Educación
El arresto del general
contrarrevolucionario de Chile, Augusto Pinochet, y la proximidad del 40
aniversario de la Revolución
Cubana* llaman la atención sobre dos
batallas celebradas de la Guerra
Fría, en la que los miembros de mi
generación tomaron partido apasionado. Como alguien que se sumergió en estas
batallas en un bando y acabó en otro, tengo emociones confusas pero claras en
última instancia acerca de esta historia y los sucesos que le dieron forma.
Ser parte de la izquierda le
imbuye a uno en una sensación de haber elegido el bando moral en todos los
conflictos. Pertenecer al bando de la moralidad y el progreso se convierte en
una especie de segunda naturaleza, compensadora de alguna manera del hecho de
que algunas de estas batallas están necesariamente perdidas. Se solía decir
entre nosotros que como revolucionarios, estábamos destinados a perder cada
batalla, a excepción de la última. No nos unimos a la causa progresista para
apoyar a los ganadores de la historia, sino para defender a sus perdedores: los
impotentes, los oprimidos, los convertidos en víctimas. Nuestro compromiso
político era decantarnos por el bando de la justicia social. Es una buena
intención.
Por este motivo, cuando llegó la
hora de abandonar esos compromisos políticos, fue bastante más fácil identificar
lo que andaba mal en la izquierda e invertirlo de lo que lo era moverse en la
dirección de la derecha y poner mis pies en terreno político nuevo. De hecho, me
retiré de toda actividad política durante casi diez años antes de
cambiar de rumbo.
Conforme me apartaba de la
izquierda, repelido por los crímenes que los progresistas habían cometido y las
catástrofes que habían producido (resultó que ganar la “última” batalla podía
ser peor que perderla), tenía un peso en la conciencia por ciertos sucesos
políticos y figuras históricas asociadas con este pasado. Una de las figuras era
Pinochet.
En nuestra versión progresista de
este episodio histórico, entendíamos que la democracia chilena había producido
una anomalía histórica marxista elegida democráticamente. A este marxista,
Salvador Allende, se le había permitido por parte de las fuerzas en el poder
hasta formar un gobierno e iniciar un programa de reforma social. Sabíamos, por
supuesto, que esto no podía durar. Las clases pudientes nunca abandonaron su
poder sin luchar. Antes o después, habría una contrarrevolución, probablemente
un golpe militar. La única cuestión era cuando. Al hacer este cálculo, teníamos
la vista puesta en Washington, la capital, a nuestros ojos, del sistema
imperialista mundial. En las declaraciones políticas que publicamos, invocábamos
el recuerdo escrupuloso de Bahía Cochinos, el intento fracasado de
la
CIA
por derrocar a Fidel Castro en el segundo año de su régimen revolucionario. Esta
era la verdadera cara de la potencia americana, cuyas políticas estaban
orquestadas por las corporaciones multinacionales con inversiones en el tercer
mundo. Sólo era cuestión de tiempo antes de que sus intereses se afirmaran.
El golpe contra Allende llegó en
1973, según lo esperado. El régimen fue derrocado y Allende cometió suicidio en
el fragor de la batalla. El golpe de los generales estaba liderado por Pinochet,
que se convirtió en el dictador militar de la nación. Miles de progresistas
fueron perseguidos; 5000 fueron ejecutados. La dictadura militar se hizo
permanente. La democracia de Chile estaba muerta.
Sabíamos que, por supuesto,
la
CIA
estaba detrás de estos sucesos. Richard Nixon y Henry Kissinger no podían
tolerar otro ejemplo revolucionario en el hemisferio. La International
Telephone and Telegraph
Corporation (ITT)
tenía enormes inversiones, y su influencia llegaba bastante lejos en
la Administración
Nixon y la inteligencia norteamericana.
Todo salía de Lenin.
Aun cuando ya había desertado de
la izquierda, no quería formar parte de tales sucesos. Una cosa era rechazar a
la izquierda; otra completamente distinta era abrazar lo que parecía ser el tipo
de derecha que pisoteaba a gente indefensa, haciendo sus vidas incluso más
miserables de lo que lo habían sido. Tampoco había ninguna razón particular para
que lo hiciera. Era perfectamente posible para mí haber concluido que los
esquemas de la izquierda eran utópicos y podrían resultar en enormes desastres
sociales y crímenes grotescos sin saltar a la conclusión opuesta de que el
sadismo de los dictadores militares era una alternativa apropiada o incluso
preferible.
Otro reflejo familiar en el modo
de pensar de progresistas como yo era cerrar los ojos ante las malas noticias
cuando llegaban de la izquierda. En cada empresa revolucionaria había demasiado
en juego, que era en realidad un preludio de la posibilidad humana. Los enemigos
de la promesa utilizarían cualquier fracaso socialista para matar el sueño
socialista, y así a la propia esperanza. Por este motivo prestaba tan poca
atención como me era posible al destino de la revolución que inspiraba Allende y
la izquierda chilena. Esta era la revolución de Castro en Cuba, que también
había sido una de las principales inspiraciones de la nueva izquierda
norteamericana, pero que durante muchos años había pasado de mal a peor. No
desconocía que Cuba estaba teniendo problemas, pero los atribuía principalmente
a las maquinaciones de los dos diabólicos imperios, Washington y
Moscú.
Al final de los setenta, sin
embargo, vi un documental acerca de la revolución de Castro realizado por el
cineasta cubano Néstor Almendros, que había salido de la isla en 1963. Almendros
era un cineasta galardonado por la
Academia cuyos títulos incluían La elección de Sophie, Kramer contra Kramer y Days of Heaven. Su documental acerca de
Cuba se llamaba Improper Conduct, y
se centraba en el tratamiento del gobierno cubano a los homosexuales como
metáfora de su tratamiento para toda desviación social y política. Era una
acusación imponente de aquello en lo que se había convertido la revolución. Una
escena que transmitía su fuerza era una entrevista, cámara al hombro, a un
exiliado cubano negro en una calle del Harlem de Nueva York. El exiliado era un
homosexual con pluma, de veintitantos, vestido con una camisa de satén naranja
chillón sin abrochar y pantalones blancos con lentejuelas. El entrevistador le
preguntaba si le gustaba la libertad que había encontrado en América y en el
Harlem. Con una amplia sonrisa, contestó que sí. El entrevistador le preguntaba
porqué. “Aquí soy libre. En Cuba, se me podía detener sólo por vestir así, y ser
encarcelado durante seis meses”. El entrevistador decía: “¿cuántas veces fuiste
arrestado?”. El cubano contestaba: “Diecisiete”.
Ésta no era una persona política.
Este era uno de esos cubanos ordinarios sobre los que se inflingió la historia,
y con ella el drama que los intelectuales socialistas habían creado. Si esto era
lo que representaba la revolución para un cubano como él, ¿qué dice eso de los
ideales de los que yo había sido tan devoto? La isla tenía ahora un ingreso per
cápita inferior al de 1959, cuando Castro tomó el poder. Las prisiones políticas
estaban a rebosar. Centenares de miles habían huido. Centenares de miles más
esperaban para huir. Castro había convertido Cuba en una prisión
nacional.
Diez años después de ver la
película de Almendros, se celebraron elecciones en Chile. Pinochet finalizaba su
dictadura militar y restauraba la democracia chilena. Se celebraría un
referéndum nacional, autorizado por Pinochet, para pronunciar el juicio de su
propio régimen. Hasta la izquierda tendría derecho a presentar un candidato.
Pinochet siempre había justificado su régimen militar como una medida temporal
del mismo modo que Castro había defendido la dictadura revolucionaria. Era
necesario para defender al régimen, restaurar la estabilidad y crear los
fundamentos económicos de una verdadera democracia.
Bajo los 15 años de mandato de
Pinochet, Chile había prosperado tan enormemente que era conocida como “la
economía milagro”, una de las dos o tres más ricas de Latinoamérica.
Proporcionaba un marcado contraste con el logro de Castro. En 1959, Cuba había
sido la segunda economía más rica de Latinoamérica, pero en los 25 años desde
entonces se había convertido en una de las tres más pobres. Mientras Pinochet
celebraba su referéndum, Castro era sondeado por los socialistas de Europa para
celebrar unas elecciones similares que crearan un régimen democrático en Cuba.
Él lo rechazó.
Los resultados del referéndum de
Pinochet fueron instructivos. Si Pinochet hubiera ganado, se habría convertido
en el nuevo presidente de un Chile democrático. Pero los chilenos rechazaron a
Pinochet y eligieron a un candidato más moderado, que no era el de la izquierda.
