Política

Venezuela: atrapada entre las dos izquierdas

Los que reivindicamos principios liberales en Venezuela debemos deslastrarnos de los complejos que creó la propaganda izquierdista contra quienes se oponían a sus teologías colectivistas, porque de eso depende la posibilidad de romper la asfixiante hegemonía.

Luis E. De San Martín
El debate de ideas en la Venezuela democrática ha estado dominado por el enfrentamiento entre la socialdemocracia y la izquierda revolucionaria. Con el derrocamiento del régimen de Marcos Pérez Jiménez (23 de enero de 1958), la primera se encargó de establecer las bases para la creación de las instituciones democráticas y, poco tiempo después (1962), la segunda se embarcó en la lucha armada dispuesta a imponer su modelo marxista-leninista inspirados, entrenados y financiados por la dictadura cubana. Es decir, una incipiente democracia de izquierda es amenazada por su mismo flanco por el sector revolucionario, antiguo aliado en tiempos de la dictadura.

En los años sesentas la democracia prevalece ante la embestida de los promotores de la dictadura del proletariado de la mano de Carlos Andrés Pérez, responsable político de la derrota militar de la guerrilla comunista en sus años al frente de los cuerpos de seguridad del Estado (ministro de relaciones interiores) bajo las órdenes de Rómulo Betancourt y que posteriormente accedería a la presidencia (1974) mediante una campaña electoral en la que hizo suyas las banderas ideológicas del estatismo económico, el nacionalismo energético y el populismo político. Esto explica la poca incidencia electoral que tenía la izquierda rabiosa en aquellos años: el más carismático de los líderes del populismo civil adeco les había infringido una doble derrota (militar e ideológica) pero al precio de haber inoculado para siempre la semilla de la estatolatría en la clase política venezolana, un modelo económico, político y social destinado al fracaso; un socialismo simpático de los que “roban y dejan robar” que contaminaría las relaciones sociales de los venezolanos con dosis elevadas de clientelismo y corrupción.

Aquella situación de marginalidad política y fuertes discrepancias internas en el seno del partido comunista venezolano, hacen reflexionar a esa progresía combativa salida de las aulas universitarias y sus personajes más influyentes se percatan del error al observar cómo el enemigo instrumentaliza sus preceptos ideológicos con notable éxito, es entonces cuando deciden civilizarse y romper con el ala estalinista. Nace el MAS (Movimiento al Socialismo) en la década de los setenta de la mano de Teodoro Petkoff, Pompeyo Márquez y compañía con el objetivo de captar a la izquierda burguesa alérgica a la pólvora que dominaba los espacios culturales (educación y medios de comunicación) cedidos por su hermana mayor, la adeco-copeyana. El triunvirato compuesto por revolucionarios-socialdemócratas-socialcristianos acapara el debate ideológico y la pugna por el poder político se desarrolla dentro de los márgenes de la izquierda; fuera de ella el infierno de los críticos, como Carlos Rangel, el más visionario de nuestros pensadores liberales en tiempos de la guerra fría, que tuvo que soportar los más arteros ataques de esa progresía criolla que temía leerlo no fuera a ser que sus argumentos sembraran de duda el bosque de sus dogmatismos.

El maná petrolero proveniente de la crisis energética de los setentas apuntaló la lógica política por ver quién era el que repartía mejor tan extraordinaria y repentina riqueza, con lo cual el ogro filantrópico extiende sus tentáculos a todos los espacios de la vida social, con el visto bueno de una clase empresarial encantada de proteccionismo y créditos blandos, que no quiso ver en ese socialismo chévere el germen de este populismo agresivo que padecemos actualmente en Venezuela; al fin y al cabo los monopolios u oligopolios son siempre muy lucrativos si lo comparamos con la trabajosa e incierta competencia sin privilegios. La denominación “derecha” se convierte entonces en arma arrojadiza con la que se atacan dentro de la izquierda cuando se acusan de herejía. El pluralismo se limita a los matices de la izquierda hegemónica hasta el punto de que los copeyanos, formalmente inscritos en la internacional Demócrata Cristiana, asumen el prefijo social como una manera de reivindicar el sector izquierdista de la doctrina social de la Iglesia que por pura inercia devino en experimentos como la teología de la liberación, muy a pesar de los intentos del Vaticano en censurarla.

Mientras tanto, los promotores del totalitarismo se replegaron a sus espacios rumiando su derrota y preparando con paciencia sus estrategias a largo plazo para cuando las condiciones objetivas se presentaran, esperando capitalizar el resentimiento social producto del clientelismo político, el estancamiento económico y la corrupción administrativa consustancial al modelo económico-cultural AD-COPEI-MAS (socialista). Cuando el dinero alcanzaba para mantener a una sociedad subvencionada, los cuarteles ya estaban penetrados y las universidades dominadas por el marxismo y sus teologías afines, creando paulatinamente el escenario para el cuartelazo (4 de febrero de 1992) que haría las veces de catalizador del descontento social en cuyos hombros se apoyarían para alcanzar el poder, convirtiendo a los derrotados de los 60-70 en timoneles de principios del siglo XXI.

