Política

El síndrome del escorpión

Los disidentes fueron tan marginados que se convirtieron en verdaderos ilegales, convirtiendo a Kollek y a otros como él en algo comparable a cazadores de recompensas leales en lugar de traidores a sangre fría.

Sarah Honig
Durante el mismo día de junio del 2006 en el que Hamas capturaba al soldado Gilad Schalit, Fatah secuestraba a Eliahu Asheri, de dieciocho años de edad y procedente de Itamar, de camino a Neveh Tzuf desde Betar Illit. Asheri recibió un tiro en la nuca poco después, aunque el crimen no evitó que sus secuestradores exigieran un rescate también por “su liberación”.

Desde el inicio, la cobertura mediática de los dos secuestros difirió radicalmente. Schalit se convirtió en el nombre de la casa. Cada una de las condolencias de los reporteros iba a su familia. Los corresponsales acamparon a la expectativa delante de la casa de Schalit y describieron a su padre como “noble” nada menos. Asheri fue etiquetado como “un colono” y no hubo ninguna peregrinación proporcional de la prensa hasta sus agonizantes padres. Nada del estallido de emociones y verbigracia empática con los Schalit hizo acto de presencia remotamente en el caso de los Asheri. En la práctica, Eliahu fue olvidado rápidamente y añadido a la larga lista de víctimas del terror aparentemente prescindibles sin las cuales una puede seguir adelante.

Esta disparidad tanto en atención como en empatía era tan inequívoca que hasta inspiró un debate extraordinario en el programa Tik Tikshoret [Archivo de medios] del Canal 2, en el que el moderador Haim Zisowitz planteó la pregunta a (la Dra.) Ilana Dayán, una de las estrellas del canal y miembro de la realeza sin corona del grupo no oficial ideológicamente exclusivo de moldeadores de opinión de Israel, acerca del cual hablé largo y tendido hace dos semanas.

A modo de respuesta para los miles de correos electrónicos provocados por esa columna, en adelante coloco la respuesta de Dayán sin retoques: “Gilad Schalit es la sal de la tierra, un soldado y nuestro hijo”, determinó. En marcado contraste sin embargo, ella observaba tácitamente que “Asheri es un colono”. Zisowitz le apretó las tuercas no obstante: “¿No es Asheri ´nuestro hijo´ también?” Dayán soltó un agudo chillido: “¡No!”

Ese corto intercambio contribuye en gran medida a destacar el doble rasero que el colectivo de la extrema izquierda imparte posteriormente al público. No existe otra percepción popular y no existe ninguna refutación real, excepto en círculos esotéricos de páginas de opinión escasamente leídas. El israelí medio no tiene camino alternativo por el que obtener información o formarse opiniones. En última instancia es plastilina en manos de los críticos que orquestan los afectados y los motivos de desagrado del público.

Así, puesto que el desprecio del colectivo de las comunicaciones hacia los colonos es tan obvio, la mayor parte de los consumidores de noticias niegan en consecuencia compasión y comprensión hacia aquellos que a los que odian los creadores de tendencia.

ESTO NO ES un fenómeno nuevo en este país, a pesar de la proliferación de panfletos de circulación masiva no conformistas de ayer según las líneas ligadas a los partidos. Y al margen del ciberespacio y la privatización, los periodistas son hoy más monótonos que nunca en inclinaciones y orientaciones.

Ese es el motivo por el que no hubo ningún suspiro de sorpresa mediano siquiera tras el descubrimiento por parte de Ronnen Bergman en el Yediot Aharonot de que el difunto y legendario alcalde de Jerusalén Teddy Kollek fue instrumental a la hora de traicionar a los guerrilleros secretos (principalmente del IZL) ante los británicos. Bergman basaba su “descubrimiento” en los materiales británicos del MI5 desclasificados recientemente. Aún así algunos (aunque ínfimamente pocos) israelíes lo sabían desde entonces.

En 1965, cuando Menachem Begin concedía el puesto principal del consistorio de la ciudad de Jerusalén a Kollek, impulsando así al candidato Rafi a la victoria sobre su adversario laborista (el Mapai), veteranos de Fighting Family que conocían la historia observaban secamente la ironía. Cualquiera que lea la autobiografía masivamente detallada de Shmuel Tamir, Hijo de esta Tierra, podrá encontrar diversas referencias a “los servicios” de Kollek a la Inteligencia británica. Además, Kollek no fue el único informador judío, ni siquiera el de más alto rango.

Este sórdido episodio entero de la historia pre-independencia de Israel fue maquillado por el estamento oficial Laborista y sus siervos de adoctrinamiento. Pasó a ser deseable modificar el relato de la vergonzosa “veda” que la Hagana levantó contra aquellos voluntarios que rehusaban ceder a su autoridad o considerarla con licencia legitima cuando no existía aún ningún estado. Kollek funcionó con eficacia excepcional en este marco de caza, tanto que los británicos acuñaron un nombre en código especial para él — escorpión.

Hasta después de que el secreto de dicho escorpión fuera dado a conocer a principios de los años 50, estuvo a salvo gracias a los privilegios que sus jefes del Mapai concedieron por las operaciones. Los disidentes fueron tan marginados que se convirtieron en verdaderos ilegales, convirtiendo a Kollek y a otros como él en algo comparable a cazadores de recompensas leales en lugar de traidores a sangre fría. Su trabajo puede haber sido desagradable, pero no inmoral. Aquí se encuentra la cruz del síndrome del escorpión.

La maquinaria propagandística del estamento izquierdil eliminó con eficacia cualquier estigma de la caza, igual que hizo en el episodio Altalena durante el que Yitzhak Rabin no solo comandó las tropas que volaron el barco del IZL cargado de precioso armamento, que Begin prometió rendir al recién nacido estado en lucha. Rabin también ordenó que los inmigrantes supervivientes del Holocausto que llegaban del desgraciado carguero fueran abatidos después de haber saltado a bordo y se convirtieron en objetivos indefensos chapoteando en el agua.

Lo más probable es que la falta de escrúpulos al apuntar deliberadamente a individuos vulnerables derivara en la tentativa de asesinar a Begin una vez que se supo que estaba en el muelle.

El denominador común tanto de la operación de casa como de Altalena fue implementar por la fuerza la hegemonía socialista, lo que es también el motivo por el que la Agencia Judía controlada por el Mapai negó “certificados” (visados de inmigración que los británicos pusieron a disposición de la Agencia) a los jóvenes sionistas de la Europa pre-Holocausto, y por lo que los inmigrantes ilegales sionistas fueron perseguidos sin escrúpulos por los miembros del Yishuv pre-Segunda Guerra Mundial.

Cómo desplegar al colectivo mediático (ya obre en poder de la izquierda o no) y a quien condenar frente a las masas fue y sigue siendo tema de obediencia política. Aquellos puestos en el objetivo son de manera invariable los rivales de la izquierda política. Antes fueron sionistas, rebeldes del IZL, o “gánsters” del Lehi. Hoy lo es cualquiera con una posibilidad realista de llevar a la presunta Derecha al éxito electoral y, por encima de todo, esos colonos a los que ataca Paz Ahora.

De ahí que tantos israelíes comprensiblemente condicionados y preprogramados no honrasen a Asheri y no les importase liberar a sus verdugos en intercambio por Schalit. Destinos diferentes para hijos de Israel diferentes.

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