Dice Armando Ribas que Kant ha sido más fatídico en la historia del totalitarismo que aun Hegel o Marx, pues sus ideas nunca han sido representadas por gobiernos totalitarios y por tanto han quedado en el éter de la utopía. O sea la benevolencia y la racionalidad han quedado como la fuente del poder absoluto en nombre de los intereses generales.
Estado
“Hace tiempo que vengo tratando de desbrozar la semántica política a fin de
lograr entendernos. En esta oportunidad voy a hacer un nuevo intento y en primer
lugar voy a echar mano al diccionario, pero antes debo rendir homenaje a una
observación realmente iluminante de Karl Popper en su obra Conjeturas y
Refutaciones”.
Allí Popper inicia una controversia con un juicio de
Bertrand Russell, según el cual “nosotros éramos muy inteligentes, tal vez
demasiado inteligentes, pero no habríamos alcanzado un nivel moral y político y
así como la madurez necesaria para controlar nuestra fuerza intelectual.” Popper
opone a este juicio el siguiente: “Nosotros somos buenos, tal vez un poco
demasiado buenos, pero somos también un poco estúpidos; y es esta mezcla de
bondad y estupidez la que subyace en la raíz de nuestros problemas.
Así
presentado el problema, insiste Popper: “Es triste ver como la apelación a la
moral puede ser mal usada. Pero es un hecho que los grandes dictadores
estuvieron siempre tratando de convencer a su pueblo de que ellos conocían el
camino hacia una moral superior”. Y asimismo escribió: “Nuestro entusiasmo moral
es a menudo mal dirigido, pues no nos damos cuenta de que nuestros principios
morales, que seguramente son simplistas, son muchas veces difíciles de aplicar a
las complejas situaciones políticas y humanas a las que nos sentimos forzados a
aplicarlas.”
El recuerdo de Robespierre y el terror, siguiendo por el
nacional-socialismo y finalmente el comunismo marxista, y sin olvidar las
apelaciones a la fe, que hoy se encarna en el terrorismo musulmán, ponen de
manifiesto la sabiduría de Popper en sus anteriores observaciones. Es pues en
esa línea de pensamiento que intento abocarme a al problemática política que
surge de la semántica y yo insistiría en que la que surge de los diccionarios no
nos ayuda demasiado en nuestro proyecto de asimilar aspectos preponderantes de
la problemática política de nuestro tiempo, tal como fuera planteada por
Popper.
En la primera definición castellana de moral, ya podemos
observar la influencia platónica de nuestro pensamiento del Phaedro al señalar
que no está en el ámbito de los sentidos sino del entendimiento, o sea de la
razón. Fue Platón en la obra citada quien definió la moral en términos de la
razón representada por el caballo blanco y las pasiones en un caballo negro. De
más está decir que el siglo XX expermientó los mayores desastres y opresión del
caballo blanco, o sea de la diosa Razón, en la que se fundara “Libertad,
Igualdad y Fraternidad”.
Pero volviendo a la semántica, es indudable que
tanto en castellano como en inglés el concepto de ética per se no es una escala
de valores definida, sino por el contrario la ciencia o si se quiere pseudo
ciencia que estudia los valores, o sea el bien y el mal. Es por esa razón que no
se puede hablar de ético como sinónimo de bien. Con respecto al concepto de
moral que viene de mores, o sea costumbres, tampoco se podría decir que define
el bien erga omnes, por más que en este caso el propio proceso cultural tiende a
determinar per se los conceptos de bien y de mal.
Ya Artistóteles en su
Ética a Nicómaco había discrepado con su maestro al respecto de la razón y de la
moral y así dice: “Las distinciones que se hacen del juicio son las de verdadero
o falso y no las de bien o mal”. Y fue en ese mismo sentido que se pronunció
David Hume al respecto y así escribió en su Tratado sobre la Naturaleza Humana:
“La razón es el descubrimiento de la verdad o la falsedad. Verdad o falsedad
consiste en el acuerdo o desacuerdo bien fuere de las relaciones reales de
ideas, o de la existencia o real o cuestiones de hecho. Cualquier cosa, por
tanto, que no sea susceptible de este acuerdo o desacuerdo, es incapaz de ser
verdadero o falso y no pueden jamás ser objeto de nuestra razón. Ahora es
evidente que nuestras pasiones, voliciones y acciones no son susceptibles de
cualquier acuerdo o desacuerdo: siendo hechos originales y realidades completas
en sí mismas y no implican referencia alguna a otras pasiones, voliciones y
acciones…” Y sigue diciendo: “las acciones pueden ser laudables o culpables,
pero no pueden ser razonables”.
