Política

Culpa al gato negro

Sarah Honig
Ehud Olmert, con el miedo a la investigación de su fiasco libanés sobre él, se aventura desesperadamente en la oscuridad de perseguir un inexistente gato negro que jura está realmente allí.
Sus propagandistas en estado de pánico también le siguen, buscando el inexistente gato negro, sabiendo perfectamente bien todo el tiempo que no hay gato. Solamente engañan a otros haciéndoles creer que pueden atraparlo. En el oscuro cuarto están por último los siempre obedientes pelotas de la prensa, persiguiendo también al inexistente gato negro. El problema es que afirman que lo atrapan. Esa afirmación, repetida y anunciada hasta la náusea, puede cambiar el modo de pensar y convencer a los ciudadanos ordinarios de que el inexistente gato es real.

Esto no son peculiaridades inofensivas de la percepción. Para comprender su contexto, ayuda darse cuenta de que la metáfora de arriba está tomada del lenguaje de la extinta URSS, donde el gato representaba popularmente primero la inalcanzable utopía comunista. Su rasgo más sorprendente era que era imaginario, un hecho que no evitó que los marxistas buscaran al invisible felino dentro de un espacio cerrado.

A su tiempo, sin embargo, el gato adoptó un significado más siniestro, y pasó a representar las mentiras oficiales – algunas perversas hasta el extremo – creadas a base de cocinar falsos pretextos para matar a los disidentes políticos.

Eso es lo que se espera que el gatito del color intencionado que es perseguido ahora con tanta avidez por nuestros altos cargos en problemas haga por ellos. Conjuran a la criatura y después la persiguen en busca de hacer olvidar su fraude veraniego en el norte. Necesitan a alguien a mano y odiado al que echar la culpa.

Entra Binyamin Netanyahu. Un mamífero absolutamente odiado. Después de todo, Bibi ha estado mucho tiempo a la vista de los que persiguen gatos. Lograron ingeniosamente convertir su rescate de la economía en una trasgresión terrible suficiente para exiliarle al gulag político.

Si pueden de nuevo coger al gato que no está, pueden adjudicarle todos los fracasos logísticos de la campaña de julio-agosto – y las resultantes y adyacentes consecuencias, incluyendo la falta de visión operativa, el atasco conceptual o la indecisión estratégica.

De ahí que el último golpe de los perseguidores de gatos haya sido el presupuesto de Bibi en el 2005. El exministro de economía es acusado por tanto de haber metido la tijera ultra-radicalmente a la defensa, haciendo que el ejército estuviera subentrenado, pobremente equipado y no preparado para la batalla.

Se quedan sin contestar, sin embargo, dos cuestiones:

1. ¿Por qué los perseguidores de gatos presionaron y animaron a Netanyahu, criticando por no recortar más la defensa?

2. Habiendo visto que el ejército estaba en tan mala forma, ¿por qué lo enviaron a la confrontación en lugar de rehabilitarlo de los excesos de Bibi?

Tal vez porque no había excesos de Bibi.

El verdadero valor del presupuesto de defensa no había caído desde el 2000. La intifada, desatada ese año por el primer vuelo de Ehud Barak desde el Líbano, exigió gastos especiales en seguridad, que a su vez agravaron una situación económica en deterioro. Entre 2003-2005, Netanyahu redujo realmente los extraordinarios desembolsos en defensa – como debió. Sin embargo, el presupuesto total en defensa sigue siendo mayor que en el 2000.

ADEMÁS, nadie rebajó las prioridades del estamento de defensa. Cómo gasta los recursos a su disposición es únicamente su responsabilidad. Incluso una auditoría obligatoria del ejército revela que no anda falto de desperdicios, con la extravagancia de la desconexión del año pasado constituyendo inevitablemente el culmen definitivo.

Es el gobierno Sharon, con su vociferante Olmert como segundo de abordo, el que insistió en que el ejército llevarse a cabo la expulsión de Gush Katif. Millones fueron agotados en esa ignominia. Mientras el ejército despachaba a los soldados sin suficiente comida o agua a Hezbolandia, la empresa de la desconexión fue una de las mejores montadas nunca.

Los soldados fueron equipados incluso con flamantes trajes de nuevo diseño con sombreros, chalecos, mochilas, cantimploras de agua e inolvidables insignias. Todo común y de lujo, con montones de entrenamientos, estudios, maniobras, diálogos y preparación. Todo diametralmente opuesto al infortunio libanés de hace unas cuantas semanas.

Sólo porque prometió fabricar el espectáculo de la gran expulsión, Dan Halutz fue elegido a dedo por el mejor amigo Omri Sharon para reemplazar al hereje Moshe Ya´alon. La conformidad en las filas fue histórica. Aquellos que rechazaron aprobar la empresa logística más cara del ejército son ahora culpados abiertamente de los fracasos de su operación peor planeada.

Sí, los Olmeritas salen a por Ya´alon también, aunque – por ahora – no tan enérgicamente como cazan al principal gato negro, Netanyahu. Después de todo, Ya´alon no ha arrojado aún su toalla en la arena política. Puede ser un chivo expiatorio conveniente, pero no es un adversario pro-forma.

Netanyahu es una amenaza inmediata y clara. Perseguirle es imperativo, en lugar de preguntar el motivo por el que el gobierno, del cual Olmert era la figura central, desperdició dinero a espuertas en los detalles de la desconexión, pero fue tan parsimonioso y dubitativo en lo referente a adquirir material militar esencial.

¿Cómo pudo haber una organización tan profesional en Gush Katif y un desastre tan histórico en el Líbano? ¿Por qué los fondos asignados tan generosamente a la causa de expulsar judíos no se han dedicado a mejorar el equipamiento de tanques y demás vehículos, a chalecos para los reservistas, a ejercicios mínimos de refresco, a suministrar provisiones de emergencia e incluso a buscar civiles abandonados a su suerte en refugios antibombardeo improvisados?

Pero una vez más, los expulsados de Gush Katif también han sido abandonados.

Estos son los hechos duros a la luz del día. Pero la elusiva sombra de gato no desaparece ni siquiera bajo la iluminación más clara. Los asesores de imagen y especialistas en medios de Olmert juran detectar un ronroneo escondido en alguna esquina y conciben “métodos creativos” para simular el mítico maullido.
Si lo intentan con suficiente ahínco – esperan – puede que convenzan a un panel de investigación en sintonía con ellos de que tienen agarrado al felino irreal por el cuello con firmeza.

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