Fiel a su palabra, Pinochet abandonó el cargo. Su dictadura había sido en
realidad una medida temporal para restaurar la estabilidad, prosperidad y
democracia de Chile.
Estos progresos me incitaron a
echar otro vistazo a los sucesos que habían tenido lugar tras las elecciones de
Allende y su intento por instituir programas radicales que llevaron a una mini
guerra civil y al golpe militar. Desde entonces, había sospechado de la idea de
que la
CIA
fuera una especie de deus ex
machina que explicaba este resultado. Seguramente, la
CIA
tenía un dedo en la urna, pero a lo largo del tiempo había quedado claro que
había límites reales a lo que podía lograr la
CIA. Por ejemplo, no había sido capaz de
derrocar a Castro a pesar de 30 años de intentos. Ni siquiera había podido
expulsar al dictador marxista de un mini estado como Granada, o a un señor de la
droga a su propio sueldo como el Manuel Noriega de Panamá. Estas sustituciones
exigían invasiones militares. Y Chile no era una isla pequeña o una
nación-istmo, sino un país relativamente grande, con una tradición democrática
con solera.
Un artículo aparecido en el Wall
Street Journal poco después de la reciente detención de Pinochet resume lo que
descubrí: “Salvador Allende alcanzó la presidencia de Chile en 1970 con sólo el
36% del electorado, apenas 40.000 votos por delante del candidato de la derecha.
En los últimos mil días de mandato de Allende, Chile degeneró en lo que el
anterior presidente chileno, Eduardo Frei Montalva (padre del presidente
actual), llamó “un carnaval de la locura”… El Tribunal Supremo chileno,
la
Asociación de Abogados y
la Sociedad
Médica izquierdista, junto con
la
Cámara de los Diputados y representantes
provinciales del Partido Democristiano, todos alertaron de que Allende estaba
pisoteando sistemáticamente la ley y la constitución. Hacia agosto de 1973, más
de un millón de chilenos – la mitad de la mano de obra – fue a la huelga,
exigiendo que Allende se fuera. El transporte y la industria quedaron
paralizados. El 11 de septiembre de 1973, las Fuerzas Armadas actuaron para
expulsar a Allende, plantando batalla a sus guardaespaldas. Seis horas después
de que empezara la lucha, Allende se voló la cabeza en el palacio presidencial
con un AK-47 que le regaló Fidel Castro”.
Cuarenta años de historia nos han
dejado con esta perspectiva de dos regímenes. Castro llevó a su país a la
bancarrota, esclavizó a sus habitantes y es hoy el dictador en el poder más
longevo del mundo. Pinochet presidió su propia dictadura sin escrúpulos durante
15 años, creó una economía emergente, y restauró la democracia en Chile. Si
alguien tuviera que elegir entre Castro y Pinochet, desde el punto de vista del
pobre, el oprimido y el convertido en víctima, la elección no sería difícil.
Como conservador norteamericano, sin embargo, ni siquiera tengo que hacer eso.
Fueron los chilenos, no Henry Kissinger o Richard Nixon, los que tomaron la
verdadera decisión de llevar al poder a Pinochet. Al contrario que la izquierda
norteamericana, que apoyó apasionadamente a Fidel Castro y negó las realidades
del estado opresor, las simpatías de la derecha norteamericana por Pinochet
fueron silenciadas, y no implicaron la ceguera ante las estridencias de su
mandato. En pocas palabras, la dictadura de Pinochet no compromete ninguna
esperanza conservadora en el sentido en el que la dictadura de Castro compromete
las visiones de la izquierda.
Encarcelar a Pinochet en un viaje
al extranjero por razones médicas es una de las malas ideas que se volverán
contra los progresistas. Considérese la perspectiva de Castro cuando viaja al
extranjero por motivos similares. Pero, pensándolo bien, quizá la idea funcione
desde una perspectiva partidista. Porque lo que hizo vulnerable a Pinochet a
este tipo de detención es que se retiró de su régimen dictatorial
voluntariamente. No hay peligro de que Castro haga eso.
*Escrito el 23 de noviembre de
1998
David Horowitz,
activista social y periodista de reconocida trayectoria, nacido en Nueva York en
1939. Es director de Front Page Magazine y autor de numerosos libros, el último
de ellos titulado “Alianza No Santa: El Islam Radical y la Izquierda
Americana”.