En el párrafo anterior, encontramos
quizás el divortium acquarium de la ética en lo que denominamos Occidente. Al no
ser objeto de la razón, la moral en el sentido del comportamiento y de la
valoración se encuentra en el campo de los sentimientos, o sea de las pasiones.
Este es el pensamiento anglosajón que cruzó el Atlántico y se aposentó en
Estados Unidos y que consta en El Federalista. La fuente principal de este
criterio está asimismo en el cristianismo que precisamente reconoce la
falibilidad del hombre. Por el contrario, la filosofía de Europa contiental,
aceptado el platonismo inicial, plasma primeramente en el pensamiento de
Rousseau, quien en su paso del romanticismo al racionalismo encontró en las
ciencias y las artes las fuentes de la concupiscencia y en el contrato social la
búsqueda del hombre nuevo que ya había comido del árbol prohibido de la ciencia
del bien y el mal.
En esa misma dirección se pronunció Kant, quien en el
primer imperativo categórico, “actúa de tal forma que tu acción pueda ser
convertida en una norma general”, encontró la fórmula de la virtud moral que,
según expresa en La Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres sostiene
que “todos los conceptos morales tienen su asiento y origen completamente a
priori, en la razón y ello en la razón humana más vulgar, tanto como en la más
altamente especulativa, que no pueden ser abstraídos de ningún conocimiento
empírico, el cual por lo tanto sería contingente.” Es ese absolutismo racional
de la moral el que engendrara los totalitarismos que asolaron al mundo durante
el siglo XX. Lamentablemente, la oposición a ese fundamentalismo racionalista es
descalificada por sus opositores como producto del relativismo moral.
Pero es a partir del absolutismo moral que se engendra la antítesis
política entre los intereses particulares y los intereses generales, tal como lo
explicara Rousseau y lo sostuviera Kant. En ese sentido, una vez más, Kant en la
obra citada niega el derecho a la búsqueda de la propia felicidad, lo que de
hecho significa negar la moralidad del interés particular. Pero más aun
desconoce el valor moral de cualquier acción que esté hecha por la inclinación o
los sentimientos. Así, quien no actúa en función del deber ser, debe execrarse a
sí mismo, porque la moral no puede reconocer la naturaleza del hombre, pues lo
contrario precisamente del principio de la moralidad es que el principio de la
propia felicidad sea tomado como fundamento de determinación de la voluntad.
La consecuencia política de esta diatriba racionalista lleva a Kant a
admitir el principio de la soberanía de Rousseau, y sostiene que dado que el
poder legislativo representa la voluntad del pueblo (general) y todo derecho
emana del mismo, las leyes son absolutamente incapaces de hacer alguna injustica
(sic). En consecuencia, concluye que el soberano del estado sólo tiene derechos
frente a los súbditos y no deberes coercibles. Por tanto, dice que en la
constitución no puede haber ningún artículo que permita que ningún otro poder
del Estado pueda limitar o controlar al supremo ejecutivo aun en los casos en
que éste pueda violar la constitución. (sic)
Como puede observarse, ésta
es la receta ética del poder político absoluto, al implicar que así debe ser,
debido a que representa a la voluntad general (intereses generales) y olvida el
“hallazgo” de John Locke de que los monarcas también eran hombres y por tanto
falibles. Así, entonces, se desconoce el rol fundamental de la Corte Suprema
como garante de los derechos individuales, precisamente en función de que el
límite al poder político es la única garantía de los derechos individuales a la
vida, a la libertad, a la propiedad y a la búsqueda de la propia felicidad.
Kant ha sido más fatídico en la historia del totalitarismo que aun Hegel
o Marx, pues sus ideas nunca han sido representadas por gobiernos totalitarios y
por tanto han quedado en el éter de la utopía. O sea la benevolencia y la
racionalidad han quedado como la fuente del poder absoluto en nombre de los
intereses generales. Así se pretende suprimir la pobreza en el mundo, ignorando
que la fuente de la misma a través de la historia no ha sido otra que la
ignorancia de la seguridad jurídica que no es otra cosa que los límites al poder
político. La ausencia de esos límites es la corrupción del sistema que como bien
señala Tocqueville supera la “virtud” de los hombres.
Fuente:
Diario de las Américas</STRON
// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR