Hay que retornar al espíritu del “consenso de Chile”, a ese país que durante la transición –dejando de lado odiosidades y manteniendo las identidades- construyó acuerdos políticos y económicos que le permitieron al país crecer y ganarse el prestigio internacional ahora puesto en duda.
Angel Soto
El reciente nombramiento del Contralor General de la República, Ramiro Mendoza demostró que cuando hay buena voluntad y se dejan de lado los intereses personales, de grupo o partido, el país es el único que gana. Efectivamente, su nombramiento es fruto de un acuerdo político –un consenso se habría dicho hace unos años- que nos recuerda el espíritu con que el país pudo retornar a la democracia.
Históricamente, los momentos de crisis institucional se debieron precisamente a la ruptura de los consensos. Así ocurrió con la guerra civil de 1891, los movimientos de 1924/1925 y ciertamente el quiebre de la democracia el 11 de septiembre de 1973. Pero no es menos cierto que el retorno a la normalidad democrática también se produjo por la construcción de un nuevo acuerdo político –y también económico- que demostró que la política no puede ser un juego de suma cero. Las frases al estilo: “les negaremos la sal y el agua” o “no estoy dispuesto a cambiar una coma de mi programa aunque sea por un millón de votos”, le hicieron daño al país y enseñaron que sólo podemos progresar en la medida en que estamos dispuestos a negociar, a conseguir acuerdos. Ese es el arte de la política.
El retorno a la democracia no fue producto del itinerario del gobierno ni tampoco de las presiones internas de la oposición ni del exterior. Fue su combinación lo que permitieron la construcción de un nuevo consenso que le dio estabilidad al país hasta entrado el siglo XXI, ayudando incluso al propio Presidente Lagos a superar una crisis de envergadura. Últimamente ese espíritu se ha deteriorado. La odiosidad esta en el ambiente y el resultado lo comenzamos a tener a la vista.
De ahí la importancia del acuerdo respecto al nuevo Contralor. No es extraño que esto se produzca de la mano de uno de los “hombres de la transición”: el ministro José Antonio Viera-Gallo, un experimentado político articulador, que sabe que el enfrentamiento sólo lleva al precipicio.
El gobierno ojalá haya entendido que no se trata de cambiar los rostros por el solo slogan que “nadie se repita el plato”, menos por cuestiones de paridad. Capacidad, eso es lo que importa. El nombramiento como ministro de otro “hombre de la transición”, así lo demuestra. René Cortazar tiene una basta experiencia no sólo en la construcción de acuerdos, sino también en resolver problemas de fondo. Su paso por el directorio de Televisión Nacional es un ejemplo, en tanto que las recientes medidas tomadas para hacer frente al problema del Transantiago esperemos que lo confirmen.
La “soledad del poder” en la que se encuentra la Presidenta tiene que hacerla reflexionar sobre los errores cometidos. Especialmente cuando la crítica no es sólo interna, sino que también se siente en el extranjero. Las recientes publicaciones en la prensa internacional hacen ver que si bien la imagen de Chile como país aún no está salpicada por la de su actual gobierno, no es difícil que ello ocurra y dejemos de ser la “república honrosa de la América del Sur”. El camino que han tomado países como Perú y Colombia, hacen pensar que quizás Chile ya no es tan atractivo como hace unos años, y que las oportunidades están en otras tierras.
Hay que retornar al espíritu del “consenso de Chile”, a ese país que durante la transición –dejando de lado odiosidades y manteniendo las identidades- construyó acuerdos políticos y económicos que le permitieron al país crecer y ganarse el prestigio internacional ahora puesto en duda.
Angel Soto es Historiador, Profesor de la Universidad de los Andes e Investigador Asociado de CADAL.
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