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Retos de una Europa asustada

Un cierto aire pesimista recorre las conciencias europeas. La historia de un éxito se transforma en una pesadilla sobre las incertidumbres del futuro inmediato.


Son los ciclos de la decadencia provocados por las guerras que asolaban el continente cada una o dos generaciones. Oswald Spengler escribió La Decadencia de Occidente en dos volúmenes desde los años 1918 a 1923.

Era el periodo de entre guerras, con heridas sin cicatrizar entre Francia y Alemania, la crisis, el auge del comunismo y el presagio de nazismo. Vino la catástrofe de la guerra segunda y parecía que los presagios se habían cumplido.

Otro libro que marcó el pesimismo ambiental fue el de Paul Hazard, historiador y ensayista francés, que en 1935 escribió La Crisis de la Conciencia Europea. El nazismo estaba preparando la locura de la conquista del mundo. Los fundamentos del régimen monstruoso estaban instalados en el Berlín de Hitler. Hazard hablaba de los antecedentes del siglo de las luces y dibujaba una “Europa como un pensamiento que nunca se contenta, que no tiene piedad por sí mismo, que busca por un lado el bienestar y por otro, la verdad, que es más indispensable y querida”.

El tiempo previo al siglo de las Luces fue un periodo tan denso y cargado que parece confuso. Fue en ese momento cuando brotaron las corrientes que marcarían la historia de la Europa moderna. El racionalismo por una parte y la corriente sentimental que conduciría al romanticismo que alimentaría el autoritarismo.
Europa ha prosperado en libertades, cultura, ciencia y derechos cuando la guerra no ha sido una prioridad. Periodos como los de los últimos setenta años en el continente existen, pero son muy infrecuentes. Cuando parece que todo marcha en favor de los pueblos y los ciudadanos, aparecen ideas y actitudes que hacen descarrilar la convivencia europea.

Los que han protagonizado el último periodo de progreso y modernidad lo han hecho con magnanimidad, con la conciencia de que la alternativa del conflicto es la peor de todas, con la idea de que la convivencia entre las distintas culturas, etnias e historias europeas es posible. Una cierta unidad dentro de la gran pluralidad es el secreto.

Pero hay razones para pensar que Europa retrocede a sus viejas costumbres derivadas de la razón de Estado. Hay cuatro retos inmediatos a los que hay que hacer frente: la crisis de la inmigración, el terrorismo islámico y la posibilidad de que Grecia y Gran Bretaña abandonen el barco europeo.

Ante estos retos incuestionables, Europa debe responder con las tres armas que tiene a su disposición: el derecho romano, la religión judeo-cristiana y la filosofía griega. El pesimismo es el miedo al futuro. Si Europa no afronta los retos de las sociedades cambiantes con generosidad y racionalidad, con respeto al otro y con sentido democrático, las convulsiones de gran calado serán inevitables.

Este artículo está en FoixBlog.

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