Tres hechos marcan el inicio de una nueva fase en la nada envidiable historia de los árabes afincados en la orilla occidental del Jordán, los hoy llamados palestinos: la muerte de su dirigente histórico por excelencia, Yaser Arafat, la convocatoria de elecciones para designar al nuevo Presidente de la Autoridad Palestina y la voluntad israelí de retirarse de Gaza y de una buena parte de Cisjordania.
Grupo de Estudios Estratégicos
El pueblo palestino se encuentra, de nuevo, en una encrucijada de la que sólo
saldrá asumiendo su propia historia, con sus errores y sus extraordinarios
sacrificios.
Las autoridades árabes rechazaron las propuestas británicas
para crear dos estados en la margen occidental, con unas fronteras mucho más
ventajosas para sus intereses que las que hoy barajamos. Durante la II Guerra
Mundial se echaron en manos del III Reich y avalaron el Holocausto, como la
forma más sencilla, aunque no fuera un ejemplo de moralidad, de resolver su
problema de convivencia. Cuando la recién creada ONU estableció un proceso por
el que se constituían dos estados, uno árabe y otro judío, de nuevo lo
rechazaron. El establecimiento de Israel fue seguido por la primera de cuatro
guerras dirigidas a poner fin a su existencia. No sólo se resolvieron con claras
y contundentes derrotas, sino que Israel encontró la oportunidad de ampliar sus
fronteras, Línea Verde de 1949, y de soñar con llegar al Jordán, ocupación de
Gaza y Cisjordania en 1967.
Incapaces de poner fin a la existencia de
Israel y viendo su tierra invadida por asentamientos judíos, cometieron el error
de apostar por la alianza con la Unión Soviética y por el terrorismo como forma
de combate. La violencia generó más violencia, la justa causa palestina se vio
vinculada con una forma criminal de lucha, se alejó de la democracia y acabó
arrasada por la corrupción. El proceso de paz, que tantas esperanzas despertó,
se vio bruscamente interrumpido por Arafat, incapaz de asumir las inevitables y
duras concesiones que un proceso de estas características exige de cada parte.
La II Intifada, levantamiento organizado por Arafat, ha supuesto el más duro
castigo infringido a Israel hasta la fecha, pero a un coste aún más elevado para
la población palestina.
Los sondeos realizados recientemente nos
proporcionan la imagen de una sociedad que mayoritariamente está dispuesta a
aceptar la existencia de Israel. Un hecho nada desdeñable. Ante sí tiene un
conjunto de retos difíciles de sortear, que van a caracterizar los próximos
años.
Sólo habrá negociación si la violencia terrorista desaparece y eso
no es tan fácil. Abú Mazen lo ha solicitado y la respuesta de los dos
principales grupos ha sido negativa. O el futuro Presidente pacta con ellos su
conversión en fuerzas políticas o los destruye, porque no hay tercera opción.
Los terroristas de Fatah –las Brigadas de al-Aqsa- le exigirán el logro de
concesiones imposibles de aceptar por Israel. Los islamistas rechazan, hoy por
hoy, la existencia del estado judío y se han negado a participar en las
elecciones presidenciales. En este contexto, entre los sectores moderados surge
la tentación de subordinar el objetivo democrático al del orden público. Lo
importante sería hacerse con el control de la situación, para contener a los
terroristas y estar en condiciones de poder negociar con Israel.
Con un
30% de voto islamista y el campo laico dividido entre Mazen y Barghouti, el
máximo dirigente de las Brigadas de al-Aqsa, hay miedo a que las elecciones
municipales y legislativas supongan la emergencia de un mapa político tan
dividido que privaría a la Presidencia del apoyo suficiente para asumir las
concesiones inevitables que el proceso de paz exigirá.
Este atajo sería
un nuevo error de la estrategia palestina. Sin democracia, la corrupción volverá
a campar por sus respetos, la Administración continuará siendo un ejemplo de
incompetencia y se mantendrán las condiciones para el continuo crecimiento del
islamismo de Hamas. Hace pocas fechas Milton Friedman entonaba el mea culpa
desde las páginas del Wall Street Journal por haber recomendado durante años a
los países en vías de desarrollo privatizar sus empresas públicas. Ahora
reconoce que hubiera sido más sensato aconsejarles empezar por crear un estado
de derecho. El Presidente Bush concluyó que la política seguida durante años por
Estados Unidos -con su padre, su vicepresidente y su secretario de Defensa a la
cabeza- de entendimiento con dictaduras para garantizar la defensa de sus
intereses y la estabilidad regional sólo había logrado atentar contra sus
intereses y poner en peligro la estabilidad regional. Él también ha concluido
que al desarrollo y a la paz se llega a través del estado de derecho.
Sólo en un ambiente de libertad la sociedad palestina se sentirá
participe del proceso político, recuperará la perdida confianza en sí misma y
dejará de lado las opciones radicales. La paz sólo llegará cuando los ciudadanos
de ambos pueblos acepten realizar sacrificios mutuamente.
Durante estas
últimas décadas el ideario nacionalista árabe ha creado un conjunto de mitos que
habrá que deshacer. El primero es el “derecho de retorno”. Voluntaria e
involuntariamente en torno a 700.000 árabes abandonaron sus hogares en 1948, y
se establecieron en campos de refugiados en Gaza, Cisjordania y en países
limítrofes. La existencia de refugiados palestinos en territorio de la Autoridad
Palestina sólo se explica por su negativa a renunciar al “derecho” de volver a
sus antiguos domicilios en Israel.
Este argumento resulta inviable por
dos razones. Convertiría a Israel en un estado árabe e ignora el destino de los
casi 900.000 judíos que vivían en estados árabes en 1945 y que fueron forzados a
emigrar por los respectivos gobiernos nacionales. El futuro de Jerusalén Este,
la ciudad antigua, y de los grandes asentamientos situados a su alrededor será
un tema extraordinariamente delicado, que requerirá por parte palestina de
firmeza, inteligencia e imaginación.
Es evidente que son la parte débil
en la negociación, que han perdido cuatro guerras y dos intifadas, que tienen
tras de sí un currículo pleno de atrocidades terroristas y de corrupción. Pero,
a pesar de sus dirigentes, es una causa justa que todos debemos estar
interesados en resolver.
Fuente: GEES
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