Política

No todas las formas de proliferación nuclear son igualmente malas

Ted Galen Carpenter, vicepresidente de Estudios de Defensa y Política Exterior del Cato Institute, reflexiona sobre los efectos que tiene la política de proliferación nuclear, tal como está plasmada actualmente

Ted Galen Carpenter

La sabiduría convencional es que todos los casos de proliferación de armas
nucleares amenazan la estabilidad del sistema internacional y los intereses de
seguridad de Estados Unidos. Ciertamente, esa es la lógica subyacente del
Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, adoptado por la mayoría de la
comunidad internacional a finales de la década de los 60, el cual es la pieza
central del sistema actual de no-proliferación nuclear. Durante décadas los
miembros de la comunidad de control de armas han gastado gran cantidad de tiempo
y energía angustiándose sobre la posibilidad de que poderes democráticos y
estables del status quo como Alemania, Japón, Suecia y Corea del Sur
decidan abandonar el tratado y desarrollar armas nucleares. Ciertamente, ellos
han dedicado por lo menos la misma atención al problema que su preocupación ante
la posibilidad de que estados agresivos e inestables puedan construir arsenales
nucleares. El reciente incidente sobre el experimento nuclear a pequeña escala
(y probablemente sin autorización) en Corea del Sur es simplemente el último
ejemplo de tales prioridades mal colocadas.


La actitud hostil hacia cualquier forma de proliferación no está confinada a
pacifistas que favorecen el control de armas, sino que se extiende a lo largo
del espectro político. A medida que se fue desarrollando la crisis nuclear
norcoreana en el 2002 y el 2003, algunos de los miembros “halcones” de la
comunidad de política exterior de EE.UU. se quedaron aterrados ante la
posibilidad de que algunos de los aliados democráticos estadounidenses en el
Este de Asia puedan construir sus propios disuasivos nucleares para
contrarrestar las maniobras de Pyongyang. Célebres personajes neoconservadores
como Robert Kagan y William Kristol estimaron con horror tal proliferación: “La
posibilidad de que Japón e incluso Taiwán, puedan responder a las acciones de
Corea del Norte produciendo sus propias armas nucleares, de tal manera instando
a una carrera armamentista en el Este de Asia… es algo que debería dar
escalofríos a cualquier estratega norteamericano sensible”.


Esa actitud mal interpreta el problema. Puede existir una amenaza a la paz si
un régimen agresivo y errático consigue armas nucleares y, por lo tanto, tenga
la capacidad de intimidar o chantajear a sus vecinos que no poseen armas
nucleares. El arsenal nuclear en manos de poderes democráticos, estables del
status quo no amenazan la paz de la región. Kagan y Kristol—y otros
norteamericanos que comparten su hostilidad hacia que tales países tengan armas
nucleares—implícitamente aceptan una equivalencia moral entre un potencial
agresor y sus potenciales víctimas.


La política actual estadounidense de no-proliferación nuclear es el
equivalente internacional a las leyes domésticas de control de armas y exhiben
la misma lógica defectuosa. Las leyes de control de armas han tenido muy poco
impacto en prevenir que elementos criminales adquieran armas. En lugar de eso,
ellos desarman a ciudadanos honestos y los hacen más vulnerables a delincuentes
armados. El sistema de no-proliferación está teniendo un efecto igualmente
perverso. Estados desagradables tales como Irán y Corea del Norte están muy
adelantados en el camino a convertirse en potencias nucleares, mientras que sus
vecinos más pacíficos están incapacitados por el Tratado de No Proliferación de
Armas Nucleares para contrarrestar esas maniobras.


El centro de la política de Washington de no-proliferación nuclear debería de
sustituir la discriminación y selectividad por un trato uniforme. Los
legisladores estadounidenses deben librarse de la noción de que toda forma de
proliferación es igualmente mala. Estados Unidos se debería de concentrar en
hacer difícil a regímenes agresivos e inestables el adquirir la tecnología y
material fisible necesario para desarrollar armas nucleares.


Los legisladores deben adoptar una actitud realista sobre las limitaciones de
esa política más enfocada de no-proliferación. En el mejor de los casos, las
acciones de EE.UU. solo demoraran, no prevendrán, que tales estados se unan al
club de armas nucleares.


Pero una demora puede proveer importantes beneficios. Una demora de solo unos
cuantos años puede reducir significativamente la posibilidad de que un poder
agresivo con capacidad de armas nucleares tenga un monopolio nuclear en la
región y este en capacidad de chantajear a sus vecinos sin armas nucleares. En
algunos casos, el conocimiento de que alcanzar un monopolio nuclear en la región
es imposible, puede desincentivar a un poder expansionista de siquiera
intentarlo. En el menor de los casos, podría causar que una potencia configure
su nuevo arsenal solo con intenciones disuasivas más que para propósitos
agresivos.


Los esfuerzos de Washington de no-proliferación nuclear se deberían de
enfocar en demorar que estados rufianes, en su búsqueda por armas nucleares,
intimiden a estados pacíficos que quieran convertirse en potencias nucleares
para su propia protección. El otro objetivo clave de una nueva política
estadounidense de no-proliferación debería de prevenir que estados nucleares
hostiles transfieran sus armas o conocimiento nuclear a terroristas. Aquellos
objetivos son suficientemente desafiantes para no continuar el esfuerzo
fanfarrón y contraproducente de prevenir todas las formas de proliferación
nuclear.



 


Ted Galen Carpenter es vicepresidente de Estudios de Defensa y Política
Exterior del Cato Institute y autor o editor de 16 libros sobre asuntos
internacionales, incluyendo Bad Neighbor Policy: Washington´s Futile War on
Drugs in Latin America
(Cato Institute, 2002).


Traducido por Nicolás López para Cato Institute

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