Enzarzados en nuestros debates menudos y caseros, vivimos inmersos en un simulacro de paz kantiana sin advertir que hay individuos y colectivos que, como los bárbaros a Roma, nos quieren enviar a las tinieblas de una existencia sin libertades.
Estamos en guerra con un enemigo lejano y a la vez tan cercano que puede ser vecino de cualquiera de nosotros. Hollande empezó a ordenar bombardeos sobre el territorio del Estado Islámico al día siguientede los atentados indiscriminados de París. El presidente francés puso en marcha una ronda urgente de encuentros diplomáticos con los más grandes de la tierra.
Estamos en guerra, pero no tenemos experiencia en cómo derrotar a un enemigo que está dispuesto a suicidarse con tal de matar a cuantos más mejor. La bomba del que se suicida produce tanto impacto físico y psicológico como el más sofisticado de los aviones que acaban con un enemigo escondido en un inmueble urbano.
Hace un siglo los anarquistas segaban la vida de reyes y presidentes de gobierno para desestabilizar un país o promover una revolución. Los atentados de masas de hoy, preparados y ejecutados por la yihad islámica, desprecian la vida propia y ajena poniéndole un precio muy bajo con tal de destruir total o parcialmente el sistema democrático. Utilizan los medios tecnológicos y la comunicación global para destruir nuestra civilización y sustituirla por otra civilización arcaica mundial que generaría pobreza y borraría todos nuestros valores cívicos.
No se trata de una batalla entre civilizaciones, sino de una guerra por la civilización que comporta la dignidad de las personas, la igualdad entre hombres y mujeres y la libertad de pensar que hace posible la democracia y el progreso. Muchos musulmanes que conviven con nosotros no se sienten amenazados por nuestros fundamentos morales y éticos, sino por el cinismo de una cultura secularizada que olvida o desprecia a los otros y que sólo reacciona cuando las matanzas se perpetran en una capital occidental.
La situación es muy grave y de una gran complejidad. Puede que haya que utilizar la fuerza para combatir a quienes quisieran modernizarse sin occidentalizarse. Pero sería posiblemente más eficaz revisar las relaciones de Europa y Estados Unidos con Arabia Saudí y todos los estados del Golfo que alimentan con ideas y dinero el odio a lo que representa Occidente. También habría que saber de dónde y quién vende las armas a los que nos quieren destruir. En su mayoría proceden de países occidentales y de Rusia.
Europa ha vivido tranquilamente bajo el paraguas militar norteamericanos sin dedicar a la seguridad y defensa lo que corresponde para garantizar las libertades. Enzarzados en nuestros debates menudos y caseros, vivimos inmersos en un simulacro de paz kantiana sin advertir que hay individuos y colectivos que, como los bárbaros a Roma, nos quieren enviar a las tinieblas de una existencia sin libertades.
La democracia no son sólo votos y elecciones. Es hablar claro y actuar con energía cuando hay un problema muy serio. Y ahora lo tenemos todos.
Publicado en La Vanguardia el 26 de noviembre de 2015
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