Pensamiento y Cultura, Política

Primero una barrera – amnistía después

¿Cómo podría ser de otra manera? Ya tenemos un río de gente que llega todos los días sabiendo que van a ser ilegales y puede que explotados. Sin embargo vienen. La nueva amnistía — siendo “la legalización ganada” agitada delante de ellos por la legislación del Senado propuesta — sólo puede incrementar el flujo.

Charles Krauthammer

Toda política de inmigración sensata tiene dos objetivos:


 



  1. conservar el control de nuestras fronteras de modo que decidamos quién entra, y
  2. encontrar el modo de normalizar y legalizar la situación de los 11 millones de ilegales entre nosotros.

 


Empecemos por el segundo. Nadie que tenga buena voluntad quiere ver sufrir a estos 11 millones de personas. Pero el problema obvio es que la legalización es un incentivo para que vengan nuevos ilegales.


 


Digamos, por supuesto, que ésta será la ultimísima, única, sin bromas, amnistía. El problema es que decimos lo mismo con cada nueva reforma. Y todo el mundo sabe que es ridículo.


 


¿Qué piensa que se dijo en 1986 cuando aprobamos la reforma de inmigración Simpson-Mazzoli? Resultó ser el mayor programa de legalización de la historia de América — casi 3 millones de personas obtuvieron la residencia permanente. Y ahora retrocedemos de nuevo con 11 millones más en nuestro entorno.


 


¿Cómo podría ser de otra manera? Ya tenemos un río de gente que llega todos los días sabiendo que van a ser ilegales y puede que explotados. Sin embargo vienen. La nueva amnistía — siendo “la legalización ganada” agitada delante de ellos por la legislación del Senado propuesta — sólo puede incrementar el flujo.


 


Aquellos de nosotros que creen que las sanciones al que los contrate controlarán la inmigración están soñando. Las sanciones al contratista eran el núcleo de la Simpson-Mazzoli. No sólo son inútiles; son perjudiciales. Convierten a los contratistas en implementadores del control de fronteras. Esta es la labor del gobierno, no de los propietarios.


 


La ironía de todo este debate, que divide amargamente al país con barreras partisanas, geográficas y étnicas, es que existe una medida definitiva que no sólo solucionaría el problema, sino que también crea un consenso nacional tras ella.


 


Mi propuesta es esta: un gran número de americanos que se oponen a la legalización y que temen nuevas oleadas de inmigración cambiarían de opinión si pudiéramos reducir regularmente la nueva — léase, futura — inmigración ilegal.


 


Olvide las sanciones al contratista. Construya una barrera. Decir que no puede hacerse es simplemente ridículo. Si una barrera no servirá, entonces construya una segunda barrera a 100 yardas por detrás. Y a continuación una carretera para patrullar entre las dos. Coloque cámaras. Coloque sensores. Coloque montones de agentes.


 


¿No puede hacerse? La barrera fronteriza de Israel ha sido extraordinariamente exitosa a la hora de mantener a raya a infiltrados potenciales que están mucho más decididos que los simples inmigrantes. Tampoco han pasado muchos norcoreanos a Corea del Sur en los últimos 50 años.


 


Por supuesto será desagradable. También lo son las barreras de cemento que impiden que camiones cargados de explosivos se empotren contra la Casa Blanca. Pero en ocasiones la necesidad tiene prioridad sobre la estética. Y no me diga que es nuestro Muro de Berlín. Cuando construyes un muro para mantener a la gente dentro, es una prisión. Cuando construyes un muro para mantener a la gente fuera, es una expresión de soberanía. La valla alrededor de su casa es una expresión perfectamente legítima de su deseo de controlar quién entra en su casa a comer, dormir o utilizar las instalaciones. No encarcela a nadie.


 


Por supuesto, ninguna barrera será a prueba de bomba. No necesita serlo. Simplemente tiene que reducir el flujo de ilegales hasta un tamaño manejable. Una vez que podamos hacer eso, todo es posible — sobre todo, humanizar la situación de nuestros 11 millones de ilegales.


 


Si el gobierno puede demostrar que puede controlar la inmigración futura, habrá infinitamente menos resistencia a tratar generosamente a la población residual de la inmigración pasada. Y, como han sugerido Mickey Kaus a y otros, eso puede exigir que las dos provisiones sean espaciadas. En primer lugar, control fronterizo radical a través de medios físicos. Después, poco después, legalización radical de aquellos que ya estén aquí. Para lograr el consenso nacional en legalización, necesitemos un corto periodo de tiempo entre las dos provisiones, quizá un año o dos, para demostrar a los escépticos que la presente oleada de ilegales es en realidad la última.


 


No hay tiempo para compromisos de salvar el tipo. Una solución exige dos actos de voluntad nacional: el desagradable acto de levantar una barrera, y el acto supinamente generoso de absorber como últimos ciudadanos totales a aquellos que violaron nuestras leyes para venir a América.


 


Esto no es un compromiso encaminado a apaciguar a ambos lados sin lograr nada. No es una legislación híbrida que divida arbitrariamente a los ilegales en aquellos con “raíces” de cinco años de antigüedad en América y a aquéllos sin ellas, o algún tipo de estupidez engañosa.


 


Esto es la total amnistía (ganada con impuestos atrasados y aprendiendo inglés y similares) con control fronterizo total. Si lo hacemos bien, no solamente solucionará el problema, lo habremos solucionado como una nación.

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