La difamación de los judíos justifica inevitablemente la enemistad hacia ellos. Ellos lo provocan. Ellos siempre lo hicieron. Matar a judíos nunca ha sido como matar a los demás. Puesto que el principal objetivo de Ahmadinejad es Israel, no hay ninguna urgencia, ni siquiera para medidas no violentas como sanciones a sus ambiciones nucleares. Si los atacados con armas nucleares son exclusivamente los judíos, el resto del mundo puede tolerar la bomba de Irán.
Sarah Honig
Qué sorpresa – una encuesta de la BBC (de 28.389 participantes en 27 países) revela que… ¡no les gustamos!
Israel encabeza la lista de países juzgados como poseedores de “la influencia más negativa sobre el mundo”, y hasta supera a Irán por la dudosa distinción.
Se puede superar la sorpresa de la mayor parte de los israelíes — a excepción, obviamente, de esos post-sionistas de moda que destruyen conscientemente la ya maltratada imagen de su país con el fin de ganarse las migajas de los guardianes de la moralidad que son esos innegables bastiones europeos de autofascinación expresa, y los fanáticos del apaciguamiento hasta la tumba. Nada nuevo en esto. En el 2003, la ciudadanía de la UE votó a Israel “el mayor peligro para la paz mundial”. Lo mismo sucedía en el 2000, cuando Ehud Barak encabezaba el gobierno que más ha comprometido nunca. Derechistas, izquierdistas, patriotas, derrotistas — no hay ninguna diferencia, ni en el siglo XXI ni en el XX, el XIV, o los tiempos antes de Cristo.
Contra más cambian las cosas, más permanecen igual. Los judíos siempre han atraído el acoso — incluso cuando se llaman a sí mismos israelíes. Desde tiempos inmemoriales, se encontraron en el ojo del huracán de cualquier tormenta que estuviera soplando. Ellos no provocaron la tempestad, pero siempre giraba alrededor suyo. Desde los albores de la historia, los judíos fueron los representantes de la ética de la civilización y los motores del progreso. Eso en sí mismo ya es bastante para convertirles en irritantes insoportables. Los ideales elevados acentúan las deficiencias de otros. Los judíos robaron al mundo su complacencia y, como chivos expiatorios de la humanidad, se convirtieron en catalizadores de la controversia.
Cuando la humanidad se encontraba atrapada en el miedo al paganismo, el fanatismo y el libre albedrío, nosotros introducimos el concepto de un Dios único. Cuando otros adoptaban los primeros pasos de nuestro monoteísmo, nos acusaban de deicidio o de provocar al profeta de Alá.
El bloque secular — ya pertenezca a la variedad fascista o la académica — denigra a los judíos como fuentes de austeridad, violadores de la moral y corruptores del bienestar natural mítico.
Los judíos eran los condenados plutócratas y burgueses de las dictaduras del proletariat, y a la vez los agitadores proletarios para los barones de la extorsión y los mandos de la industria capitalista. También fuimos desproporcionadamente ricos y a la vez exageradamente pobres, demasiado repulsivos y demasiado atractivos, demasiado obsequiosos y demasiado arrogantes, demasiado explotadores y demasiado desprendidos, demasiado elevados en el escenario moral y cocinando matzot con la sangre de niños cristianos (o musulmanes, dependiendo del particular que se inventa el libelo).
Fuimos constantemente demasiado inteligentes para nuestro propio bien, y por tanto fuimos acusados de cábalas y de trazar nefastas conspiraciones. Fuimos el objetivo perfecto por ser débiles, pero condenados como demasiado fuertes cuando luchamos por no estar tan indefensos.
Asumir nuestra causa siempre fue denostado. Aún lo es. “Fósiles” exasperantes de la civilización, seguimos siendo el irritante que trasciende lo sórdido y lo egoísta. Estamos en sus superiores pensamientos, ya sean nórdicos o malayos — incluso si nos humillamos, copiamos sus insípidas costumbres, tenemos su mismo aspecto, adoptamos su lenguaje, bailamos a su conveniencia o intentamos ganar su aceptación a cualquier precio.
