Santi Lucas
La corrupción en España fue una lacra escandalosa que provocó en la primera mitad de los noventa una considerable sacudida en la población, aceleró la caída política de Felipe González y que los gobiernos de José María Aznar borraron en muy poco tiempo de las principales preocupaciones de los españoles donde estaba enquistada. En este momento la corrupción se asoma de nuevo a la más triste actualidad informativa y el país desciende por tercer año consecutivo en los índices internacionales de percepción de este problema. Las encuestas oficiales de opinión no han aupado todavía a la cabecera de las inquietudes ciudadanas más importantes los nuevos síntomas de la corrupción aunque la evolución de su impacto social es clara y consecutivamente más negativa.
La semilla de la corrupción, que prende como se sabe en los terrenos más yermos y remotos que se pueda uno imaginar, brota por segunda vez en España con un partido socialista en el gobierno de la nación. El recuerdo de una vida pública inmunda y nada ejemplar, que no conocía ningún límite en los desmanes ni campo vedado de actuación para el atropello, el saqueo y la arbitrariedad, está latente pero vivo en la retina de todos los españoles. Creo que aquella amarga y repugnante experiencia ha hecho a nuestros conciudadanos, aunque no inmunes definitivamente, menos generosos e insensibles al duro reproche social que merecen siempre los corruptos.
No hay ninguna justificación que excuse, ni ayer ni hoy, las formas de corrupción que se han denunciado. Da lo mismo que se refieran al mundo del urbanismo, de la justicia, del deporte, de la inmigración o de cualquier otra y deforme expresión de la conducta humana y sea cual sea el origen personal o institucional de que se trate. El actual Gobierno socialista, que preside Rodríguez Zapatero, tiene la singular obligación de ahuyentar con eficacia y contundencia cualquier atisbo de corrupción que se detecte y lo cierto es que la nómina crece cada día. Su reacción no puede limitarse a eludir las responsabilidades directas o a repartir la basura por otras calles.
Porque no se trata de combatir una corrupción unívoca ni solamente económica. El reto que tiene planteado el partido socialista en España es que no se reproduzcan escenas y comportamientos superados, escarmentados y que los ciudadanos no van a tolerar pacientemente por segunda vez.
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