Si Arafat no hubiera decepcionado la ilusoria estrategia de Barak, Kalkilya y Tulkarem tendrían vida en el Sharon y más allá de lo creíble hoy. Como en la sombría predicción de Ezer, los árabes no nos decepcionaron milagrosamente de nuevo.
Sarah Honig
En sus días de joven, Ezer Weizman estaba acostumbrado a repetir ante la más ligera provocación la afirmación del Profeta Samuel de que “lo eterno de Israel no será engañado”, pero a continuación siempre lo acompañaba de: “y los árabes no nos decepcionan”. Hasta la fecha, una vez tras otra increíblemente, en la práctica nos desbancaron. Yasser Arafat, injusta crítica a un lado, ciertamente nos rescató de los escombros de Ehud Barak. Concibiendo la calamidad segura si el hampón de la OLP hubiera aceptado el acuerdo que Barak y Bill Clinton le pusieron en bandeja en la cumbre de Camp David del 2000.
Si Arafat se hubiera aprovechado de la demencial generosidad de Barak – en lugar de enfadarse violentamente y lanzar su sangrienta Segunda Intifada – habría estado en posesión, además de Gaza, de todo Judea y Samaria, bloques de asentamientos incluidos, así como de Jerusalén este y el Monte del Templo (a excepción de las definidas con alfileres “capas subterráneas” del mismo, según la fraudulenta invención de Barak). Tras la salida de Arafat del gran cargo terrorista entre los vivos, su cohorte de la OLP habría heredado su feudo.
A partir de aquí la historia es familiar, excepto por las variaciones en los nombres. Todo lo sucedido en la Franja de Gaza – que Ariel Sharon cedió unilateralmente en la línea del precedente libanés sin escrúpulos de Barak – habría sido reproducido en Belén, Hebrón, Jericó, Ramala, Nablús, Jenín, etc. Eventualmente Hamas habría obtenido el control sobre todo lo que el Fatah de Arafat no controlaba. El patrón es el que se revela ante nuestros ojos en la Gaza convertida en Hamastán. La diferencia destacada es que el Hamastán que mancha exhaustivamente a Barak casi creado a lo largo de todo el convulso flanco este de Israel, directamente apuntado a los densos centros de población del país, habría sido incalculablemente más mortal que cualquier cosa lanzada desde Gaza contra el pobre Sderot sufriente.
LA DEVASTACIÓN QUE los Kassams de Kalkilya podrían causar desafía la imaginación. Basta notar que el espacio que separa Kalkilya del Mediterráneo tiene la longitud de Israel, y que esta delgada franja está llena de hileras de ciudades – Kfar Saba, Ra´anana y Herzliya – en ese orden, sin vacíos entre ellas. Es un único distrito urbano, que se extiende ante los ojos de nuestros enemigos y que es permanentemente vulnerable a sus ataques. Y quien quiera que alcance Kfar Saba puede alcanzar Tel Aviv con bastante facilidad. Aquellos que dudan retroactivamente de si valió la pena ganar la Guerra de los Seis Días omiten mencionar que durante dicha guerra, un antiguo cañón jordano de artillería pesada de la Segunda Guerra Mundial disparó desde una colina en las afueras de Kalkilya y alcanzó un edificio de apartamentos en Kikar Masaryk, el centro de Tel Aviv. El único motivo de que tales actos y peores no se repitan hoy es la continua presencia israelí en las zonas que Barak habría puesto más allá de la supervisión israelí. Afortunadamente Arafat rechazó hace siete años la inconcebible generosidad de Barak. Barak propuso literalmente llegar a un pelo de destruir el potencial de autopreservación de Israel.
AHORA EHUD Olmert, cuyo desastroso historial como primer ministro rivaliza con el de Barak, no puede esperar a instaurar al arquitecto de la hegemonía de Hezbolá en el sur del Líbano – y la inspiración de la posterior desconexión de Gaza – como primer ministro del estado cuyo potencial disuasor fue destruido irresponsablemente por Barak de manera tan gratuita. El arrogante Barak, que causó tanto daño, se encuentra ahora en posición de hacer aún más daño. Expresamente adulado como hombre de incomparable experiencia militar, Barak pretende adormecer al público amnésico con el fin de que olvide su catastrófico pasado y se crea fábulas futuristas que en tiempos pregonaba de manera cínica.
No es casualidad que Barak fuera expulsado del cargo con la rapidez que lo fue, a pesar del cortejo a cualquier precio que se granjeó desde el principio por parte del estamento izquierdil y sus perritos falderos mediáticos. Hasta nuestro electorado históricamente olvidadizo percibió de alguna manera que algo olía espantosamente cuando el líder del renacido estado judío proponía la rendición de la cuna de la existencia judía sin un disparo, sin negociaciones hasta el final, sin una emergencia existencial extrema.
PARA DISCERNIR ESO, el israelí medio no tuvo que darse cuenta de que a Tito le costó cuatro formidables legiones romanas enteras capturar Jerusalén en el 70 AC. Comprendió intuitivamente que solamente mediante la fuerza bruta sin parangón el Monte del Templo podría ser arrancado a los desbordados judíos, que se resistían valerosamente a pesar de las aplastantes contrariedades en una de las luchas más trágicas y traumáticas hasta la fecha en esta nación. Más recientemente la defensa y liberación de Jerusalén se cobraron un amargo precio también. Los judíos no habían llegado tan lejos, sacrificado tanto, solamente para regalarlo porque un político desesperado imaginó poder traducir la concesión en una ventaja electoral temporal.
Tiene que haber algo mal en esta fotografía para demasiados israelíes antes incluso del actual triunfo de Hamas, antes de un tiempo en el que la locura de entregar Judea y Samaria a los aprendices de Tito se había visto acentuada por la debacle de Gaza. Barak ofendió algo profundo en la psique israelí e insultó al sentido común de los que raramente son incendiarios ideólogos o intelectuales dementes. En febrero de 2001 era enviado a casa por los israelíes que seguían sospechando de que las conspiraciones árabes para destruir Israel no habían sido abandonadas. No podían ver ningún motivo para apaciguar a futuros aniquiladores a cualquier coste a cambio de mantener a Barak en el poder a cualquier coste. Barak estuvo a punto de regalar territorio vital con el fin de desbordar a la posición y al subir al populacho con una “paz” instantánea fait accompli.
Si Arafat no hubiera decepcionado la ilusoria estrategia de Barak, Kalkilya y Tulkarem tendrían vida en el Sharon y más allá de lo creíble hoy. Como en la sombría predicción de Ezer, los árabes no nos decepcionaron milagrosamente de nuevo. La cuestión crucialmente intelectual ahora es cuántos israelíes que recuerden eso ligeramente en una sociedad que sufre lapsus crónicos de memoria – por la gracia de Arafat – son necesarios para salvar el centro de Israel de las maquinaciones de Barak y un destino peor que el de Sderot.
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