Los cubanos han vivido en una isla desierta de información durante más de 50 años. Y que el mundo no haya hecho nada para ayudarlos tras cinco décadas de opresión es indignante
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Martes, 21 de julio 2026

Los cubanos han vivido en una isla desierta de información durante más de 50 años. Y que el mundo no haya hecho nada para ayudarlos tras cinco décadas de opresión es indignante
Diez millones de personas, que en su momento fue parte dinámica del mundo, en sintonía con éste y que recibía información e incluso inmigrantes, se quedaron desconectados poco después del ascenso al poder de Fidel Castro en 1959. Y que el mundo no haya hecho nada para ayudarlos tras cinco décadas de opresión es indignante.
Lo que no es indignante es que la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) intentase hace cuatro años saltarse la censura comunista de Cuba al establecer una red de mensajes de texto a la que pudieran acceder los cubanos. Este “Twitter cubano” fue un rayo de esperanza que habría que celebrar.
Pero aparentemente no es así para Associated Press y otros que han puesto el grito al cielo. La semana pasada, la agencia de noticias puso en conocimiento público el programa con el siguiente titular: “Estados Unidos creó secretamente ‘Twitter cubano’ para incitar agitación”. Esta semana, el Senado de Estados Unidos se involucró en el asunto con una sesión en la que los demócratas reprocharon a la agencia. Es sumamente extraño que periodistas y legisladores, cuya labor depende del libre flujo de información, se enfurezcan cuando se da acceso a los cubanos para comunicarse entre ellos y con el mundo exterior. No obstante, centrémonos en por qué la actuación de la USAID debería aplaudirse, no criticarse.
Los cubanos no tienen una prensa independiente. Los tres periódicos y las ocho emisoras de televisión nacionales están bajo control del Partido Comunista. Sólo el 5% de los cubanos tiene acceso a Internet, según la organización observadora Freedom House. Este 5% es presumiblemente el porcentaje de población en el que el régimen piensa que puede confiar.
En otras palabras, lo que tienen los cubanos es propaganda castrista las 24 horas del día, los siete días de la semana. Como ocurre con todos los regímenes totalitarios, el comunismo no puede sobrevivir al libre flujo de ideas. Si la gente que vive bajo el comunismo tuviera acceso a puntos de vista alternativos, ni siquiera el Estado policial más cruel la podría someter.
El senador Marco Rubio (R-FL) lo expresó de manera sucinta en un evento, sobre Internet y Cuba, que celebró la Fundación Heritage junto con Google hace dos años: “El régimen tiene tanto miedo a compartir información porque no podría sobrevivir si lo hace”.
Los gobiernos comunistas deben confiar en una mezcla de Estado del terror, apagón informativo y propaganda constante. No es una coincidencia que los cubanos compartan su destino con los norcoreanos y los chinos, cuyos países también prohíben la existencia de una prensa independiente o que el Partido Comunista de Pekín esté ocupado aplastando los últimos restos de prensa libre de Hong Kong y presionando a los bancos para que dejen de anunciarse en último periódico verdaderamente libre, el Apple Daily.
Sé de lo que hablo. Hoy en día doy por hecho mi entorno repleto de información, mientras manejo hacia el trabajo por la mañana alterno entre la NPR, tertulias radiofónicas y C-SPAN Radio y mi oficina tiene dos pantallas, una en la que escribo este artículo, la otra dedicada a Tweet Deck, y las considero como mi sala de prensa y agencia de noticias personal.
Cuando era niño no fui tan afortunado, como tampoco lo fue mi padre. Cuando era joven, en la Cuba de los años 60, lo veía acurrucarse junto a la radio de onda corta de la época anterior a Castro que utilizaba para obtener información del extranjero, con su oreja pegada a ésta, ya que tenía que mantener bajo el volumen para que no lo escucharan por casualidad los soplones del barrio y lo arrestaran inmediatamente. Poseer dicho aparato era ilegal, así que lo escondíamos durante el día.
Incluso el padre de mi padre tuvo más suerte. Él podía usar su programa de radio para atacar al dictador Fulgencio Batista en la década de los 40. Evidentemente, mi abuelo tuvo que evitar a los matones de Batista de vez en cuando y en una ocasión trataron de obligarlo a beberse una botella de combustible de avión para intimidarlo.
Pero con Castro, mi padre no tuvo el recurso de “lujo” de su padre. No tuvo medios de comunicación independientes que pudiera usar para comunicarse con otros miles o incluso millones de cubanos. Si mi padre hubiese salido a nuestro porche a ventipara airear sus pensamientos, sólo lo habrían oído un puñado de personas antes de ser arrestado y más tarde probablemente fusilado.
La diferencia entre las tres generaciones de mi familia es la diferencia entre los regímenes autoritarios, los totalitarios y la libertad. Venezuela tiene manifestantes en las calles porque allí todavía queda un vestigio de medios de comunicación independientes. Si su régimen matonesco tiene éxito al sofocar esa rebelión, tratará de convertir Venezuela en una nueva versión de Cuba y Corea del Norte.
Fue precisamente ese control totalitario del flujo de ideas lo que la USAID estaba tratando de esquivar. Estaba tratando de darles a los cubanos acceso a ideas procedentes del exterior y, lo que es más importante, dejar que se comunicaran entre ellos.
¿Fue eso subversivo? Sí, supongo que lo fue. ¿Pero fue un acto noble? Sí, y mucho. Que 10 millones de cubanos tengan que sufrir a día de hoy el mismo destino que sufrió mi padre hace 50 años es una tragedia.
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