El dilema existencial de la izquierda opositora

Por eso cuando escucho a la izquierda antichavista, que controla el movimiento opositor actualmente, pontificar de su superioridad moral con respecto al chavismo y al fantasma del neoliberalismo, no puedo dejar de recordar su actuación cuando se intentó imponer algo de racionalidad en la política económica con Carlos Andrés Pérez II (connotado presidente de la Internacional Socialista, por cierto), un verdadero reformismo de avanzada que frenaron, con la inestimable ayuda de importantes dirigentes del para entonces partido de gobierno Acción Democrática, a fuerza de eslóganes demagógicos que hoy se escuchan machaconamente en cualquier acto chavista. Entre renovarse o morir el socialismo democrático venezolano optó por lo segundo en la década de los noventa, a partir de una conjura político institucional urdida para sacrificar a uno de sus representantes más populares (CAP), quien se convirtió en víctima de todo aquello que ayudo a erigir y que pretendió cambiar. De esta manera, las fuerzas conservadoras de la izquierda del status quo aceleraron sin querer su claudicación ante la izquierda reaccionaria militarista a la que exoneraron de todas sus tropelías golpistas. El carisma, el boom petrolero y la falta de escrúpulos de Hugo Chávez hicieron el resto.

En honor a la verdad, se debe reconocer la inteligencia política de Teodoro Petkoff, líder histórico de la izquierda venezolana, cuando se apartó de la órbita soviética veinte años antes de que hiciera implosión el más longevo de los totalitarismos del siglo XX. Su adecuación sincera a la democracia la demostró cuando percibió la trampa militarista que se escondía detrás del chavismo, abandonando ese facilismo de izquierda que busca siempre atajos para imponer reformas sociales cuya inviabilidad atenta contra las posibilidades de consenso que toda sociedad necesita para concatenar libertad y justicia. No obstante, de personas de formación y experiencia como Petkoff se espera siempre un acto de honestidad intelectual mayor, un gesto de humildad o autocrítica capaz de reconocer no sólo que en su juventud persiguió una quimera perversa, cosa que ya ha hecho, sino que su actuación como máximo estratega de la oposición que se reunió en torno a la candidatura de Manuel Rosales dejó magros resultados prácticos para el movimiento opositor, ya que el haber sacrificado la lucha por el desmantelamiento del fraudulento sistema electoral venezolano en nombre del apaciguamiento de la bestia no hizo más que acelerar las arbitrariedades de un régimen que ahora cierra medios de comunicación críticos, justo antes de presentar una reforma constitucional que revestirá de legalidad los abusos por venir.
Por momentos, la actuación de Petkoff en la actual escena política venezolana resulta paradójica: por un lado es editor de uno de los fenómenos editoriales más interesantes de la prensa venezolana (el vespertino Tal Cual), que desde su primer ejemplar ha ejercido un “periodismo con posición”, fuertemente crítico y beligerante con el gobierno chavista, conforme al estilo de su director. Por otro lado y en sentido opuesto, en los primeros instantes de la diatriba entre el gobierno y la prensa independiente llegó a ubicarse del lado de los que criticaban el posicionamiento de algunas televisoras privadas en contra de las arbitrariedades del régimen; precisamente él que convirtió sus editoriales diarios en referencia obligada del debate político, a tal punto que lo llevó a presentar su candidatura a la presidencia en las pasadas elecciones y a dirigir la estrategia opositora para los comicios del pasado diciembre, invocando como pocos el papel contralor que tienen los medios de comunicación en democracia.
Además, su dureza y precisión cuando se refiere al gobierno chavista contrasta dramáticamente con su postura en escenarios internacionales en los que no duda en defender la validez de experimentos populistas similares al nuestro (Ecuador, Bolivia, Nicaragua, etc.), claramente apadrinados por el autócrata de Sabaneta a quien le deben parte de su músculo financiero, llegando incluso a censurar la utilización propagandística que el actual presidente de México, Felipe Calderón, hizo de la figura de Chávez en la campaña electoral que dejaría en la cuneta al caudillo mesiánico Andrés Manuel López Obrador. Eso sin contar la extraordinaria delicadeza para con los gobiernos de la izquierda vegetariana latinoamericana que constituyen la clave de la inutilidad de la OEA al momento de defender la vigencia de la democracia en Venezuela y que han demostrado un cinismo político sorprendente (Bachelet) o un apoyo explícito (Lula y Kichner) de las actuaciones de Yo El Supremo. De su posición ante la administración norteamericana, único país que ha dado apoyo moral a los demócratas venezolanos desde el principio, ni hablar, porque todo lo que venga del gigante del norte es intervencionismo puro y duro, no así las actuaciones de la dictadura cubana, país que organizó una agresión armada en contra de Venezuela en los años sesentas y que actualmente ha logrado infiltrar a nuestras dóciles Fuerzas Armadas y organismos de inteligencia del Estado, dando forma a un verdadero aparato represivo castrochavista dispuesto a actuar cuando se le ordene.

El enigma Petkoff es la personificación del dilema existencial de los socialistas venezolanos no autoritarios que se enfrenta a Hugo Chávez, puesto que padecer la implantación paulatina del socialismo del siglo XXI utilizando los argumentos que alguna vez defendieron con pasión, no les ha llevado a elaborar un proyecto antagónico porque asumen que la población venezolana es irremediablemente de izquierda, por eso palabras como capitalismo y liberal están proscritas de su discurso, evidenciando que, en su mayoría, comparten las infamias esgrimidas por los comunistas al referirse al capitalismo, único sistema de producción que ha logrado acabar con la pobreza mejor y más rápido que todos los socialismo juntos.

Por tanto, aunque sea imperativo reconocer la existencia de una izquierda democrática indispensable para una eventual etapa post-chavista, también lo es que con ésta todavía tenemos un debate de ideas pendiente en torno al modelo de sociedad que queremos construir. Los que reivindicamos principios liberales en Venezuela debemos deslastrarnos de los complejos que creó la propaganda izquierdista contra quienes se oponían a sus teologías colectivistas, porque de eso depende la posibilidad de romper la asfixiante hegemonía ideológica que esculpió la silla en la que hoy se sienta un militar.

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