Economía y Sociedad, Europa

Una prueba humanista para Europa

Personas que caminan con lo puesto, que atraviesan el Mediterráneo con riesgo cierto de perder la vida, que se concentran en estaciones de tren, que huyen de la guerra, la persecución y el hambre. La fotografía de un niño muerto en una playa de Turquía, arrojado por las olas a la orilla, ha sacudido la conciencia global. Qué fuerza puede tener una imagen.

El epicentro de la tragedia es hoy Hungría. El gobierno de Viktor Orban, el menos europeísta de la Unión, se plantó en Bruselas para proclamar que su país no va a permitir más el tránsito de refugiados que huyen de Siria, Afganistán o Somalia.

Los trenes que les tenían que conducir a la frontera con Austria no han salido de la estación de Budapest. Cientos de fugitivos han empezado a recorrer a pie la distancia de 240 kilómetros que les separa de la frontera. No saben adónde van ni si serán acogidos.

La tensión está en el ambiente de toda Europa. Marchan con determinación, con teléfonos móviles, dispuestos a jugarse la vida porque consideran que la tienen perdida en sus países de origen. Los jefes de gobierno se reúnen por la presión de una opinión pública que apela a la compasión. La mayoría son jóvenes. Les acompañan muchos niños. No tienen nada que perder.

Los gobiernos buscan una salida pactada entre todos los países. Es imposible, inútil, porque los intereses nacionales prevalecen sobre los europeos. Hungría, Chequia, Eslovaquia y Polonia han rechazado las cuotas que pide la ONU y la UE. Se trata de acoger a unos 200.000 refugiados. Luego vendrán más.

Mientras los gobiernos se reúnen un movimiento ciudadano se ha puesto en marcha para acoger a los perseguidos por la guerra. No es la solución pero indica hasta qué punto la tragedia ha golpeado la conciencia de millones de europeos. David Cameron ha cambiado de estrategia. Rajoy parece que también. Así lo han expresado en la rueda de prensa conjunta de hoy en Madrid. Pero se han limitado a anunciar que aumentarán la cuota en unos miles. Nada.

Europa se reúne y los refugiados caminan hacia no se sabe dónde. Las pateras siguen transportando a miles de desesperados hacia las costas europeas meridionales. Se van a acordar ayudas para mitigar el sufrimiento de tanta gente marcha sin destino. Quieren llegar a Alemania que ha prometido acoger a ochocientos mil este año. También buscan el norte de Europa. Es una invasión pacífica pero con un significado político y sociológico de grandes dimensiones.

Es la hora de mostrar la cara más amable, más humana, más acogedora de Europa. Y hay que hacerlo desde la coordinación y la generosidad. Y, sobre todo, desde la urgencia. Hace falta mucha pedagogía y mucha determinación política para que estos cientos de miles de fugitivos no alimenten los fantasmas de la xenofobia que están asomando en muchas ciudades europeas. Los gobiernos de Suecia, Francia, Finlandia, Austria, Holanda y otros países están condicionados por partidos xenófobos que quieren limpiar de extranjeros de otras culturas sus respectivos territorios. Levantar muros fomentará la hostilidad entre los que llegan y entre los que estamos aquí.

Esta crisis sólo se puede superar desde la generosidad y la magnanimidad. Desde el realismo y la política.

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