Europa, Política

Más Europa o el fin de Europa

“Si la Unión Europea no sabe afrontar con valentía y generosidad esta crisis humana, habrá perdido parte de su idea fundacional. No es fácil. La xenofobia se organiza políticamente en casi todos los países europeos.”


El trasiego de cientos de miles de migrantes que cruzan a pie las fronteras de varios países para alcanzar Europa, principalmente Alemania y los estados escandinavos, es el resultado de la crisis que vive el mundo desde que el 11 de septiembre de 2001 una veintena de terroristas se inmolaron y destruyeron los símbolos más emblemáticos del sistema financiero norteamericano.

Cayeron las Torres Gemelas de Manhattan, murieron más de tres mil ciudadanos y se alcanzó una de las alas del Pentágono en Virginia, cerca de Washington. Todo fue ejecutado con perversa perfección. Un enemigo ideológico había perpetrado una matanza en territorio norteamericano en el mismo momento que unos 800.000 marines garantizaban la “pax americana” por los mares y océanos.

El mundo se horrorizó. Se acordó la guerra contra Afganistán y se forzó, sin pruebas ni argumentos, la invasión de Iraq. Se entró con la fuerza en Oriente Medio, se perpetraron centenares de miles de muertos y se inició la descomposición política de una región que vivía entre las dictaduras de Siria e Iraq, el régimen coránico de Irán, Israel con el endémico conflicto con los palestinos, los estados árabes autoritarios y aliados de Washington, principalmente la dinastía totalitaria de los Saud de Arabia Saudí.

Después de la Gran Guerra entraron los británicos y los franceses con punteros y compases para repartirse lo que dejaba el imperio otomano, derrotado en 1918. Se trazaron mapas artificiales, se dividieron las zonas de influencia, se construyeron protectorados que dieron paso a las frágiles fronteras de hoy.

Las primaveras árabes prometían un cambio hacia la libertad y el progreso desde el norte de África hasta el Yemen. No ha sido así. La fuerza occidental ha tenido que retirarse por inoperante después de haber perdido dos guerras. Las luchas entre chiíes y suníes podría ser el comienzo de las guerras como las de católicos y protestantes en Europa que duraron 30 años en el siglo XVII.

El enemigo más peligroso de los árabes son los propios árabes que no piensan de igual manera y que pugnan por alcanzar el poder de forma sectaria. Afganistán está más o menos como hace quince años. Iraq está destruido. Siria se bate en una guerra civil que ha causado 300.000 muertos, ha desplazado a 12 millones de sirios y ha expulsado al exilio a más de 4 millones.

Hay pocas cosas en que se pongan de acuerdo todos los países árabes, Estados Unidos, Rusia y Europa. Todos están en contra del llamado Estado Islámico, una entidad política de facto que borra fronteras, destruye el patrimonio cultural y mata a cualquiera que no acepte la radicalidad islámica de sus pensamientos.

Pero cada uno lucha a su manera. Putin bombardea para salvar al presidente Assad, los franceses golpean posiciones del Estado Islámico, Obama no sabe qué hacer al margen de enviar drones que castiguen posiciones de supuestos enemigos y Europa en su conjunto abre las compuertas para que cientos de miles de refugiados, migrantes económicos, mujeres y niños, se libren de una muerte segura. Arriesgan sus vidas para salvarse y al llegar a Hungría encuentran alambradas, muros y policías que les impiden el paso.

¿Puede Europa acoger a tantos perseguidos por el hambre y la guerra? Angela Merkel dice que sí y que sabe por experiencia lo que es vivir encerrada en su país por muros infranqueables. Merkel tiene problemas en su propio partido. El gobernador de Baviera, socio de coalición y de gobierno, ha amenazado con presentar una querella al Tribunal Federal Constitucional para impedir el paso de extranjeros y echar a los que no se pueden asimilar.

La posición de Merkel y de otros políticos europeos que no piensan tanto en los votos como en su trabajo en tiempos de grave crisis es más combatida por la derecha que por la izquierda. Joschka Fischer, ex de Los Verdes y exministro de Exteriores con Schröder, dice que Merkel merece “el respeto sincero y apoyo total, más aún vista la glacial respuesta de muchos miembros de su propio gobierno”.

Si la Unión Europea no sabe afrontar con valentía y generosidad esta crisis humana, habrá perdido parte de su idea fundacional. No es fácil. La xenofobia se organiza políticamente en casi todos los países europeos. De ahí el gesto de Merkel y Hollande ante el Parlamento de Estrasburgo hablando por elevación de una Europa humanista, repitiendo los conceptos que Mitterrand y Kohl expusieron hace veinte años, diciendo que el nacionalismo es la guerra y que el debate no es más o menos Europa sino que está entre la reafirmación de Europa o el fin de Europa.

Europa no puede permitirse el error de volver a los nacionalismos de Estado o de otro signo. Tiene que estar abierta a los problemas inmediatos, globales y locales, como son la crisis de los refugiados, el conflicto sirio y la recuperación económica. El “otro” existe y merece respeto.

Publicado en La Vanguardia el 14 de octubre de 2015.

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