Ellos siempre recordarán que no formamos parte de su tribu. Siempre se alinean con nuestros atacantes y nos culpan de ello. Nuestra existencia constituye un constante recordatorio vergonzoso de sus crímenes.
Es el motivo por el que el ministro religioso alemán Gregor Maria Hanke equiparaba Ramala al gueto de Varsovia apenas unas horas después de su visita al Yad Vashem durante una reciente gira corta por Israel (suficiente para convertirle en experto). Hanke, miembro de la Misión Permanente de la Conferencia de Ministros Religiosos Alemanes en Tierra Santa, contaba explícitamente a los periodistas que la muestra del gueto de Varsovia en el Yad Vashem le inspiró la analogía. Lanzó su culpabilidad nacional / cristiana directamente a los supervivientes y los descendientes de las víctimas, obligados aún a defenderse frente a futuros destructores e inspirados Nazis. Repetir las mentiras de Goebbels puede aparentemente expiar la culpa colectiva.
LA DIFAMACIÓN DE LOS JUDÍOS justifica inevitablemente la enemistad hacia ellos. Ellos lo provocan. Ellos siempre lo hicieron. Matar a judíos nunca ha sido como matar a los demás. Puesto que el principal objetivo de Ahmadinejad es Israel, no hay ninguna urgencia, ni siquiera para medidas no violentas como sanciones a sus ambiciones nucleares. Si los atacados con armas nucleares son exclusivamente los judíos, el resto del mundo puede tolerar la bomba de Irán. Un objetivo exclusivamente judío es casi una solución de compromiso plausible.
Es el motivo por el que cuando un grupo israelí de rock entona letras inespecíficas sobre el miedo a misiles, es acusado de ofensiva politización y amenazado con la expulsión del gilipollesco concurso de Eurovisión. Los judíos no tienen derechos, ni siquiera a señalar que se oponen a su propia aniquilación.
Los derechos de los judíos a la vida y la libertad son siempre condicionales, no se dan por sentado. Si Marwán Barghouti hubiera asesinado italianos o hubiera sido condenado a cinco cadenas perpetuas por un tribunal alemán — tras destacadas violaciones del proceso legal y la indulgencia de sus hampones y medios manipuladores — es dudoso que ni siquiera la vicepresidenta comunista del Parlamento Europeo, Luisa Morgantini, se hubiera atrevido a pedir su liberación.
Pero puesto que las víctimas son judíos / israelíes, no se aplica ningún límite. Morgantini, ganadora del “premio de paz” de 1995 de Women in Black y candidata al Nobel de la paz del 2005, ha convertido la liberación de Barghouti en su cause celebre. Recauda fondos activamente para todos los terroristas palestinos, deslegitimando así la judicatura ultra-progre de Israel, como si aquellos con sangre judía en sus manos fueran santos presos de conciencia, encarcelados erróneamente por perversos ogros judíos.
Los europeos que hace décadas gritaban “Judíos a Palestina”, y no mostraban ninguna clemencia para aquellos que no huyeron a tiempo, ahora gritan “Judíos fuera de Palestina”.
Con los judíos indeseados en todas partes, la idea central excluye cualquier existencia judía.
Aquí es donde los instintos adormilados de autopreservación israelí tienen que despertar. Si nos culpamos a nosotros mismos para despertar el favor de criminales cínicos, para hacer que les gustemos, para granjearnos su aprobación o buena prensa — si nos obsesionamos con su opinión de nosotros — entonces estamos todos muertos. Si no superamos nuestra sorpresa por judeófobos sin escrúpulos — ya sean gentiles o de cualquier tipo — que pretenden ser jueces y verdugos, entonces nuestra antigua esperanza de 2000 años de antigüedad está trágicamente perdida.