Política

¿Para qué sirve la política exterior?

Toda política exterior se asienta sobre un trípode. Este se encuentra conformado por la consecución de propósito, credibilidad y eficacia. Un propósito que defina el rumbo a seguir, una credibilidad internacional que avale y disminuya trabas a dicho rumbo y una eficacia que brinde agilidad y consistencia en la persecución del propósito.

Alfredo Toro Hardy
EL PROPOSITO de una política exterior debe ser el de contribuir a la realización de los fines de proyecto nacional imperante, por vía de las relaciones internacionales. El proyecto nacional podría definirse como aquel conjunto de valores políticos, económicos, sociales, o de cualquier otra índole, que alcanza preponderancia nacional. Tales valores asumen el carácter de principios rectores de la vida nacional y conforman la base sobre la cual aspira a sustentar su legitimidad y pervivencia el régimen político que detenta el control del Estado. Tal proyecto viene a ser expresión formal y sustantiva de un régimen político determinado, que aspira a definir por su intermedio su concepción del orden social deseable. Normalmente el proyecto nacional imperante suele encontrarse delineado por vía del texto fundamental, es decir, la Constitución.

En política exterior no basta con tener un propósito, es necesario también disponer de la capacidad para llevarlo a la práctica. En este sentido, la aspiración natural de todo Estado es encontrar el mayor reconocimiento internacional a su acción política, ya que éste se encontrará en relación directa con la reducción de trabas para su ejecución. La credibilidad podría definirse así como el potencial de reconocimiento externo del que disfruta un Estado.

¿QUE DETERMINA sin embargo este potencial? El mismo se encuentra en relación directa a la capacidad de imposición de sus políticas. Como bien decía Clausewitz, el poder no es otra cosa que la capacidad de imponer la voluntad propia sobre la ajena. El grado de credibilidad de un Estado en sus relaciones internacionales viene a ser, entonces, un corolario de su nivel de poder. ¿Qué pueden hacer frente a ello los estados más débiles? La relación simbiótica que existe entre poder y credibilidad evidencia una importante fisura: el prestigio. Esta era hasta hace no mucho tiempo atrás la opción natural de los que no tenían poder.

Lamentablemente, en la sociedad globalizada actual las cosas han cambiado. La credibilidad se mide hoy en función de la sujeción a la cartilla de moda, la cual se ve respaldada por el peso de las finanzas internacionales y de una multimedia oligopólica. En nuestros días, la credibilidad ha tendido a transformarse en una simple función de borregos. En respuesta a esta situación, los estados deben recurrir a cualquier instrumento de poder a su disposición, llámese petróleo, recursos humanos o reserva de biosfera, buscando extraer un máximo de beneficio político a los recursos disponibles.

LA EFICACIA es expresión de la claridad y articulación de metas en el plano externo. Tanto la simplificación excesiva de metas como la dispersión de éstas, se transforman en un riesgo. La simplificación excesiva sería expresión de una política reduccionista, dentro de la cual un objetivo dado asumiría prioridad sobre el conjunto de los demás objetivos planteados. Esto limita substancialmente la flexibilidad requerida para desenvolverse en medio de un escenario internacional complejo y dinámico. La dispersión, por el contrario, implica una proliferación de matices y variables que conduce a la pérdida del sentido de rumbo.

Una política exterior eficaz requiere, consiguientemente, de un diseño equilibrado y claro, dentro del cual no sólo se logre un balance entre objetivos diversos sino, a la vez, un sentido de dirección suficientemente comprensible.

Fuente: El Universal (Venezuela)

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