El cambio está en nosotros -y el tiempo está cercano- para demostrar que somos hombres y mujeres que actuamos como ciudadanos que deseamos una sociedad moderna donde la justicia y la equidad estén presentes
Argentina era la Europa de América del Sur, existían notables diferencias con el resto de Latinoamérica, había una fantasiosa confianza en el futuro, en el progreso (que no “el progresismo berreta” actual) y, hasta en la revolución de las ideas.
Ante los ojos del mundo, Argentina y Japón eran la esperanza de la posguerra. Se esperaba una Argentina pujante que inexorablemente debía despegar y, sin embargo, no lo hizo. Se hundió en la bárbara oscuridad de las dictaduras, de su deuda externa, de la hiperinflación, de la corrupción generalizada, del ajuste impiadoso, de la innegable exclusión, en la frustración generalizada de varias generaciones.
En rigor de verdad no escribo para agradar ni pongo mi pluma en favor de la palmada en la espalda. Aquellos que se sientan ofendidos desde el patrioterismo hueco pueden suspender aquí la lectura. Aunque es cierto que hoy podría compartir con ustedes un sin número de hechos y acontecimientos históricos que de un modo u otro han marcado a la República Argentina, en algunos casos para bien y en otros -la mayoría de ellos- de forma negativa.
Sin embargo, recordando a un argentino notable como
Jorge Luis Borges, acude a mi pensamiento una de sus lucidas definiciones cuando sostuvo: “la Argentina
me duele en todo el cuerpo”. Por lo cual pienso que muchos argentinos pueden decir que les duele el país. Aun así, tal afirmación merece un sinceramiento, y ello no es más que mensurar e indicar honestamente hasta qué punto la Argentina de hoy forma parte de los dolores más profundos de nuestras propias vidas.
Personalmente experimento esa sensación pero la vivo desde un costado reservado que forma parte de nuestra vida, y me inclino por pensar que muchos otros experimentan la misma sensación.
La pregunta que cabe bien puede ser ¿Qué ha sucedido en los últimos 25 años?¿Cómo se llegó a esta situación de desamparo ciudadano en la Argentina? La respuesta pudiera ser que tal vez estemos necesitando de un Slavoj Žižek, posiblemente la capacidad crítica y analítica del filósofo, sociólogo y psicoanalista esloveno ofrezca el marco para que comencemos a trabajar desde la convicción de que es preciso y necesario reconstruir la transparencia y la solidez del sentimiento cívico en los ciudadanos, ello como forma de abordar la ruptura del tejido social vigente desde una plataforma focalizada en la educación.
Sin embargo, no hay que ir tan lejos en busca de ideas superadoras. Como bien señala el filósofo argentino Santiago Kovadloff: “En todos estos años pareciera que ha sido consumada una forma muy particular de la desaparición de personas que no es más que la intrascendencia cívica de la Argentina, motivada por la subestimación de la ley, por la marginación económica de amplios sectores, por una educación que ha perdido el rumbo para convertirse en expresión de la mera subsistencia material de las escuelas.
Aunque no descarto que esto sucede, agregaría que, también porque los partidos políticos perdieron el rumbo y porque la gestión pública acabo malversada por la discrecionalidad y el abuso del Poder ejecutivo a expensas del legislativo y del judicial. Así, la Republica transita tiempos oscuros y peligrosos para la subsistencia del ideal cívico y la preservación social. Hoy se presupone y se juzga a priori, no se investiga, y cuando se niega la investigación o ésta se lleva a cabo invirtiéndosela, es decir, centrándose en la victima y no en el victimario “no hay alternativa posible para evitar que se esté abortando la verdad”.
Es evidente que como sociedad vivimos un profundo vaciamiento de contenido en nuestra identidad cívica, y con ello, marchamos en directo rumbo de colisión con un modo de vida organizado y moderno que deriva en una completa decadencia jurídica, social y educativa.
Si esto persiste, la Republica continuara languideciendo peligrosamente, sus instituciones perderán todo respeto por parte de la ciudadanía y ello sería el peor fracaso que alguien pueda imaginar.
Pero no todo es negativo. Para culminar diría que: El cambio está en nosotros -y el tiempo está cercano- para demostrar que somos hombres y mujeres que actuamos como ciudadanos que deseamos una sociedad moderna donde la justicia y la equidad estén presentes, y no como meros habitantes de un territorio sin ley donde la corrupción, el autoritarismo y la ineficiencia capean a sus anchas.
Prof. George Chaya (BA) in History, Canterbury University, UK. Consultant on Middle East and Latin America.
Twitter @george_chaya
// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR