El escándalo del programa “Petróleo por Alimentos” puede que sea la estafa del siglo, además de haber potenciado a un dictador sanguinario. Pero si la historia nos sirve de guía, es improbable que esto tenga alguna repercusión. Al término de esta semana, Annan habrá conseguido el apoyo de la mayoría de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad con excepción de EEUU.
Opinión: Jeff Jacoby
Kofi Annan solía tener mejores días. Esta semana el secretario general de la ONU
se despertó leyendo una columna de Glenn Harlan Reynolds en el Wal Strett
Journal, editor del influyente InstaPundit website, exigiendo la renuncia de
Annan y su reemplazo por Vaclac Havel, el admirado ex presidente de la República
Checa.
En el New York Times, una nota de opinión de William Safire
revelaba los escándalos en el programa “Petróleo por Alimentos” y acusaba a un
miembro de la familia de Annan de estar involucrado en el asunto. Safire
explicaba que Kojo, el hijo de Kofi, había estado percibiendo honorarios de una
firma suiza contratada por la ONU para la auditoría del programa hasta febrero
de 2004, aunque él había dejado de trabajar en la empresa en 1998. “La
corrupción que envuelve a la ONU –escribe Safire- no comenzará a disiparse hasta
que Annan haya renunciado a su cargo, porque su ineptitud y su fervoroso
obstruccionismo han traído deshonor a las Naciones Unidas.”
El miércoles
pasado el desahucio de Annan se puso nuevamente al teléfono: esta vez era el
Director del Comité de Investigaciones Permanentes del Senado norteamericano,
que había reunido masiva evidencia de que Saddam Hussein había robado dinero del
programa de la ONU para financiar a terroristas y sobornar al menos a un oficial
de las Naciones Unidas. Es “abundantemente evidente” que Kofi Annan debería
renunciar, dijo el senador Norm Coleman. “Mientras continúe en el cargo, el
mundo nunca estará al tanto de la corrupción, los sobornos, las comisiones
clandestinas y los sobres bajo la mesa que se realizaron delante de las propias
narices de la ONU.”
Pero por extraño que parezca al mundo no parece
interesarle llegar al fondo de la cuestión en lo referente a este escándalo. Los
avatares corruptos de la ONU rara vez provocan un vituperio duradero. No hubo
ninguna condena global cuando el brutal régimen de Libia fue elegido para
presidir la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Nada sucedió luego de que
las tropas de la ONU le permitieran a los serbios asesinar a 8.000 musulmanes en
el “refugio seguro” de Srebrenica. Los escándalos sexuales parece erupcionar
allí donde la ONU vaya: el último tuvo que ver con la noticia de que Cascos
Azules abusaron de menores en el Congo. Así todo, ningún escándalo hace que
alguna cabeza ruede en la sede de la ONU. El mismo Annan es un ejemplo, al haber
sido elegido a pesar de su fracaso al mando de la fuerzas de pacificación en
Ruanda.
¿Por qué habrían de cambiar las cosas esta vez? El escándalo del
programa “Petróleo pro Alimentos” puede que sea la estafa del siglo, además de
haber potenciado a un dictador sanguinario. Pero si la historia nos sirve de
guía, es improbable que esto tenga alguna repercusión. Al término de esta
semana, Annan habrá conseguido el apoyo de la mayoría de los miembros
permanentes del Consejo de Seguridad con excepción de EEUU. Con o sin
escándalos, lo más seguro es que Annan permanezca en su cargo los dos años que
le quedan de mandato.
Annan es un síntoma de la enfermedad de la ONU, no
la causa de ella. Su renuncia no traerá ninguna reforma estructural dentro del
engranaje de paz y libertad que sus fundadores ambicionaron. Es mejor que Annan
continúe en su cargo con el símbolo del fracaso y la impericia de la ONU, y que
sea un estímulo para aquellos que puedan vislumbrar algo mejor.
La ONU
es una institución corrupta cuya hegemonía la sustentan los países miembros del
Tercer Mundo y los Afro-Asiáticos, la mayoría de los cuales son gobernados por
gobiernos corruptos y violadores de los derechos humanos. Dentro de la ONU, no
hay diferencia entre una dictadura y una democracia. Todos los votos de los
miembros valen lo mismo sin importar que sean Cuba, Corea del Norte, o Siria; y
el resto de los miembros jamás tendrá el coraje de llevarles la contraria. La
ONU no puede ser reestructurada al menos que cambie, y eso no va a suceder. El
cinismo, la hipocresía y el fanatismo son los símbolos actuales de la ONU.
Quienes aspiran a mundo más libre merecen algo mejor.
Jeff Jacoby es columnista del The Boston Globe. Originalmente
publicado en el Boston.com News. Traducido con autorización de su autor por Luis A. Balcarce
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