Pensamiento y Cultura, Política

Violencia islamista e inmigración: una apostilla a Paul Krugman

“El fracaso de Krugman a la hora de vincular el modelo europeo con el problema de los musulmanes de Europa es revelador. Señalar a las partes superiores del modelo social de Europa sin mencionar el revés más serio es proporcionar un mal consejo a nuestros propios legisladores”.

Inmigración

 


 


Un largo artículo de Robert S. Leiken, “Los musulmanes enfadados de Europa”, en el número de julio / agosto del 2005 de Foreign Affairs, escrito con anterioridad a los recientes atentados de Londres y escrito conjuntamente con la columna del economista-columnista Paul Krugman en el New York Times este pasado 29 de julio, titulado “Valores familiares franceses”, traen a colación temas importantes de política migratoria, y, más fundamentalmente, los distintos modelos económicos y culturales de Estados Unidos y Europa Occidental.


 


Leiken señala el fuerte atractivo del fundamentalismo islámico para las grandes minorías musulmanas de países como Francia, España, el Reino Unido u Holanda (en Francia, esta población musulmana se aproxima al 10% total de la población; al 6% en Holanda), incluyendo a muchos musulmanes de segunda generación — musulmanes nacidos en estos países pero que no han adoptado sus valores políticos o culturales. La penetración extendida en estas naciones de fundamentalistas islámicos se encuentra tras los asesinatos políticos de Holanda, los atentados del Reino Unido y España, y el vandalismo antisemita extendido por doquier en Francia.


 


Las naciones de Europa Occidental parecen estar plagadas de células terroristas islamistas que también incuban planes de atacar Estados Unidos. Las poblaciones no musulmanas de Europa Occidental son cada vez más hostiles y en algunos casos letalmente a sus minorías musulmanas. En contraste, aunque hay varios millones de musulmanes en Estados Unidos (más que en el Reino Unido, por ejemplo, aunque constituyen un porcentaje inferior — cerca del uno por ciento vs. el tres por ciento), la mayor parte de ellos, al igual que sus homólogos de Europa con herencia de Asia Central u Oriente Medio, la comunidad musulmana norteamericana está bien integrada.


 


Es próspera (con unos ingresos medios en la práctica ligeramente por encima de la media nacional), no amenazadora hasta la fecha (aunque los funcionarios de seguridad creen que hay algunas células terroristas, y las tácticas de mano dura del FBI tras los atentados del 11 de Septiembre han causado rechazo entre los musulmanes norteamericanos), y no tiene objeciones a la significativa hostilidad de los no musulmanes norteamericanos.


 


La columna de Krugman no menciona a los musulmanes de Europa, sino que en defensa del modelo francés (del europeo más en general) argumenta que los franceses han logrado un buen equilibrio — sus ingresos medios son significativamente inferiores a los de los norteamericanos, pero trabajan bastante menos. Esto se debe en parte a una tasa de paro muy superior a la de Estados Unidos (la autocomplacencia de Krugman con la elevada tasa de paro es notable), pero principalmente porque los europeos occidentales trabajan menos horas a la semana, se toman vacaciones más largas y se jubilan antes.


 


En realidad, intercambian bienes materiales por comodidad, un intercambio que Krugman juzga como símbolo de elevada civilización. Krugman (confiando aquí en un reciente estudio de los economistas Alberto Alesina, Edward Glaeser, y Bruce Sacerdote) reconoce que la mayor comodidad de los franceses y de otros europeos es, como solía ser, forzada, porque es producto de la restricción de la movilidad de la mano de obra y por tanto de las oportunidades laborales, dificultando el despido de los trabajadores vagos, proporcionando un abanico de beneficios económicos del trabajo sin paralelo, e incluso restringiendo la cifra de horas a la semana que una persona puede trabajar.


 


Pero, además de depender de estudio, Krugman argumenta que sin excepción, los trabajadores no podrían recibir la cantidad de comodidad que querrían, porque la comodidad no vale tanto si otras personas no la tienen, asumiendo que tiene un fuerte componente social — que te involucras en actividades de recreo con otras personas, y en consecuencia sufres una pérdida si no tienen tiempo de ocio que gastar contigo.


 


El fracaso de Krugman a la hora de vincular el modelo europeo con el problema de los musulmanes de Europa es revelador. Señalar a las partes superiores del modelo social de Europa sin mencionar el revés más serio es proporcionar un mal consejo a nuestros propios legisladores. La asimilación de inmigrantes en Estados Unidos, en comparación con la incapacidad de las naciones europeas a la hora de asimilarlos — con resultados potencialmente catastróficos para esas naciones — no está vinculada con las diferencias entre las regulaciones económicas en Estados Unidos y Europa.


 


Dado que Estados Unidos carece de una red de seguridad social generosa– porque aún es una nación en la que el riesgo de fracaso económico es significativo — tiende a atraer a los inmigrantes que tienen valores encaminados hacia una creciente movilidad económica, incluyendo la aspiración a encajar en las costumbres y posiciones de su nuevo país. Y dado que Estados Unidos carece de leyes del empleo que desanimen las nuevas contrataciones o restrinjan la movilidad laboral (geográfica u ocupacional), los inmigrantes pueden competir por empleos en términos de igualdad sustancial con la población existente.


 


Dado el elevado carácter competitivo de la economía norteamericana, en contraste con las economías de Europa, los patronos no pueden permitirse discriminar a trabajadores capacitados simplemente porque sean extranjeros y no tengan un buen manejo del inglés. Hacia la segunda generación, la mayor parte de las familias inmigrantes están completamente asimiladas, cualquiera que sean sus creencias religiosas u orígenes étnicos.


 


En contraste, incluso un país como Francia tiene una política declarada de exigir que todos los inmigrantes se asimilen, inmigrantes de culturas extrañas, como las del mundo islámico, que tienden a ser marginalizados y aislados, incluso en la segunda generación y las siguientes. El desapego europeo hacia los inmigrantes puede ser un fenómeno cultural más que económico, pero el estudio de Alesina, Glaeser, y Sacerdote en el que se basa Krugman argumenta que la preferencia europea hacia el ocio, también presuntamente cultural, depende de la política, específicamente de las leyes laborales.


 


Así que también, con toda probabilidad, lo es la dificultad para integrarlos de las naciones europeas. Cuanto menos fluida, menos competitiva, menos orientada al mercado, y en realidad menos materialista (el único color relevante para los financieros es el verde) sea una economía nacional, menos oportunidades proporcionará a los extranjeros que llegan.


 


Los defensores del modelo europeo señalan las bolsas de pobreza en Estados Unidos, pero puede que no se den cuenta de que la pobreza no puede ser abolida sin recurrir a medidas que produzcan patologías sociales como las que observamos en Europa. La movilidad social implica que las oportunidades escasearán. Si la sociedad protege los empleos, las oportunidades laborales para los recién llegados ambiciosos son reducidas y pueden terminar en los márgenes aislados de la sociedad. Así que no es la pobreza lo que alimenta el fundamentalismo; son las políticas encaminadas a erradicar la pobreza las que lo hacen, obstruyendo la salida de las subculturas minoritarias.


 


Si los musulmanes de la sociedades europeas no se sienten parte de esas sociedades porque la política pública no les permite competir por los empleos que tienen los no musulmanes — si en lugar de ser excluidos, de identificarse con la cultura de la nación en la que residen, se identifican a la fuerza con la cultura musulmana mundial — algunos de ellos están destinados a las opiniones fundamentalistas que son comunes en esa cultura. El peligro resultante para Europa y para el mundo no está exento de vacaciones largas.



El juez Posner, es economista y magistrado desde 1981 de la Corte Suprema de los Estados Unidos, que presidió de 1993 a 2000.Graduado en 1959 en Yale, se licenció en Derecho en la Harvard Law School en 1962. Entró como profesor en 1968 en Stanford University de donde pasó a la Law School de la Universidad de Chicago (1969-1981) en cuyas actividades académicas y docentes continua participando regularmente.

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