“Extraña en verdad el empecinamiento del canciller mexicano por dirigir la OEA, luego de cinco rondas de votación sin definir triunfador. Resulta muy caro para el país, alcance o no su objetivo de promoción personal. Lo han señalado ya los más ameritados diplomáticos de México: nada justificaría llegar con el voto en contra de prácticamente la mitad del continente Y lo peor: impulsado por el voto de calidad de Estados Unidos.”
Relaciones Internacionales
Por ahora no hay nada para nadie. En un escenario inédito en la historia
de la Organización de Estados Americanos, Luis Ernesto Derbez y el chileno José
Miguel Insulza se neutralizaron el pasado 11 de abril en la elección del nuevo
secretario general de ese organismo al empatar con 17 votos cada uno. Ante el
histórico y nunca antes visto resultado de parálisis, los 34 países integrantes
de la OEA determinaron posponer una elección de desenlace para el 2 de mayo, lo
que hizo pensar en la posibilidad de una tercera candidatura que rompiera la
polarización, inconveniente para todos.
Pero esa solución pronto sería
desechada por los propios actores, como veremos más adelante. Lo cierto es que
la diplomacia de mesura, ponderación y tacto parece haberse perdido. No rige más
los actos de la cancillería. Ganar a toda costa es la lectura que se desprende
de una política exterior accidentada y azarosa, más que proactiva y dinámica.
Pero cuidado. Aquí mismo lo comentamos cuando se comenzó a ventilar la
candidatura del canciller mexicano: la historia de abstenciones del país en la
competencia por la secretaría de ese órgano multinacional tiene su sentido:
preservar un margen de soberanía en la toma de decisiones, pues la OEA ha sido
utilizada tradicionalmente para convalidar intromisiones o francas invasiones
del miembro más poderoso en los demás países a lo largo del continente.
Lo mismo en Cuba que en Guatemala, en República Dominicana que en Chile,
en Nicaragua que en Venezuela, los gobiernos iberoamericanos y del Caribe se han
tenido que plegar a las directrices del Destino manifiesto, de “América para los
americanos”, pero para los de habla no hispana, claro. México, que no ha sido
cabeza del organismo, ha sido la excepción notable, fincado en la doctrina
Estrada de la no intervención y la autodeterminación de los pueblos. Pero eso
puede terminar en las nuevas condiciones de búsqueda de cargos directivos, como
ocurrió con la ONU. Baste recordar el papel de México ante la invasión de Irak
por EU.
Hacer valer el voto del país en el Consejo de Seguridad de
Naciones Unidas, que tampoco antes hubo obcecación para ocupar un asiento, se
tradujo para el país en la postergación y quizá la cancelación del eje central
de la política exterior de esta administración federal, anunciado
estruendosamente desde los albores del gobierno: la firma de un acuerdo
migratorio con Estados Unidos. Nadie en el gobierno pensó en la posición
precaria de México para comprometer el voto en un tema tan sensible para
nuestros vecinos del norte.
La posición del país en la ONU fue correcta
ante una guerra notoriamente injustificada, pero no era necesario haberlo
patentizado como miembro de un consejo que tenía que pronunciarse al respecto.
La decisión de contender ahora, en contravención de esa diplomacia del cálculo y
la prudencia, se inscribe en la misma lógica de un protagonismo sin cálculo ni
estrategia. La apuesta de competir ahora ya era de por sí muy onerosa, en abono
de la agenda simple de un personaje, cuya carrera política se negaba a tomar
vuelo, primero como frustrado aspirante a una candidatura presidencial, y luego
como precandidato al gobierno del DF. Pero el precio de esta aventura personal,
auspiciada por el poder presidencial, ahora se ha disparado. De consumarse la
ambición del canciller, México habrá llegado contra el voto del cono sur, de
varios países del Caribe y al amparo de la administración Bush, que en su
momento, en esta lógica de mercado, de reciprocidad de apoyos, cobraría el voto
decisivo.
Si pierde, el costo también sería alto, pues se ha empeñado el
nombre de México, no sólo el de un funcionario. En el concierto internacional
quien figuraría como perdedor sería el país, no el encargado de una cartera de
gobierno. Por eso decimos que lo más sensato es retirarse de la contienda,
escenario que el propio canciller ha cerrado al declarar que se mantendrá hasta
el final. Si pierde, ha dicho, simplemente se mantendrá en su cargo en México.
Que la nación pague los costos. En el recuento de los daños, la construcción de
una “alianza estratégica” entre México y Chile yace en ruinas, y se encuentra
hoy en el congelador como resultado de la ríspida competencia de los dos países.
Otrora aliados incondicionales como lo demostró la posición conjunta que
adoptaron en los días previos a la guerra de Irak, ambas naciones enfrentan en
la actualidad, innecesariamente, el momento más difícil de sus relaciones.
Lo mismo ocurrirá, con los demás países de América del Sur, solidarios
con Chile. Es tiempo de la prudencia. Es tiempo de rectificar por México y por
América Latina.
Fuente: El Universal –
México
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