Vamos de guerra en guerra y tiro por que me toca
Es una vieja canción infantil, al parecer de origen francés, que por los patios españoles cantaban nuestras abuelas cuando eran niñas. En la batalla de Malplaquet, allá por 1709, los franceses, pese a perderla, creyeron muerto a John Churchill, duque de Marlborough e idearon la coplilla para burlarse del militar inglés.
“Mambrú se fue a la guerra, ¡qué dolor, qué dolor, qué pena!, Mambrú se fue a la guerra, no sé cuando vendrá. Do-re-mi, do-re-fa, no sé cuando vendrá”.
Cuando a España llegó, el difícil Marlborough quedó traducido en un Mambrú más sencillo de pronunciar. Es una melodía casi universal. Muchos cantautores después han entonado la copla, deliciosa la versión de Joaquín Diaz, y hasta Fernando Fernán Gómez le dio con ella título a una película que dirigió e interpretó.
Eran tiempos cuando las guerras empezaban y terminaban. Ahora ya no se sabe cuando empiezan y menos cuando terminan. Vamos de guerra en guerra y tiro por que me toca y desde la primera guerra del Golfo andamos perdidos por el tablero sin llegar a ver, ni de lejos, la gran Oca. Ya se sabe que eso de los dados es cuestión de caprichosa suerte.
Es lo que pasa con las guerras de hoy en día o mejor dicho con las no-guerras. Porque hay guerras y no guerras. La interminable guerra de Afganistán no es guerra. Para guerra, la de Irak. Cruel e injusta guerra promovida por bandidos y asesinos, ávidos de petrodólares.
Obama y Sarkozy han empezado su no guerra en Libia y la España de Zapatero se apresta rauda al combate y al bombardeo.
“Do-re-mi, do-re-fa, no se cuando vendrá. Si vendrá por la Pascua, ¡qué dolor, qué dolor, qué pena!, si vendrá por la Pascua, o por la Trinidad. Do-re-mi, do-re-fa o por la Trinidad”.
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