El presidente boliviano, Carlos Mesa, ha presentado su renuncia ante su incapacidad para hacer frente a los continuos chantajes de los líderes de izquierda.
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Martes, 21 de julio 2026

El presidente boliviano, Carlos Mesa, ha presentado su renuncia ante su incapacidad para hacer frente a los continuos chantajes de los líderes de izquierda.
editorial
El presidente Carlos Mesa anunció la presentación de su renuncia a su investidura al Congreso Nacional y culpó al líder nacional del Movimiento Al Socialismo (MAS) Evo Morales de ser el principal gestor de los conflictos sociales por pedir la aprobación de una ley de hidrocarburos a gusto y criterio del líder cocalero.
El otro culpable de su renuncia fue otro desestabilizador profesional, Abel Mamami, quien decidió mediante huelgas de hambre, piquetes y paros dejar sin agua a las ciudades de La Paz y El Alto hasta que no se cumpla su exigencia de acabar con el contrato de la empresa Aguas de Illimani.
Es cierto que Carlos Mesa no era el hombre indicado para enfrentar a estos dos cínicos y demagogos populistas que inmovilizaron a Bolivia desde que asumió su mandato hace un año y cinco meses. A Mesa le faltó musculatura política para frenar sin violencia a estos dos “progresistas” cuya rutina habitual, además de expandir el caos y el desconcierto, ha sido exigir derechos, demandas y reclamaciones frente a las cuales Mesa no hizo más que ceder con aforismos y juegos verbales; una táctica apropiada en el periodismo pero suicida en el cuerpo a cuerpo político.
La renuncia –que hasta donde sabemos no tiene carácter de irrevocable- le ha servido para sumar apoyo popular y parlamentario. La Plaza Murillo, frente al Palacio de Gobierno, fue invadida por más de un millar de personas que al son del himno “Salve oh Patria”, pancartas de apoyo al Presidente y con la bandera boliviana tricolor en manos pedían al Congreso el inmediato rechazo a la renuncia de Carlos Mesa y el repudio a los líderes bloqueadores. “No queremos caer en manos ni de cocacoleros, ni de rateros ni de comunistas”, gritaba ayer una manifestante resumiendo del clamor popular.
A Carlos Mesa le faltó rigor y vehemencia, la “mano dura” que le otorga la Constitución para acabar con los deseos inescrupulosos de quienes con un discurso “social” se apoderaron de tierras, fábricas, haciendas y bloquearon rutas durante semanas enteras. En Bolivia, Mesa fracasó al ceder el reinado de la ley al reinado del caudillismo y la intriga.
En el apasionante relato de Joseph Conrard, titulado “La línea de sombra” el autor describe como “en la historia de cada persona hay un momento critico que marcará su travesía por la vida; aquel en el que se duda o dejar la nave al pairo, sin gobierno y a merced de las caprichosas corrientes, o al contrario se decide asir firmemente el timón, dirigiendo la nave al rumbo de su voluntad; solo estos, los que gobiernan su destino, podrán superar la línea de sombra”. Esas “caprichosas corrientes” son las del populismo de izquierdas que están arrastrando a América Latina hacia el desgobierno, el desorden social y la extenuación de las instituciones democráticas.
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