Al día siguiente de las elecciones presidenciales francesas, Tom Geoghegan, de la cadena británica BBC, se preguntaba en un artículo por qué la participación había sido tan alta (80%), al menos comparada con la de los últimos comicios en Alemania, Suiza y Reino Unido.
El autor analiza las tendencias en cada uno de estos países durante los últimos 50 años, y compara la relativa estabilidad francesa con el descenso en los otros tres países. En el caso del Reino Unido, la participación en las últimas elecciones (las que eligieron a David Cameron como primer ministro) fue del 66%, muy lejos de las francesas de 2012, aunque claramente por encima del 50% de las suizas en 2007 y 2011.
Suiza, que muchas veces se toma como paradigma de democracia por la frecuencia de referendos e iniciativas populares, ha experimentado una constante y pronunciada caída en la participación electoral desde mediados de siglo. El sistema electoral es a la vez un factor de estabilidad política y un desincentivo para el voto: los cuatro partidos más votados tienen que formar un gobierno de coalición, cuyo presidente rota cada año. Así se asegura el consenso y se evita el monopolio del poder ejecutivo. Pero el hecho de saber de antemano quién va a gobernar disuade a muchos ciudadanos de votar.
Precisamente este es uno de los factores que, según Tom Geoghegan, hacen diferente a Francia: los electores sienten que su voto es importante. Geoghegan considera que en parte esto se debe a que en el imaginario social sigue viva la sacralización de la democracia que introdujo la Revolución francesa, y los políticos invocan frecuentemente esas grandes ideas en sus campañas.
No obstante, también hay que reconocer algo de mérito a las campañas de movilización de votantes indecisos. Una de las claves de este éxito fue conseguir movilizar a los jóvenes y a los trabajadores peor pagados, que hubieran podido mostrar su descontento por la situación económica mediante la abstención. La juventud y las clases sociales bajas suelen ser los sectores más reacios a votar.
El sistema electoral también tiene también su importancia, tanto para la gobernabilidad como para la participación política. Según Geoghegan, los países donde se facilita la representación de los partidos minoritarios tienen, de media, un 8% más de participación que los que concentran los escaños en dos o tres grandes partidos, como ocurre en Reino Unido.
En definitiva se trata de la antigua discusión entre dos tipos de sistema electoral: el proporcional (el número de representantes resulta de una proporción directa respecto a los votos conseguidos, aunque a veces el sistema se “corrige” para dar mayor representación a las minorías o a partidos locales) o el uninominal mayoritario, utilizado sobre todo en el mundo anglosajón (Canadá, Estados Unidos, Reino Unido). El mayoritario establece que el candidato más votado en cada circunscripción se convierte en su representante en el Parlamento. En teoría, esto favorece la cercanía del político al votante, que lo elije nominalmente en vez de optar por un partido, lo que supone una responsabilidad directa del candidato en cuanto a la rendición de cuentas.
En un extenso y comentado artículo en El País, César Molinas propone que la adopción de este sistema mayoritario sería de vital importancia para la recuperación de la democracia española. En su opinión, los políticos españoles se caracterizan por haber funcionado como una casta celosa de sus beneficios adquiridos, propensa a producir burbujas y a no responsabilizarse de las consecuencias cuando estas han explotado. El sistema electoral proporcional, ideado en la Transición para fortalecer las cúpulas de los incipientes e inestables partidos políticos, ha llevado a que los candidatos respondan solo ante los dirigentes de su partido. En cambio, aunque no carezca de otros inconvenientes, el sistema mayoritario presenta la ventaja de que el electorado tiene poder de decisión no solo sobre los partidos sino también sobre las personas que salen elegidas.
Pero no todo el mundo está a favor del sistema mayoritario. Los principales fallos que señalan sus críticos son: los votos a los candidatos no ganadores en cada circunscripción no sirven para nada; se crean “desiertos ideológicos” en zonas donde un partido no consigue ganar en ninguna circunscripción, aunque su número total de votos sea considerable; favorece la estrategia regionalista, ya que los partidos pueden vender un mensaje distinto según convenga para ganar en cada territorio; por último, en el Parlamento nacional, un parlamentario puede hablar en representación de muchos pero con el voto de pocos.
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