Pero los líderes nacionales que evitan hacer la aritmética más elemental son por definición imprudentes negligentes.
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Viernes, 16 de enero 2026

Pero los líderes nacionales que evitan hacer la aritmética más elemental son por definición imprudentes negligentes.
Sarah Honig
Allá por 1985, Geula Cohen se opuso ardientemente a la mega-liberación de terroristas convictos – 1.150 de ellos, incluyendo algunos de los peores asesinos de masas de las prisiones de Israel (como Kozo Okamoto, autor de la masacre infame del aeropuerto en 1972). A cambio, Israel sacaba tres soldados cautivos y secuestrados por el criminal terrorista Ahmed Jibril.
Un reportero provocativamente preguntó a Cohen si seguiría manteniendo su posición igual de implacablemente si su propio hijo fuera mantenido como rehén por bandidos fanáticos. Ella no retrocedió. “Por supuesto que no”, admitió con franqueza. “Como madre, no hay precio demasiado elevado para la vida de mi hijo. Lo gritaría, pero en el mismo aliento apelaría al gobierno a no escuchar una sola palabra que pronunciase”.
¿Por qué? Porque las prioridades de los padres de un rehén están obvia – y comprensiblemente – orientadas por la angustia extrema. Su mundo se reduce hasta ajustarse a su tragedia personal. Se centran naturalmente en el sino y la cara de un individuo querido ausente. No son desbordados por cálculos complejos y agónicos acerca del bien colectivo a largo plazo.
Pero los líderes nacionales que evitan hacer la aritmética más elemental son por definición imprudentes negligentes.
Hasta 1985 los israelíes esperaban que sus gobiernos sucesivos eligieran valerosamente entre el detrimento futuro o el sacrificio inmediato. Nunca fue una decisión fácil que tomar – no cuando docenas de niños fueron retenidos como rescate en la escuela de Ma´alot, no cuando arrinconaron a familias enteras en sus propios hogares, no cuando atraparon a las huéspedes del Savoy Hotel de Tel Aviv, no cuando secuestraron a los pasajeros de Sabena o llevaron al resto del pasaje aéreo a Entebbe, no cuando atacaron a los atletas olímpicos de Munich o cuando se hicieron con todo un autobús lleno de turistas en la carretera de la costa.
Ningunos de los ultrajes anteriores tuvo un final feliz. Muchos culminaron de hecho en baños de sangre absolutos. Aún con todo, los líderes israelíes y el público en general permaneció inflexible en su resolución a oponerse a la tentación, las soluciones aparentemente fáciles. En aquel tiempo, hasta la comunidad internacional – que ya entonces no perdía comba de demonizar a Israel – admiraba a regañadientes el aplomo israelí.
ÉRAMOS absolutamente únicos en un mundo carente de firmeza hasta que Yitzhak Rabin se encontró con Miriam Groff, de Holón. Ella era la madre de Yoskeh, secuestrado en septiembre de 1982 mientras hacía tiempo en el Líbano, esperando a cumplir el servicio de un año para Hashomer Hatza´ir.
Miriam condujo a la miseria la vida del entonces ministro de defensa Rabin. Lo persiguió, organizó manifestaciones, montó escenas, lo que fuera. Finalmente el gobierno de unidad nacional bajo de Shimon Peres contrajo la transacción ignominiosa que liberó a Yoskeh en mayo de 1985, pero abrió de par en par las puertas a un diluvio que todavía nos engulle.
Groff legitimó la falta de nervio y la creciente presión enemiga ayudando a manipular emocionalmente de todos modos a los blandengues judíos, que – al contrario que los árabes – tradicionalmente valoran salvar vidas por encima de lo demás.
En su libro Intifada, Ehud Ya´ari y el recientemente fallecido y muy respetado Ze´ev Schiff determinaban que “alrededor de un tercio de los liberados en el acuerdo de Jibril renovaron sus actividades terroristas en cuestión de un año. El resto se unió tras el estallido de la primera oleada de hostilidades de la intifada… a su tiempo Jibril, con precisión, sembraba las semillas de la intifada”.
La agitación provocada por a madre de Yoskeh hizo a israelíes evitar los territorios. Las mentes y los corazones fueron condicionadas por Oslo, que posteriormente nos trajo los autobuses que estallaban, la huída unilateral del Líbano, la segunda intifada, la segunda guerra del Líbano, casi 2.000 israelíes muertos y miles mutilados, inválidos, huérfanos y finalmente también los desarraigados de la errática y desastrosa desconexión derivada de Oslo.
Basta con observar que la primera liberación del notorio progenitor de Hamas Ahmed Yassin llegó bajo el acuerdo de Jibril. Yassin no tenía entonces “sangre en sus manos”, pero antes de su re-detención en 1989 fundaba Hamas, encargado del secuestro y asesinato de dos soldados israelíes (que al contrario que Yoskeh eran prescindibles) y la ejecución de “los colaboradores”.
Otro alumno inolvidable de Jibril es Jihad al-Amarin, que post-liberación fundaba la rama (afiliada a Fatah) de Gaza de las Brigadas de los Mártires de Al Aksa y mataba a seis soldados – también activos nacionales al parecer menos vitales que Yoskeh.
Otras liberaciones gratuitas siguieron al acuerdo de Jibril, (aparte del dudoso intercambio de Elhanan Tannenbaum en el 2004) para cimentar sobre todo la locura Osloita de “gestos de buena voluntad inexplicables e imperdonables”. No muchos israelíes sobrevivieron a tales medidas de confianza inmobiliarias.
MIRIAM ASEGURÓ la libertad de Yoskeh a un coste demasiado tremendo para calcularse. Aunque es desagradable, la verdad innegable es que los padres enloquecidos pueden convertirse en armas potentes del arsenal de guerra psicológica de los secuestradores. Groff parecía a veces grotescamente impávida, pero los pródigos medios la incitaban ávidamente, igual que hoy se anima a Miki Goldwasser (madre de Ehud, secuestrado por Hezbolá con Eldad Regev) y Noam Schalit (padre a Gilad, cautivo en Gaza).
Ambos parecen más decorosos que Groff, quizá debido a tabúes sociales desaparecidos hoy frente a 22 años atrás. Pero jugando en manos de Hamas y Hezbolá, potencialmente podrían desencadenar también una calamidad de las proporciones del fiasco de Jibril. Por otra parte, no se apresurarán el rescate de sus hijos. Según el código de regateo de Oriente Medio, la impaciencia excesiva solamente eleva la apuesta y envalentona a los comerciantes listos hasta adoptar tácticas de negociación menos comprometedoras.
Si estos padres siguen presionando a su propio gobierno, poniendo el énfasis en Israel en lugar de en sus criminales secuestradores, debilitando la resistencia de Israel a la extorsión y elevando el beneficio de los secuestros, entonces cualquiera de nosotros puede ser víctima de su secuela recordatoria de Miriam Groff.
Necesitan recordar que Ilan Sa´adon y Avi Sasportas (asesinados según instrucciones de Ahmed Yassin) también tenían padres dedicados. No deben olvidar a Matan Biderman, Asher Zaguri, Ron Lavi o Moshe Peled, cuya sangre manchó las manos de Amarin. Tenían también madres y padres que les adoraban. Sirvieron también a su nación de uniforme.
Este es el dilema contra el que advertía Geula Cohen. Los padres pueden considerar solamente a su propia descendencia. Los gobiernos electos, que juran servirnos a todos, deben cuidar a todos los hijos de Israel.
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