empezaron las manifestaciones a mediados del pasado mes de marzo.
Nadie niega que el régimen de Asad es dictatorial, pero los cristianos temen que si cae se repita la historia de Irak. Allí, tras el caos y la violencia que siguió al derrocamiento de Saddam Husein, la comunidad cristiana, estimada en dos millones de personas, ha quedado reducida a unas 400.000, por el éxodo provocado por las amenazas y las violencias contra ella.
Una buena parte de los cristianos huidos de Irak fueron acogidos en Siria, y es comprensible que vean con temor la posible caída del régimen de Asad, que ha sido respetuoso con las minorías religiosas.
Por eso, las declaraciones de los líderes religiosos cristianos no han alentado el movimiento anti-Asad. “No apoyamos al régimen, pero tememos la transición que pueda venir después. Debemos defender a la comunidad cristiana”, dice el patriarca maronita del Líbano Boutros al-Rai. Por su parte, el patriarca melquita greco-católico Gregorio III advierte desde Siria: “no tememos al islam. Tememos el caos que pueda apoderarse del país, como ocurrió en Irak”.
En un país como Siria, que no deja entrar a la prensa, es difícil captar la realidad de la situación sobre el terreno. La explicación periodística que se está dando es que la oposición está formada sobre todo por musulmanes suníes, mientras que el poder sería apoyado por los alauíes (que componen el núcleo del régimen) y por los cristianos. Pero otras informaciones, como una reciente del New York Times (28-09-11), matiza que también hay alauíes y cristianos que se han sumado a las protestas.
De una población total de 22 millones, los cristianos suponen un 10%, los musulmanes suníes un 74% y los musulmanes alawíes y los drusos un 16%.
En principio, para los cristianos nada sería más deseable que el establecimiento de una democracia que respetara los derechos humanos, entre ellos la libertad religiosa, y garantizara una separación del poder político y el religioso. Pero nada hacer esperar que la democracia que se instaure en los países árabes responda a los criterios occidentales.
En cualquier caso, el papel de los cristianos en la consolidación de la “primavera árabe” necesitaría contar con un apoyo interno y externo. De una parte, los musulmanes que impulsan los cambios deberían incluir en su programa la defensa de la minorías cristianas, como un signo del pluralismo de la nueva época. Los gobiernos occidentales, que pueden influir con su ayuda económica y su diplomacia, han de hacer constar que el respeto a las minorías religiosas es una condición irrenunciable de su apoyo. Los cristianos de Occidente deberían respaldar con su voz y su ayuda a los de Oriente Medio, para que estos sientan que no se encuentran solos en sus dificultades.
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