Mientras que “la prensa progresista de América escrutó a Richard Nixon con lupa”, observa Shavit, “Olmert nunca fue examinado”. A lo largo de lo que Shavit etiqueta como “los meses de oscuridad de la prensa israelí”, los medios “le protegieron y rechazaron” cualquier tentativa de excavar en el pasado de Olmert.
Sarah Honig
Conocer y no conocer, ser consciente de la verdad completa mientras se cuentan mentiras cuidadosamente construidas, sostener simultáneamente 2 opiniones que se cancelan entre sí, sabiéndolas contradictorias y creer en ambas, utilizar la lógica contra la lógica, repudiar la moralidad mientras se apela a ella… olvidar lo que quiera que sea necesario olvidar, después traerlo de vuelta del recuerdo en el momento que sea necesario, y después olvidarlo de nuevo en seguida: y por encima de todo, aplicar el mismo proceso al proceso mismo. Esa fue la sutileza de definitiva: inducir conscientemente la inconsciencia, y después, una vez más, ser inconsciente del acto de hipnosis que acabas de realizar. Hasta comprender la palabra ´doblepensamiento´ implica el uso del doblepensamiento – George Orwell, 1984.
En nuestra existencia democrática, la herramienta de control del pensamiento definitiva que Orwell representa no se impone en los elementos externos de la tiranía. En la práctica, la tiranía de las ideas es posible sin atención exhaustiva, brutalidad física o un control férreo del poder. Sin el Gran Hermano que todo lo ve, su ministerio de la verdad y adoctrinamiento totalitario, nuestros amigotes mediáticos no oficiales (cuya existencia misma es la más acaloradamente negada por sus propios promotores y agitadores, y cuyos miembros pertenecen invariablemente a una inclinación) se involucran en formas más sutiles de lavado cerebral.
Lo que quiera que defiendan es el evangelio. Sus postulados se convierten en doctrina infalible que acondicionan para que las masas no la sometan a ninguna prueba de validez objetiva. Al rebajar, difamar y denigrar los postulados contrarios y negarles resonancia, retratan sus propios puntos de vista como el artículo de fe de la mayoría. Desfilan grotescamente y como portavoces de la democracia y defienden que los otros nunca pueden estar en lo cierto.
Ostentan la confusión potencial suficiente para crear o romper gobiernos, redireccionar el curso de la historia y modelar indirectamente los destinos de aquellos fieles de ocasión que les esperan en cualquier esquina.
Contra más cohesionado y uniforme es el círculo – y más pone su poder manipulador a disposición del estamento político – más crucial es su influencia sobre los sucesos actuales y sus propios miembros. El consenso entre los segundos es producto de la forma más indolente de pensamiento colectivo – La adhesión sin evaluación crítica ninguna y sin análisis no ortodoxo. En la práctica, los atisbos de duda y disidencia son despreciativamente rechazados.
De ahí que cuando alguien tan bien clasificado por el círculo de mafiosos como Ari Shavit, del Haaretz, expía sus errores, sus espasmos de conciencia son recibidos como una sonada sorpresa – aunque haya golpeado el pecho de los medios en contadas ocasiones previas. Shavit lamentaba la demonización de Binyamin Netanyahu, la extravagante incitación izquierdil para desahuciar a los vilificados colonos, y ahora la connivencia de la prensa para instalar al negado de Ehud Olmert en el infierno nacional.
Percepción retrospectiva obviamente, pero conocimiento que se articula mejor – aunque de manera incompleta y tras los hechos – de lo que se expresa. Al mismo tiempo, no hay garantía de que aquéllos como Shavit (y, en menor grado, Dan Margalit) que ahora, en palabras de Orwell, “apelan a la moralidad” no la repudiarán de alguna manera más tarde a través de otro retorcimiento dialéctico.
Simpatías endulzadas hacia las tribulaciones de los colonos al margen, Shavit, por ejemplo, nunca flaqueó en su apoyo a la maquinación de la desconexión que condujo a su expulsión. Con todo su fervor anticorrupción, Shavit compareció en calidad de testigo partidario de Omri Sharon, el socio barato de su padre y co-conspirador en la estratagema interesada resultante de la desconexión.
Dicho eso, Shavit está absolutamente en lo cierto no obstante al escribir que Israel nunca ha tenido ningún premier tan desastroso como Olmert, que “en toda su historia, ningún inmerecido líder puso tanto en peligro al Estado de Israel como Olmert lo arriesga”. Shavit acierta de igual manera al echar la culpa al omnipotente círculo de hampones mediáticos. Más específicamente, acierta al achacarlo a Margalit y Nahum Barnea (el laureado del Israel Prize de este año, a quien Shavit acusa de haberse convertido en “un endeble”).
Mientras que “la prensa progresista de América escrutó a Richard Nixon con lupa”, observa Shavit, “Olmert nunca fue examinado”. A lo largo de lo que Shavit etiqueta como “los meses de oscuridad de la prensa israelí”, los medios “le protegieron y rechazaron” cualquier tentativa de excavar en el pasado de Olmert. Shavit solamente menciona a Yoav Yitzhak en una nota obligatoria. No destaca que esta incesante cruzada, que descubrió una serie de altamente sospechosos y dudosos acuerdos por parte de Olmert, fue aparcada por el círculo de amigos, atacada y ocultaba hasta que el fiscal del estado entró en escena y las revelaciones de Yitzhak ya no podían ser camufladas más.
No es que el círculo de amigos no investigase. Al igual que en el modelo de Orwell, conocían la verdad pero trataron de ocultarla, igual que sabían del monstruoso arsenal balístico de Hezbolá, amasado en función de la misma retirada que el grupo de amigos había promovido tan asiduamente. El círculo se convirtió en el cómplice indispensable de la conspiración de silencio, igual que ahora rehúsa admitir el total desastre de su otro proyecto estrella – la desconexión.
Aquéllos fuera del círculo, que advirtieron contra la inminente catástrofe en tiempo real (en contraste con la percepción retrospectiva de Shavit), fueron marginados. De todos modos son relegados a cadenas de noticias marginales (a menos que sean utilizados como hojas de parra para legitimar la derrumbada imagen del círculo como representación de la cordura, la moderación y el pragmatismo). En el lenguaje del 1984 de Orwell, los inconformistas se convierten en “no personas”, escrupulosamente ignoradas como si nunca hubieran existido . <
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Shavit acusa de que el círculo de amigos fueron “blandos con Olmert”, pero omite preguntar el motivo. La fuerza motivadora del colectivo de amigotes sigue siendo su animadversión visceral al resurgente Netanyahu – a la par de la difamación orquestada del antagonista del Gran Hermano de 1984, que era atacado regularmente en las “videopantallas” oficiales en el programa “2 minutos de odio”, hasta que su mera imagen evocó silbidos y reacciones de “miedo y disgusto entrelazados”.
En la verdadera tradición del doblepensamiento de Orwell, en ocasiones es gráfico “olvidar lo que sea necesario olvidar”.