Política

Sin ascensor para Tzipi

En cualquier caso, permanecer junto a Olmert comenzó a ser contraproducente, mientras que prescindir de él teóricamente puede impulsarla a la máxima cima sin el proverbial ascensor. Tzipi es un ejemplo de primera línea de la cultura del timo de Israel, de engañarnos a nosotros mismos.

Sarah Honig
Hace muchos años cubrí una sesión de un foro del Likud en la planta 14 del Metzudat Ze´ev. En aquel momento todo tenía apariencia muy importante y dramática. De ahí que hacerse rápidamente con un teléfono fuera crucial, teniendo en cuenta especialmente el plazo de entrega únicamente urgente del Post. Aquellos eran tiempos pre-móviles y pre-tecnológicos. Además, como diría Murphy, todo parecía dejar de funcionar justamente cuando la presión se encontraba en el punto álgido. Fue precisamente ese día lleno de actos — de todos los días — que el anticuado ascensor siempre exasperante de todos modos y chirriantemente tembloroso dejó de funcionar por completo.

Alcanzar una línea telefónica significaba bajar a pie las 14 plantas (tras un acalorado ascenso primero) y después volver a subir una vez más de alguna manera. Entonces fue cuando Eitan Livni llegó en mi ayuda. El entonces funcionario líder del partido y miembro de la Knesset me llamó la atención en silencio y me condujo discretamente a su oficina de las plantas superiores, la cual puso a mi entera disposición – instalaciones telefónicas y lo demás.

Con solicitud paternal hasta me trajo té, implorándome sin embargo que no dijera una palabra de su amabilidad a nadie. “Esta oficina está vetada a los izquierdistas”, bromeó, pero después subrayó solemnemente la idea mientras salía, cerrando las puertas detrás suyo: “los pies de ningún izquierdista ni de nadie que traicione a Eretz Yisrael entrarán nunca en este despacho”. Su hija Tzipi me ha dado más motivos, a lo largo de la última década de su meteórico ascenso político, para ponderar si su comprometido padre le habría acceder a su asediado santuario ideológico. Según su criterio, incuestionablemente ella merecía estar vetada.

Tzipi no se abrió camino por la jerarquía del Likud a través del anticuado ascensor de la sede del partido. Mucho más dada a intrigas políticas que su padre, y sin molestarse por sus artículos de fe, ascendió a la cima a través del apego expreso a la estela de los superiores. Funcionaria de ventanilla sin distinción, se convertía en la primera colega pro-desconexión de Ariel Sharon. Fue un acuerdo mutuamente lucrativo. Su contundente estilo oratorio – sagrado sin tacha y apoyado por interesados del sector parecidos a ella, con cadencias de sonido autoritario – le sirvieron bien a él. Colateralmente, la atención prestada a ella catapultó a la anónima Tzipi al estrellato por delante de aquellos que se agolpaban en el polvoriento ascensor del Likud.

COMO ERA DE ESPERAR, Tzipi y Arik enterraron el problemático Likud por el presumiblemente novedoso nuevo modelo Kadima. Sus principios resultaron ser tan insuficientes, flexibles y prescindibles como los de su patrón. Ella se vanagloriaba de presunta transparencia poco frecuente pero no pronunciaba una palabra de la corrupción de Sharon, como tampoco ninguno de sus amigos del Kadima con el riñón bien cubierto. Su falta de experiencia hizo que Tzipi se abstuviera de embarcarse en callejones diplomáticos sin salida en la misma medida que la afición estratégica de Amir Peretz le impidió hacerse pasar pomposamente por Napoleón reencarnado. Mientras le fue útil, no se interpuso en el camino de Ehud Olmert – de nuevo un acuerdo mutuamente lucrativo. Todo se hizo pedazos, por supuesto, cuando Olmert lo echó todo a perder definitivamente. Tzipi es exactamente igual de culpable, no habiéndose opuesto a su desastrosa gestión en tiempo real de la segunda Guerra del Líbano, cuando realmente importaba. Las manifestaciones de inocencia a destiempo suenan fuera de lugar.

En cualquier caso, permanecer junto a Olmert comenzó a ser contraproducente, mientras que prescindir de él teóricamente puede impulsarla a la máxima cima sin el proverbial ascensor. Aun así Tzipi es esencialmente todo lo que es Olmert – sólo que mucho peor. Al igual que él, ella tararea sin pensar el manta “tierra por paz” al margen de lo irrefutable de las pruebas de que esa retirada – de la variedad de las retiradas del Líbano y Gaza en particular – trae un baño de sangre, no tranquilidad. Al igual que él, ella permaneció apática con respecto al arsenal balístico de Hezbolá en el norte y las oleadas de Kassam en el sur. Suscribió con docilidad el concepto de respetar “un conflicto de baja intensidad” en lugar de derrotar al enemigo (un término que brilla por su ausencia en sus discursos). El objetivo lógico era garantizar que no puede haber “solución militar”, solamente “acuerdos diplomáticos” como la resolución 1701 de la ONU – de la que Tzipi reclama orgullosamente el crédito a pesar de no haber logrado la devolución de los soldados secuestrados o impedido el rearme masivo de Hezbolá. Al elogiar la 1701, Tzipi defiende nuestro autoengaño colectivo — hasta la cifra de muertos de la próxima guerra.

Tzipi es un ejemplo de primera línea de la cultura del timo de Israel, de engañarnos a nosotros mismos. Ese fue el pecado capital en tiempo de guerra de Olmert. Él tenía miedo de ganar porque la victoria significaría inconfundiblemente la conquista de las mismas zonas desde las que llovían Katyushas sobre los civiles israelíes. Las unidades del ejército se las vieron y desearon específicamente para esa misión, pero no fueron desplegadas porque “ocupación” se convirtió en una palabra que nos enseñamos a evitar. Así nació la tentativa de hacer el trabajo desde el aire, sin poner un pie en la frontera. Cuando eso no funcionó, soldados sin formación fueron enviados sin sentido ni misión dentro y fuera de las fortalezas terroristas.

Cuando quiera que los torpes indefensos fueran así despachados – sin pies ni cabeza, sin sentido, preparación o apoyo logístico – pagaron con sus vidas por la ineptitud gubernamental. La batalla se podría haber ganado si hubiera estado allí la voluntad de ganarla. Pero no lo estaba. Tzipi, que sí lo estaba, no denunció el fraude. En su lugar se ascendió a pretensiones aún más elevadas en la imagen de esa fachada fraudulenta 1701.>

De ser algo, Tzipi es parte del problema, no de la solución. En la práctica, ella es la representación misma del problema. Su historial personifica la publicidad de valores en vigor, la búsqueda de fórmulas fáciles en lugar de plantar cara a desafíos inminentes, el camuflaje inconsciente de la realidad como medio de obtener recompensas de relaciones públicas, la preferencia por perspectivas
personales en lugar de la espera honorable del ascensor al estrellato político.

La cuestión subyacente quizá no sea si Eitan Livni habría dejado acceder a su hija a su oficina, sino si ella habría juzgado prudente en absoluto entrar en tal reducto sionista, donde no se justificaba la huida de la lucha encarnizada contra las dificultades.

// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR

// EN PORTADA

// LO MÁS LEÍDO

// MÁS DEL AUTOR/A

Menú