América, Política

Las buenas leyes nunca van a abolir todo mal

ES NOTABLE lo segura que está mucha gente de conocer las causas — y cómo impedirlas exactamente — de masacres horribles como el baño de sangre de la escuela Sandy Hook de Connecticut.

 
En entrevista televisiva el fin de semana, un observador insistía en que el homicidio múltiple de Newtown era completamente predecible, teniendo en cuenta los errores de América a la hora de implantar una reforma evidente y necesaria con desesperación. “¿Nos debería de sorprender que los centros escolares se conviertan en carnicerías?” preguntaba este individuo, sin manifestar atisbo alguno de inseguridad en torno a lo que hay que solucionar exactamente.
 
¿Quién hablaba así?
 
¿Sería el alcalde de Chicago Rahm Emanuel, manifestando su llamamiento a que la cámara baja abra una “moción de conciencia” e implante una prohibición de las armas de asalto a nivel nacional? ¿Sería el columnista del Washington Post Eugene Robinson, que criticaba “a la Asociación Nacional del Rifle y los demás apologistas del delito” por oponerse a un control más agresivo de las armas de fuego?
 
¿Sería el senador saliente de Connecticut Joe Lieberman, reanimando su veterana advertencia de que la brutalidad que empapa la industria norteamericana del ocio “hace que los jóvenes vulnerables sean violentos”? ¿O sería el asesor presidencial David Axelrod, ampliando la súplica que colgaba en su Twitter: “A favor de limitar las armas de la guerra. Pero no deberíamos también dejar de vender la delincuencia como un juego?”
 
¿Sería Liza Long, cuyo blog acerca de los problemas psiquiátricos de su hijo — “Soy la madre del homicida Adam Lanza” — se hacía famoso, lo que conducía a una invitación a la NBC en la que afirmaba que la forma de afrontar los homicidios múltiples es abordar la enfermedad mental de los autores materiales potenciales: “Es fácil hablar de armas de fuego, pero es hora de hablar de enfermedad mental”?
 
¿Sería el ex secretario de educación Bill Bennett, que el domingo afirmaba que la forma más eficaz de impedir baños de sangre como el de Newtown es asegurarse de que todo el personal escolar va armado? ¿Sería Larry Pratt, director del colectivo de 300.000 socios Gun Owners of America, condenando las zonas sin armas de fuego por ser “una locura letal” que da a los homicidas una ventaja inconsciente sobre sus víctimas?
 
En realidad, el que hablaba así era el gobernador de Arkansas Mike Huckabee, que a las pocas horas de la atrocidad de Newtown afirmaba que los 26 inocentes habían perdido la vida porque “hemos sacado sistemáticamente a Dios de nuestras aulas”. Si los estadounidenses lo hubieran dejado “en manos de Dios”, decía Huckabee, los centros escolares castigados por homicidios no Le tendrían “castigado”.
 
Fue algo sin gracia, y Huckabee fue criticado con razón por lanzarse a explotar un horror desagradable para promover su agenda particular. Pero Huckabee no fue el único en actuar así. Tras Newtown, no hay final a los políticos y los tertulianos que afirman no solamente que América tiene que hacer algo para evitar asesinatos tan tremendos, sino que ellos saben justamente lo que hay que hacer: mayor control de las armas de fuego. Menor control de las armas de fuego. Mejores medidas de seguimiento de los enfermos mentales. Recuperación de la oración en las escuelas. Ninguna publicidad a los homicidas. Lucha contra los videojuegos violentos. Vigilantes de seguridad en los centros escolares.
 
¿Cómo evitar males tan tremendos? La necesidad desesperada de respuestas — mejor todavía, de la respuesta – siempre se manifiesta después de cada Newtown, de cada Aurora, de cada Columbine. Esa tendencia a invertir la crueldad, a encontrar respuestas eficaces para combatir la angustia y el dolor, es acusadamente humana. El deseo de un final al sufrimiento discurre profundamente en nuestra especie, y en su mejor momento es la poderosa fuerza de la justicia y el progreso. “Ya no podemos tolerar esto más”, decía el Presidente Obama en Connecticut el domingo. “Estas tragedias tienen que acabar”. ¿Quién no comparte esa opinión en el corazón y las tripas?
 
Pero la tragedia siempre va a formar parte de la condición humana. Hay males que nunca podemos esperar eliminar — ni siquiera con la mejor de las intenciones del mundo. Ninguna ordenanza ni reforma puede deshacer toda locura homicida. Todavía menos una legislación garantizará la integridad universal y la decencia de carácter. Para hacer al hombre y la mujer amables, honestos y morales siempre va a hacer falta algo más que una ley o una política.
 
Ninguno de los remedios judiciales prescritos tras los tiroteos de Connecticut o Colorado garantizará que algo parecido no vuelve a suceder. Leyes de control de armas más estrictas no han impedido masacres de estudiantes sobrecogedoras en Noruega, Alemania o el Reino Unido. En América había masacres mucho antes de haber videojuegos — y mucho antes de que el Tribunal Supremo resolviera que la oración en la escuela es inconstitucional.
 
Pesadillas como la de Newtown son infrecuentes. Pero ninguna sociedad libre puede hacerlas totalmente imposibles y seguir siendo libre. Las buenas leyes hacen maravillas, pero nunca van a abolir toda maldad humana. A eso solamente existe una respuesta definitiva: el fomento de la bondad humana.
 

Jeff Jacoby es columnista del New York Times

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